Doble filo

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 21 diciembre 2014:

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Doble+filo-3166

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Doble filo

Ana Clavel

Solemos creer que pensamos con la cabeza y sentimos con nuestros cuerpos. Pero ¿qué pasa si recordamos que el cerebro también es cuerpo? En Metaphors we Live by (1980) y Philosophy in the Flesh (1999), Lakoff y Johnson sostienen que el pensamiento abstracto no tendría sentido sin la experiencia corporal y atribuyen a las llamadas “metáforas primarias” la forma en que pensamos con nuestros cuerpos. Cuando decimos que “el afecto es cálido”, “lo importante es grande” o “las dificultades son una carga”, estamos acercando una realidad intangible a la cercanía de los sentidos para volverla comprensible.

Tal vez nuestra necesidad de metaforizar vía el cuerpo se deba a que la piel y el cerebro derivan de la misma estructura embrionaria: el ectodermo. En su fascinante libro Yo-piel (1985), el psicoanalista Didier Anzieu sostiene que la piel proporciona al aparato psíquico las representaciones constitutivas del Yo y de sus principales funciones. A partir de las experiencias táctiles formativas se constituye una “piel psíquica” que hace las veces de soporte, contenedor, membrana, pantalla, espejo del yo interior. “Lo mismo que la piel cumple una función de sostenimiento del esqueleto y de los músculos, el Yo-piel cumple la de mantenimiento del psiquismo”, señala Anzieu. Pero los filósofos y poetas lo han sabido desde hace tiempo. Lo mismo cuando Pascal sostiene que “El corazón tiene razones que la razón desconoce”; o cuando Valéry declara: “No hay nada más profundo que la piel”.

En el doble filo del pensamiento y el cuerpo, en su entrecruzarse en la existencia física y la supervivencia emocional, se vislumbra la novela corta Doble filo de Mónica Lavín (Lumen 2014). Audaz en el modo de urdir sus historias, la autora nos propone el uso de la metáfora como medio de transferencia en una relación terapéutica: la de Antonia, una joven mujer que busca ayuda para olvidar el fracaso de una relación amorosa, y la “analista” que habrá de provocar su cura. A través del papel de las metáforas con su doble filo: lo corpóreo y lo etéreo, la terapeuta va ofreciéndonos un horizonte de simbolismos encarnados cuya incorporación o expulsión podrán desatorar los nudos de conflicto hasta entonces irresolubles. Una cuerda, un vaso de agua, un pañuelo, una peluca son algunos de los objetos elegidos para convocar los recuerdos, el goce y el duelo, los anhelos y los miedos. También para ritualizarlos y exorcizarlos por partida doble pues muy pronto la terapeuta también se verá inmersa en el caudal de sus propias heridas e iluminaciones, al reconocer que, a pesar de la edad y la experiencia, el deseo es una sed que creemos mitigar pero sólo resplandece con el tiempo.

Con la idea de que hay “ciertas emociones que sólo pueden ahuyentarse con arremetidas físicas”, la joven Antonia es orillada, por ejemplo, a hacer literal la frase de “masticar el odio”, de rumiarlo hasta la intoxicación o la purga. No es gratuito entonces que Doble filo se convierta en un breve tratado terapéutico en sí mismo, y que al entender el poder de la literalidad de las metáforas con su simbolismo implícito pueda servir de catarsis también para sus lectores. Una suerte de manual para desenamorarse sin morir en el intento.

Escritura arriesgada la de Mónica Lavín, como las propuestas poco convencionales de la propia terapeuta de la historia, que hurga cual cuchillo de filos luminosos para hacerse eco de las palabras del poeta Goethe: “Sólo el valor de la vida puede vencer a la muerte”. Así, en los tajos abiertos en la conciencia y en la piel psíquica, uno descubre que el desamor es una metáfora demasiado viva, que incluso sangra pero también cicatriza.


La envidia, ese deseo en sombra

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 7 de junio de 2015.

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La envidia, ese deseo en sombra

Ana Clavel

Viñeta de Eko para la revista Domingo de El Universal

Viñeta de Eko para la revista Domingo de El Universal

La envidia nació poco después de la soberbia y la culpa. Al menos así nos lo revela la segunda pareja original: los hermanos Caín y Abel, muerto éste a manos del primogénito por la preferencia con que Jehová recibía las ofrendas del hermano menor así aborrecido.
De los siete pecados capitales, suele considerarse el más desdichado porque no brinda ganancia alguna a quien lo ejerce: mientras la lujuria, la gula, la vanidad llevan en la penitencia el recuerdo de su gloria, la envidia no reporta beneficio a quien la padece sino reconocer la derrota: enfrentados a la competencia desleal de compararnos con alguien a quien atribuimos más resplandor, o más bienes, o “algo más” siempre, se nos revela la carencia propia en relación con la plenitud del que posee lo que deseamos tener —y que, por alguna oscura razón, intuimos que nunca seremos suficientes para lograrlo.
Falla primordial, falta constitutiva: una de las formas más puras y terribles del deseo. En el estupendo thriller de David Fincher, Seven (1995), un Kevin Spacey convertido en terrible ángel exterminador, se declara envidioso del iracundo Brad Pitt porque posee el amor y la vida que no podrá tener nunca —y por ello lo hará pagar un castigo más cruel que la muerte.
Pasión capaz de mover montañas, la envidia está lo mismo detrás del odio y el desprecio de Heathcliff por los antiguos dueños de Cumbres borrascosas (1847), que oculto en el sentido de justicia del comisario Javert a la caza de Jean Valjean en Los miserables (1862), pues muy dentro palpita la sospecha de que los otros son intrínsecamente mejores que uno.
Pero envidiar no parece ser sólo una pasión humana. Demonios y ángeles la ejercitan respecto al mismo hombre de quien codician su capacidad de sentir y de ejercer el libre albedrío, como lo atestiguan el Mefistófeles de la numerosa colección de Faustos, y el ángel Damiel en el filme de Wim Wenders, Las alas del deseo (1987), quien termina por encarnar en hombre para así satisfacer sus ansias de humanidad. Una variante poco conocida de esta debilidad es la que profesa el hombrecillo gris que le compra su sombra al protagonista de La maravillosa historia de Peter Schlemihl de Adelbert von Chamisso (1814) con funestas consecuencias.
¿Y qué decir de la alegría malsana que sobreviene ante la desgracia de una persona a quien se ha envidiado ávidamente? Schadenfreude es el término para designar ese goce dañino: una dicha secreta que experimentó Aureliano respecto a su rival Juan de Panonia al verlo consumirse en la hoguera en el relato Los teólogos de Borges. Ante la agonía del enemigo odiado, sintió “lo que sentiría un hombre curado de una enfermedad incurable, que ya fuera una parte de su vida”. Pero la sabiduría borgiana, no exenta de aguda ironía, nos habla de cuán cerca estamos siempre del objeto de nuestra codicia: años después, al morir, “en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona”.
No obstante, la envidia también puede ser luminosa. Yo tenía un hermano que siempre me llevaba la delantera por ser tres años mayor y por ser hombre. Como diría Alejandro Aura en el poema Mi hermano mayor, un hermano varios años “más amable y más sereno”. Ante mi madre viuda, bien podía pararme de cabeza, ser mejor alumna, labrarme un destino de escritora: nada era suficiente. Hasta que descubrí que nunca podría competir con mi hermano por el hecho irreductible de ser diferentes. Para entonces la envidia había madurado sus frutos propios y me había trazado un camino de deseos insospechados mediante la escritura. Alquimia de la sombra pura.

Balthus y las nínfulas resplandecientes

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 22 de febrero de 2015.

Balthus

Balthus y las nínfulas resplandecientes

Ana Clavel

Descubrir al pintor Balthus es una revelación de la luz y la pureza. Contemplar, por ejemplo, en el Metropolitan Museum of Art, El sueño de Teresa, es sumergirse en un cuadro que irradia luz propia desde la placidez tensa de una pequeña nínfula y es situarse ante un estado de gracia fuera del tiempo.

En el tema de las niñas resplandecientes pintadas por Balthasar Klossowski de Rola, alias Balthus (1908-2001), convergen los intentos de capturar la inocencia y el estado edénico de la infancia y la preadolescencia plasmados por un abanico de pintores, grabadores, ilustradores previos: John William Waterhouse, Dante Gabriel Rosetti, Joanna Boyce, John Everett Millais, William Blake Richmond, Gustave Doré, Adolphe-William Bouguereau, Carl Larsson, entre otros. También están presentes un espectro de fotógrafos encabezados por el mismísimo Lewis Carroll: John Whistler, Henry Peach Robinson, Julia Margaret Cameron.

Pero lo que convierte en singular la propuesta estética de Balthus es la tradición pictórica renacentista derivada de Masaccio y Piero de la Francesca para conferir al tema de las niñas una dimensión clásica, mitológica, religiosa. En sus Memorias (DeBolsillo 2003), no se cansa de insistir en el carácter sagrado de sus propuestas: una mística en torno al estado edénico de sus pequeñas modelos.

Se ha dicho que mis niñas desvestidas son eróticas. Nunca las pinté con esa intención, que las habría convertido en anecdóticas, superfluas. Porque yo pretendía justamente lo contrario, rodearlas de un aura de silencio y profundidad, crear un vértigo a su alrededor. Por eso las consideraba ángeles. Seres llegados de fuera, del cielo, de un ideal, de un lugar que se entreabrió de repente y atravesó el tiempo, y deja su huella maravillada, encantada o simplemente de icono […] lo que me preocupa es su lenta transformación del estado de ángel al estado de niña, poder captar ese instante de lo que podría llamarse un pasaje.

Pero detengámonos un momento. Apreciemos con detalle Le rêve de Thérèse de 1938. Observemos la luz que incide en la piel de la joven Thérèse Blanchard, de doce o trece años, develándola como un ángel pubescente que resplandece ante nuestros ojos por más que ella se encuentre con los ojos cerrados, vuelta hacia sí misma, como en el goce de su propia irradiación. Hay elementos que sitúan la escena de este poder nínfico, semejante al que ejerce la Lolita nabokoviana, en este mundo y no en el empíreo: el paño arrugado sobre una mesa lateral, una silla al descuido, el gato dócil que toma leche a los pies de la pequeña diosa, nos sitúan en la cotidianidad fehaciente de la vida diaria. Pero el cuadro nos obliga a recorrer una y otra vez con la mirada las líneas de tensión de los brazos, la displicencia de la pierna encogida que Teresa, en el ensueño, parece mover acompasadamente…

Tuve el privilegio de ver la pintura original en el Metropolitan. Minutos eternos para hurgar con la mirada. De pronto, reparé en su pubis, agazapado en el ángulo que forma una pierna doblada sobre el diván. Entonces entreví el prodigio: me di cuenta que Balthus había pintado fielmente esa “lenta transformación del estado de ángel al estado de niña”; que había captado de forma literal “ese instante de lo que podría llamarse un pasaje”. Ahí está pero la gente no lo mira, como si no se atreviera a constatar el misterio de esa inefable forma de belleza palpitante: el calzón blanco revela una pequeña mancha rojiza, sutil, un rastro apenas pero innegable de menstruación. Constaté entonces esa enunciación de la gracia de la que hablaba el pintor. También vislumbré por qué el poeta Rilke había dicho que “todo ángel es terrible”.

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Fotografiar la pureza

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 8 de marzo de 2015 http: //www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Fotografiar+la+pureza-3472

Fotografiar la pureza

Ana Clavel

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El 18 de marzo de 1856 el reverendo Dodgson compró una cámara fotográfica de 15 libras. Así nació una pasión excepcional del célebre autor de Alicia en el País de las Maravillas, que había firmado con el nombre de pluma de “Lewis Carroll”. Poco a poco, a las tomas iniciales de grupos familiares y personalidades de la época, fue cobrando importancia la fotografía de niñas: naturales, disfrazadas y, a partir de 1867, desnudas. Niñas a las que conquistaba con juegos de ingenio, con historias, dibujos, regalos, con la aquiescencia de sus madres.

El hermoso retrato de Alicia pordiosera, la Alice Liddell de 10 años que inspiraría la novela, es de 1858. De este modo, Carroll inauguraría una fascinación por plasmar la inocencia de la infancia, que no pocos han calificado de paidofílica. Sin embargo, para el fotógrafo húngaro Brassaï, “Carroll nunca amó —aunque él así lo creyera sinceramente— a una u otra niña, sino, a través de ella, a un cierto estado fugitivo, transitorio, ese breve instante del alba que despunta entre el día y la noche”. Por eso fue tan importante la fotografía para nuestro artista: porque era el medio para preservar en el tiempo la pureza de sus niñas, para fijar su belleza fugaz. Así fue también, al seguir el curso sinuoso de su pasión, que contribuyó a sentar las bases del mito de la enfant fatale.

Las fotografías de disfraces muy pronto derivaron al desnudo. Varios son los eufemismos que Carroll utiliza en su diario cuando logra que sus pequeñas modelos posen en camisón o sin prenda alguna: “vestidas de nada”, “vestido de noche”, “una modelo indiferente en cuanto a su vestido”. Por supuesto, eran acompañadas de sus madres que, en principio, de acuerdo con la visión de pureza victoriana respecto a la infancia, no veían nada malo en el cuerpo desnudo de los niños. Pero muy pronto debieron de inquietarse ante la propensión del fotógrafo por desvestir a sus hijas. Y de incluso alarmarse ante el hecho de que conservara los negativos de los que podrían imprimirse infinidad de copias.

El camino no tenía retorno. De los placeres de la fotografía, situados en un principio en lograr una maestría técnica, Carroll pasó a la contemplación de la inocencia a través de las largas sesiones que imponía la fotografía de ese entonces y, de manera culminante, al atesoramiento de los negativos y las impresiones que posibilitaban volver a situarse frente a la Belleza cada vez que se las contemplaba. Ni más ni menos que el tránsito que va de los placeres del voyeur, al fetichismo más febril que tarde o temprano resultaría inaceptable para los otros y para él mismo.

De ahí que en 1880, 18 años antes de su muerte, abandonara abruptamente la fotografía. No obstante esa renuncia, con Carroll asistimos no tanto a la entronización de la nínfula como un personaje literario a la manera de Nabokov y su clásica Lolita, sino al nacimiento de la hermana menor del mito a través de su registro fotográfico con las diferentes niñas que atesoró para la posteridad: un centenar de imágenes de pequeñas deliciosas, ensoñadoras, misteriosas, y apenas cuatro imágenes de desnudos inquietantes, coloreados a mano, que se han conservado, no obstante la resolución final del autor de quemar los negativos.

Las cuatro fotografías de desnudos que sobreviven fueron preservadas por las familias de las modelos y adquiridas posteriormente por la Rosenbach Foundation en los años 50 del siglo pasado. Después constituirían el núcleo del libro editado por M. N. Cohen, Lewis Carroll, Photographer of Children: Four Nude Studies (1978). Un libro hermoso y perturbador como lo es vislumbrar de manera frontal el deseo y las maneras misteriosas en que obra en nosotros.

Evelyn Hatch, 1872. Fotografía tomada por Carroll, impresa en vidrio, con retoques de óleo. La impresión fue encargada por el autor, a partir de uno de sus negativos, a una casa de impresión fotográfica profesional

Evelyn Hatch, 1872. Fotografía tomada por Carroll, impresa en vidrio, con retoques de óleo.

 


Deseos malignos

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 25 enero 2015: http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Deseos+malignos-3264

Piñas

Deseos malignos

Ana Clavel

 

Enero suele venir cargado de deseos. Según creencia popular, sus primeros 12 días son simbólicos al representar lo que nos sobrevendrá en los meses restantes del año. Es sabido que Sigmund Freud asignaba a los deseos no realizados un papel trascendental en la conformación de las neurosis de sus pacientes.

Al mismo tiempo reconocía la importancia del deseo postergado, insatisfecho, porque si hay algo que el hombre no puede permitirse es el goce absoluto. Ésa es, al parecer, la moraleja de un bello cuento narrado en la novela El cielo protector (1949) de Paul Bowles en el que se relata la historia de tres muchachas que desean, por sobre todas las cosas, tomar un té en el Sahara. Después de mil esfuerzos, Outka, Mimouna y Aicha llegan por fin al desierto resplandeciente. Pero cada vez que están a punto de sentarse a tomar el té sobre la arena, alguna de ellas dice que hay una duna más alta desde donde contemplar ciudades más lejanas y donde sería mejor colocar la tetera y los vasos. Así van de una duna a otra hasta que terminan tan agotadas que se quedan dormidas. Después de varios días, una caravana descubre sus cuerpos inertes alrededor de los vasos llenos de arena.

Omitir una acción que le da sentido a la existencia podría juzgarse como un deseo en negativo, pero en el caso de las tres muchachas fue la forma que encontraron para mantener a raya el goce devastador que sobrevendría a la realización de su anhelo, o lo que es peor, a quedarse sin deseo.

En la novela Comí (Anagrama 2014), Martín Caparrós cuenta que en su tercer viaje, Cristóbal Colón se dio a la tarea de recolectar piñas o ananás para su majestad Fernando el Católico. El rey quería probar la fruta tropical por las muchas  delicias que había oído hablar de ella. Tras mil y un peripecias para resguardar la montaña de piñas que llevaba en la cubierta, al final del viaje de regreso, el Gran Almirante sólo pudo conservar una fruta y presentarla ante el rey. Apenas verla, Fernando hizo saber su real voluntad:

—Tírala… No la quiero.

Colón estuvo a punto de darle con la piña en la cabeza al monarca, pero lo pensó dos veces y sólo se atrevió a preguntar:

—¿Pero por qué, Majestad?

La respuesta pareciera ser un capricho de una personalidad veleidosa, pero en realidad es una lección sobre los riesgos que implica el deseo. Fernando había respondido:

—¿Y qué tal si me gusta?

Es como si el monarca hubiera sabido de la llamada “maldición gitana” que a la letra dice: “Que te den, que te guste y que no te vuelvan a dar”. En el imaginario popular son afamadas las maldiciones gitanas por el carácter virulento de sus deseos en perjuicio de otro, como lo muestra esta otra joya: “Mal fin tenga tu cuerpo, permita Dios que te veas en las manos del verdugo y arrastrado como las culebras, que te mueras de hambre, que los perros te coman, que malos cuervos te saquen los ojos, que Jesucristo te mande una sarna perruna por mucho tiempo, que si eres casado tu mujer te ponga los cuernos, que mis ojitos te vean colgado de la horca y que sea yo el que te tire de los pies, y que los diablos te lleven en cuerpo y alma al infierno”.

Pero un deseo maligno como “Que te den, que te guste y que no te vuelvan a dar” es de un refinamiento consumado como lo atestigua la película porno The Devil in Miss Jones (1973) del director Gerard Damiano, donde una casta Justine Jones es obligada, después de su suicidio, a probar los placeres de la carne que se negó en vida. Tras disfrutarlos y tomarles sobradamente gusto, es confinada en el infierno, donde no podrá volver a probar de su cuerpo. Cruel destino pues para quien ha gozado de las mieles del paraíso, no hay quizá mayor castigo que estar condenado a no volver a disfrutarlas.


¿Coño, vulva o pubis?

 

A propósito de la antología El origen del mundo de Juan Abad y otras impudicias…

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 14 de septiembre de 2014: http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/+%C2%BFCo%C3%B1o%2C+vulva+o+pubis%3F-2819

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¿Coño, vulva o pubis?

Ana Clavel

O… ¿piedra, papel o tijera? Gracias a una amiga experta en asuntos de erotismo di con la antología El origen del mundo (Hiperión 2004), de un tal Juan Abad. Más de cien autores que abarcan casi dos mil años de tradición, cantan y rinden tributo a esa parte misteriosa del cuerpo femenino. ¿La razón? En palabras de Rubén Darío:

Pues la rosa sexual

al entreabrirse

conmueve todo lo que existe,

con su efluvio carnal

y con su enigma espiritual.

El título de la obra alude al cuadro L’ Origin du Monde, que Courbet pintó en 1866, escandalizando a la sociedad de su época por presentar en primer plano el vientre desnudo de una mujer. Desde epigramas griegos y latinos, canciones medievales, hasta sonetos del siglo de oro, poemas barrocos, románticos, neoclásicos, simbolistas, contemporáneos, y no sólo escritos por hombres. Incluso poetas mexicanos actuales como Alberto Blanco y Eduardo Langagne se encuentran consignados en esta invaluable antología.

Aunque celebro la publicación de un trabajo tan espléndido, no dejo de lamentarme por el término “coño” que aparece en muchas de las traducciones realizadas por el propio Juan Abad. “Coño”, tan de uso en el español peninsular, refiere un arcaico fenómeno de colonización en el mundo editorial de una era que se precia de ser globalizada. Pues ¿quién coños dice “coño” en México y otras partes de Latinoamérica?

La palabra “coño” proviene del latín cunnus: cuña, de donde se colige que el nombre de la herramienta es adoptado para designar su efecto, la hendidura. El idioma francés también usa un derivado similar: le con. De ahí el título de la obra de Louis Aragon, Le Con d’Irène (1927), que su autor firmó bajo el pseudónimo de Albert de Routisie. El libro se tradujo al castellano sólo como Irene (Tusquets 1977) para evitar la censura de un medio represor como lo era el franquismo. Años después y tras la muerte de Franco, Tusquets pudo reivindicar el título original de la obra, El coño de Irene, con el cual se sigue reeditando.

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Fotografía de Vlastimil Kula, artista checo nacido en 1963

Además de un sinfín de variedades coloquiales según la región (concha, raja, panocha, araña peluda, cojoyo), existen dos términos en un español de dominio más amplio: vulva y pubis. Vulva deriva de su homónimo en latín y se usa para designar las partes que rodean la abertura externa de la vagina. Algunos desorientados usan vagina como sinónimo de vulva, pero la vagina es el conducto interior que va de los labios de la vulva hasta la matriz. Por otra parte, no deja de ser sorprendente la plasticidad del lenguaje. La palabra “vagina” deriva del latín vagina: vaina. Muy sugestiva la idea de que el miembro viril puede ser una espada que se envaina en su funda de carne femenina.

El otro término, pubis, designa la parte inferior del vientre, que se cubre de vello al llegar la adolescencia. Es por esto que pubis se emparenta con púber, pubescente y pubertad. No sé por qué la expresión “los labios del pubis” siempre me ha resultado tan poética. Supongo que detrás está el poema de Rubén Darío dedicado al poeta Verlaine: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto, / que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto, / sino rocío, vino, miel”. De cualquier modo, no podría imaginarme la edición de la novela Pubis angelical, de mi adorado Manuel Puig, como Coño angelical. Coño siempre me ha resultado muy enfático y por momentos, despectivo. Vaya… Toda la cantidad de alusiones que encierra una palabra. Máxime cuando se trata de una que pone a girar al mundo. Si no, pregúntenle a Juan Abad, que en pleno siglo XXI ha preferido guardar su nombre verdadero, Jesús Munárriz, traductor y poeta español, tal vez por juego, tal vez por guardar su reputación. Pero nadie escapa de los labios impúdicos de la red.


Las ciudades y los dones

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 5 de julio de 2015. http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Las+ciudades+y+los+dones-3976

Las ciudades y los dones

Ana Clavel

Viñeta de Eko para Domingo de El Universal

Viñeta de Eko para Domingo de El Universal

“No hallarás otra tierra ni otro mar / La ciudad irá en ti siempre”, dice en un afamado poema Constantino Cavafis. Porque, de algún modo, al viajar y buscar otros horizontes, uno nunca puede desprenderse del todo de la ciudad o del mundo que lleva consigo.

Ya sea “ojerosa y pintada” en palabras de López Velarde, ya sea “negra o colérica o mansa o cruel, / o fastidiosa nada más: sencillamente tibia” en versos de Efraín Huerta, yo también llevo mi ciudad a cuestas con todo su vaticinio de mansedumbre y tormenta.

Pero viajar conlleva también incorporar otras ciudades a la constelación interior. De tal modo que en el regreso de todo viaje refulgen como joyas algunas instantáneas de los lugares por donde se ha deambulado. Somos, en consecuencia, todas las ciudades que hemos visitado, las que han pasado por nosotros dejando su huella y que así nos habitan. Si uno enumera algunos de esos momentos de la memoria titilante, tendría forzosamente que empezar ofreciendo las gracias, como lo hizo el bibliotecario ciego al que en un gesto de “magnífica ironía”  le fueron conferidos “a la vez los libros y la noche”:

Por la Alhambra de Granada en cuyos jardines perfumados de rosas y jazmines una pareja de muchachos —hermosos y puros como la pareja original— cortó un higo y lo comió sin que se desencadenara ninguna catástrofe.

Por Estambul y su mar de Mármara que parecía un grabado medieval con sus espumas infantiles al paso de los barcos. También por su palacio sumergido  de Yerebatan, en donde es posible caminar como por los laberintos de un sueño hasta toparse con la cabeza de Medusa —de mármol y musgo verde tierno enjoyada— sin morir en el intento.

Por el hombre de gruesos lentes de fondo de botella que en una esquina de la Gran Vía de Madrid, de pie y frente al tráfico y el mundo, se gastaba las pocas baterías de sus ojos leyendo la América descubierta por Franz Kafka.

Por Beirut que me dio un libro en francés y en árabe, pero antes la amenaza acechante de la guerra con aquel tanque que recorría la calle aledaña a la Université de Saint-Joseph como si fuera una bicicleta para el verano.

Por Río de Janeiro donde un amor quiso perderse en el licencioso barrio de Lapa y terminó más bien perdiéndome a mí.

Por la mano monumental que en Punta del Este sonríe y saluda desde la arena y que nos habla de cómo el hombre puede ser infinito en su capacidad de jugar con las estrellas.

Por Dublín y el corazón de San Lorenzo O’Toole que después de muerto en el año 1180 seguía latiendo en un relicario en forma de corazón en la catedral de la Santísima Trinidad.

Por Budapest en cuyo puente de las Cadenas creí ver o vi a Alina Reyes ya no ajena y lejana como en el cuento de Cortázar, sino tan íntima y cercana que al separarme de su abrazo dejé de saber si era ella o yo quien retomaba el camino hacia México.

Por Buenos Aires y sus calles de “jacarandás” en flor que se abrieron todas a un tiempo azul plúmbago para recibirme. El Buenos Aires de la Recoleta que me dio a un mismo tiempo a Pierre Menard y a ese otro argentino hermoso que no me amó.

Por las íntimas ciudades que aquí no menciono, pero sí ese otro poema que habla de los dones y que no me cansaré de agradecer jamás.

Por la vikinga Norwich y su histórico Dragon Hall, en cuyo interior la filigrana en madera de un dragón vuela sobre las cabezas de los escritores que se reúnen en su Festival de Literatura, año con año, como la promesa cumplida de un mundo de imaginación y deseos encarnados en libros.

Por esa gracia que nos permite, a pesar de todas las devastaciones y las pesadillas, agradecer los sueños y los viajes, las ciudades y los dones que nos inventan desde las sombras y el deseo.