¿Cucaracha o escarabajo?

Un “monstruoso insecto” es como define Kafka a Gregorio Samsa. Muchas veces se le ha descrito como una cucaracha pero también como un escarabajo. Por las maravillas de la red, di con el blog de Noel que traduce las opiniones de un experto lepidopterista, Vladimir Nabokov, sobre La metamorfosis y el tipo de insecto descrito por el escritor checo.

Leer a Kafka antes de morir

Recordemos el comienzo de La metamorfosis: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos”.

En el texto de Nabokov sobre esta obra, basándose en su experiencia como especialista, se revela la identidad del tipo de insecto en que se ha convertido Gregorio: un escarabajo. La ironía sobre las alas del escarabajo que Samsa nunca llega a descubrir es, por supuesto, una de las sutilezas que caracterizan la escritura del genial escritor ruso:

“¿Qué es exactamente el insecto en el cual el pobre Gregorio, el sórdido viajante de comercio, se ha transformado de forma tan repentina? Obviamente pertenece a la rama de los artrópodos, a la cual pertenecen los insectos, arañas, ciempiés y crustáceos. Si las “numerosas piernas” mencionadas en la narración significan más de seis piernas, entonces Gregorio no puede ser un insecto desde el punto de vista zoológico. Pero sugiero que a un hombre tendido sobre su espalda que observa que tiene al menos seis piernas vibrando en el aire, le puede parecer que seis piernas son suficientes para ser llamadas “numerosas”. Por tanto, asumiremos que Gregorio tiene seis piernas, y por tanto es un insecto.

Próxima pregunta: ¿qué insecto? Muchas personas dicen que una cucaracha, lo cual por supuesto no tiene sentido. Una cucaracha es un insecto de forma plana y con largas piernas, y Gregorio es cualquier cosa menos plano: es convexo en ambos lados, vientre y espalda, y sus piernas son pequeñas. Se parece a una cucaracha en un solo aspecto: su color es carmelita. Esto es todo. Aparte de esto tiene un enorme vientre convexo dividido en segmentos y una espalda dura y redonda, en la que podría haber una cubierta para alas. En los escarabajos esta cubierta esconde pequeñas alas, que se expanden y los pueden transportar a lo largo de varias millas en un vuelo errante. Curiosamente, Gregorio el escarabajo nunca se da cuenta de que tiene alas bajo la dura cobertura de su espalda. (Esta es una muy buena observación de mi parte para que la atesoren por el resto de sus vidas: algunos Gregorios, Joes y Janes no saben que tienen alas). Además, tiene unas fuertes mandíbulas. Él usa estos órganos para darle vuelta a la llave en la cerradura mientras se mantiene erecto sobre sus piernas traseras, en su tercer par de piernas (un par de piernas fuertes), y esto nos da el tamaño de su cuerpo, el cual es de cerca de tres pies de largo. En el transcurso de la historia se va acostumbrando gradualmente a usar sus nuevos apéndices –sus pies, sus antenas. Este escarabajo carmelita, convexo y del tamaño de un perro, es muy ancho. Me imagino que debe lucir de esta forma:

 

En el texto original en alemán la vieja sirvienta lo llama Miskäfer, un “escarabajo rinoceronte”. Es obvio que la buena mujer le está añadiendo el epíteto solo por ser amistosa. Técnicamente, él no es un “escarabajo rinoceronte”. Es simplemente un escarabajo gigante (Debo añadir que ni Gregorio ni Kafka vieron el escarabajo muy claramente).”

Aquí el link de la conferencia de Nabokov en el blog de Noel: http://latraduccion.blogspot.mx/2007/09/vladimir-nabokov-sobre-la-metamorfosis.html


Érase una vez José Emilio

En estos días José Emilio Pacheco estaría cumpliendo 75 años. Aquí el cuento de una generosidad enorme:

http://confabulario.eluniversal.com.mx/erase-una-vez-jose-emilio/

Érase una vez José Emilio

Por Ana Clavel

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A Cristina, Laura Emilia y Cecilia

Ignoro por qué se me vienen a la mente unos versos de José Gorostiza cada vez que tengo una pérdida cercana. Se trata del poema Elegía: “A veces me dan ganas de llorar, / pero las suple el mar”. Me sucedió recientemente con Carlos Fuentes, con Bonifaz Nuño, con Juan Gelman… Digo pérdidas cercanas no porque fueran amistades mías, sino porque su presencia y su obra me los habían hecho íntimos, familiares. Al enterarme de la partida de José Emilio Pacheco los versos de Gorostiza me fueron insuficientes. Murmuré: “A veces me dan ganas de llorar, / y no las suple el mar”.

Casi de inmediato recordé su poema Mar eterno: Digamos que no tiene comienzo el mar: / empieza en donde lo hallas por vez primera / y te sale al encuentro por todas partes”. No es que me sepa de memoria la obra de José Emilio Pacheco pero sucede que tuve el privilegio de cuidar la edición de su obra poética reunida, Tarde o temprano, para el Fondo de Cultura Económica, en su tercera edición, la del 2000. Ese privilegio se lo debo directamente a él que me llamó una mañana de noviembre de 1997 para pedirme que me hiciera cargo. Iba a decirle: “Es un honor”, pero me detuve. Poco antes me había pasado con don Octavio —yo le decía don Octavio a Octavio Paz—, cuando colaboré en el cuidado de edición de sus Obras Completas y un día me pidió que también lo ayudara a integrar las entrevistas y los últimos escritos para el tomo correspondiente. Había dicho entonces: “Es un honor” y don Octavio calló un momento antes de reconvenirme: “Preferiría que me dijera: es un placer…” Así aleccionada, pero también por convicción, le contesté a José Emilio cuando me invitó a trabajar en la edición de Tarde o temprano: “Es un honor y un placer…” Estoy segura de que sonrió porque al instante respondió con su amabilidad habitual: “Al contrario: el placer es mío”.

 

Me acuerdo, no me acuerdo…

A José Emilio, no al maestro José Emilio Pacheco porque él no permitía esas jerarquías de autoridad, lo había yo leído en los ochenta en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su poemario No me preguntes cómo pasa el tiempo, editado por Mortiz, pasaba de mano en mano entre mis compañeros de generación. Pero fue su nouvelle: Las batallas en el desierto, publicada originalmente por el suplemento Sábado de Unomásuno el 17 de junio de 1980 como un “cuento”, la que me abrió las puertas a una literatura deslumbrante y perfecta, que conjuntaba la precisión de mecanismo de relojería del cuento con la profundidad oceánica de una novela, la cadencia hipnótica de un bolero con los abismos de la memoria y la imposibilidad del amor vueltos escritura exacta y prodigiosa.

Cuando me pidió que trabajara la edición de su obra poética reunida sólo lo había saludado personalmente un par de veces en alguna presentación o conferencia, pero nada más. La primera vez que revisamos el original nos vimos en su casa de Condesa. Su esposa Cristina salió corriendo a una entrevista pero gentilmente se hizo tiempo para dejarnos un pastel de chocolate de la Balance —en aquel momento José Emilio no tenía problemas con el azúcar— y café express para acompañar la labor. En ese primer encuentro me maravillaron muchas cosas, pero sólo consignaré dos. La primera, que aceptara sin objeción alguna mi sugerencia de abreviar la larga nota explicativa que acompañaba a la edición anterior de Tarde o temprano por una mucho más concisa, que terminó finalizando con estas palabras certeras de José Emilio: “Escribir es el cuento de nunca acabar y la tarea de Sísifo. Paul Valéry acertó: No hay obras acabadas, sólo obras abandonadas. Reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección”. La segunda maravilla fue que me recordara un hecho que yo misma había olvidado por haber sucedido quince años antes. Me dijo que me había escrito una carta donde me agradecía el envío de Fuera de escena, un primer libro de cuentos que había yo publicado a los 22 años, y donde me comentaba que le habían gustado mis relatos. De verdad yo había olvidado ese envío lanzado como una botella al mar, pero no se lo dije. Sin salir del pasmo, tan sólo comenté: “Qué raro… nunca recibí esa carta”. Con su nerviosismo habitual, él me confesó: “Es que nunca la mandé. No tenía tu dirección. El sobre de tu libro venía sin remitente. Pero ahí está la carta —e hizo un gesto vago a su mar de papeles—. Te la voy a buscar…”

 

El arte de la sombra

Cualquiera que haya platicado con él sabía cómo la vida lo abrumaba, cuánto lo desconsolaba el incierto porvenir de las ballenas, la barbarie de nuestros políticos, la indecencia de estos tiempos de tinieblas cada vez más acechantes. Sin embargo, en una de nuestras sesiones de trabajo me contó un drama más particular: la mujer que por entonces los ayudaba en casa tenía muy mala opinión de él. La había escuchado platicarle a una vecina: “La pobre señora Cristina trabaja como loca. Todo el día de un lado para otro, mientras el señor ahí echadote, nomás leyendo y escribiendo…”

Cuando terminamos por fin la revisión de Tarde o temprano, recibí a los pocos meses un obsequio por la Navidad próxima: una botella de vino francés enviada precisamente por Cristina. Fue un detalle gentil e inesperado, máxime que a parte de la gracia de trabajar con José Emilio, él me había hecho el regalo de insistir con el Fondo de Cultura Económica para que se mencionara mi nombre en el volumen. Mi sorpresa fue mayúscula porque si bien yo había hecho algunas sugerencias y cuidado el libro, la generosa insistencia de José Emilio no paró hasta darme un crédito inusual en la portadilla: “Edición de Ana Clavel”, debajo de su nombre y del título de la obra. También máxime que él ya me había hecho el mayor de los regalos: una lección de escritura particular. Por esos días yo escribía una novela de un Orlando al revés, una mujer que, por obra y gracia de su deseo de conocer el deseo de los hombres, se despierta en el cuerpo de un varón y en su nueva circunstancia comienza a indagar en los rituales de la masculinidad. Muy temeraria yo, no había medido el atrevimiento de retomar e invertir la propuesta del libro de la Woolf. Cuando me di cuenta en lo que me había metido, me espanté y le platiqué a José Emilio sobre los libros de medicina, anatomía, sociología, antropología, estudios de género que pretendía revisar. Él me tranquilizó con una sonrisa y me dijo: “No importa lo que los demás digan sobre la masculinidad. Lo importante es cómo la miras tú…” Yo andaba también metida en el asunto de fotografiar mingitorios en los baños de hombres como un singular objeto de la virilidad occidental y me sentía peligrosamente transgresora y con riesgo de resbalar… Así que las palabras de José Emilio fueron como un permiso, un “abrid espacio a la sombra”, un “escribe lo que tengas que escribir desde tu propia mirada”. Terminé escribiendo Cuerpo náufrago e incorporando fotos de urinarios en el texto —y descubrí que el deseo es una encarnación de la sombra.

 

La avasalladora imperfección

En una de nuestras últimas conversaciones, me regaló la nueva edición de Batallas en el desierto publicada por Era, que había vuelto a corregir, como era su costumbre de Sísifo de la escritura. Apenas hojear el libro advertí en la última línea un cambio sustancial. En vez de decir: “Si hoy Mariana viviera tendría ya sesenta años”, decía que tendría “ochenta”. De una señora mayor, me la había convertido en una anciana. No estaba de acuerdo. Se lo dije: “Querido José Emilio, no tienes derecho… También es mi Mariana”. Le recordé las edades eternas de Ana Karenina y Emma Bovary. Me interrumpió: “Yo tampoco estoy de acuerdo con el paso devastador del tiempo… pero uno a veces no es más que un cronista. Para los muchachos de hoy en día, Mariana tendría ochenta años”. Le contesté que para sus lectores del año 2030 habría que corregir la cifra para decir que tendría más de cien años, y así… Se encogió de hombros antes de sentenciar: “Quién sabe si para entonces Las batallas seguirán dando batalla a nuevos lectores…” No dije nada más, pero no pude evitar acordarme del último poema de Tarde o temprano, que es en realidad una victoria contra el tiempo y la muerte:

Despedida

Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.

Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia:

Eso me pasa por intentar lo imposible.

 

Cabo

“Ni miento ni me arrepiento” fue la divisa de Jorge Manrique, lema que también podría aplicarse a José Emilio Pacheco. Varios poemas del poeta mexicano dialogan con la obra del poeta español del siglo XV. Ahora , ante la triste sorpresa de su partida, cómo no recordar los primeros versos de las afamadas Coplas a la muerte de su padre de don Jorge Manrique:

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte,

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando…

Y recordando el título de No me preguntes cómo pasa el tiempo, ese poemario que mejor resume una de las mayores preocupaciones de la poesía de José Emilio Pacheco, deletrear ahora en la pantalla este homenaje silencioso a su amorosa presencia:

No me preguntes cómo pasa la vida

tan callando.

 

Publicado en Confabulario, supl. de El Universal, 1 de febrero de 2014: http://confabulario.eluniversal.com.mx/erase-una-vez-jose-emilio/

 

 


Tocar el paraíso

 Antes que la escritura y los libros, estuvo el paraíso del cuerpo. Sentirlo poderoso encima de un par de piernas que aún se tambaleaban pero que me sostenían y me llevaban con una sensación de plenitud y fuerza en cada desplazamiento. O la caricia tramposa de papá fingiendo que recién se había rasurado para que le diera un beso, seguido de la reacción casi instintiva de retirarme porque su contacto me raspaba los labios ante su mejilla áspera por la barba naciente. De todos modos, esa estación del paraíso duró poco: papá murió cuando yo tenía tres años de edad.

Ignoro cómo fue que pocos años después volví a la vida, pero recuerdo un programa en la televisión recién estrenada por esos lejanos días de los sesenta: “Orfeón a go-gó”. De nuevo el placer del cuerpo surgía evocado por unas chicas de movimientos trepidantes al ritmo de una música que te contagiaba sus latidos. Yo era buena para imitarlas, para ondularme en movimientos acompasados y abruptos, para memorizar las secuencias de baile con cada canción.

En el patio del edificio adonde nos reuníamos una veintena de niños, se organizaban rondas de juegos: “Encantados”, “Stop” con su particular declaración de guerra –ahora que lo pienso, secuela de las guerras de EUA con Corea y Vietnam–, partidos de futbol… Alguien llevó una vez un radio de pilas y comenzamos a corear “Popotitos” con los Teen Tops, “Un hombre respetable” con los Hitter, “Lupe” con los Rocking Devils. De turno en turno pasábamos al centro a bailar. Cuando me tocó a mí coincidió que ponían “Diablo con vestido azul”. Azarosamente, yo llevaba un vestido azul marino y botas de charol como la protagonista de la canción, pero además me sabía a la perfección los pasos de baile. Fui literalmente, como decía la canción, “la reina de las chicas cuando baila el rock”. Y a esa rola siguieron nuevas sin que nadie me quitara del puesto. El resto de chicos imitaba mis movimientos y éramos una feliz masa de brazos, cuerpos, cabezas vibrantes.

En ese mismo edificio, conocí poco después a un Desconocido. Se parecía a mi padre. Percibió mi turbación, hubo un juego de señales y lo fui siguiendo por unos corredores de la parte posterior. En la penumbra de un cubo de escaleras, conocí el goce de ser tocada. Pero alguien nos atisbó desde una ventana y descargó el relámpago de la culpa. Desde entonces perdí el ritmo y por más que me he esforzado, bailar dejó de ser una manera de tocar el paraíso. Me enconché en mi propio cuerpo como una cochinilla. Por fortuna, al poco se abrieron otros universos. Leí un libro y el horizonte comenzó a expandirse, el mundo prometió paraísos trémulos e inexplorados, palpitantes como mis ojos signados de palabras.

Algunos dicen que tengo un marcado registro “erótico” en mis libros. Me desagrada la etiqueta por lo reduccionista del término pero en parte lleva razón: para mí el cuerpo tiene una dimensión presencial irreductible. Tal vez ha sido así porque trasladé sin proponérmelo el paraíso del cuerpo al placer de la escritura. Debo confesar que desde entonces mis encuentros con la danza han sido contados. Pero cuando vi en el Palacio de Bellas Artes en 1994 una obra de Pina Bausch titulada Nelken (“Claveles”, curiosamente como mi apellido materno), que conjugaba narratividad teatral con danza sublime, reviví el goce exultante de tocar el paraíso aunque fuera con el roce de la mirada.

Publicado en Centrífuga. Revista de Investigación Dancística, núm. 5, verano 2012, pp. 38-39.