Hombres que juegan a las muñecas

Los caballeros las prefieren calladas

Algunas muñecas en la literatura y el arte

Cuenta la leyenda de la hija de un alfarero de Corinto que, ante la inminente partida de su amado, delineó su sombra proyectada por una lámpara en la pared de una cueva, para preservar de algún modo su imagen fugitiva. Después encargó a su padre que rellenara con arcilla la silueta, creando así el primer simulacro sustitutivo del deseo del que se tiene noticia en Occidente. Desde entonces la creación de sucedáneos humanizados ha estado asociada a la restitución de un placer original que busca en la sustitución una satisfacción compensatoria. En la misma línea puede ubicarse el arte escultórico de Pigmalión, enamorado de la mujer esculpida por sus propias manos, o la Olimpiade los Cuentos de Hoffmann, recreados en la ópera de Offenbach, o el maniquí de cera de Buñuel en Ensayo de un crimen.

Este proceso de sustitución, estudiado por Freud y Lacan en sus ensayos de teoría psicoanalítica, puede cifrarse en compensar el fallus, ese significante que encarna aquello que siempre nos hace falta. Y precisamente uno de los caminos de la compensación se da a través del “fetichismo”, término que Oskar Kokoschka puso de moda hacia 1924, fecha en que tras su separación de Alma Mahler, mandó fabricar una muñeca sustituta, de tamaño natural y de increíble parecido con su amada, a la que hizo concurrir a reuniones sociales como su dama y compañera, antes del desafortunado ultraje de un contertulio que se vio tentado a quitarle “la vida”.

Los estudiosos de la vida del artista Hans Bellmer han rastreado en la presencia de una prima adolescente, Ursula, buena parte del proceso de deseos no consumados que lo llevó a la fabricación de sus Poupées (1935). Toda la serie de muñecas desmembradas y articuladas en un nuevo anagrama visual, abre las puertas a una poética insospechada del deseo con imágenes desfloradas de un inconsciente que pocas veces había encontrado esta manera de salir a la luz. El carácter sucedáneo y compensatorio de tales trabajos es patente en el deseo de Bellmer, expresado pocos años antes morir, de ser enterrado con su primera Poupée.

En Las Hortensias (1949) del uruguayo Felisberto Hernández, la sustitución del placer se anticipa a la pérdida: el protagonista Horacio teme perder a su esposa y por ello manda fabricar una muñeca a su imagen y semejanza. Lo que Horacio no sabe es que muy pronto esa Hortensia sustituta y las que le siguen, conseguirán sumirlo en un complejo y bizarro mundo donde la fantasía fetichista es mucho más poderosa que su referente de realidad.

“Muñeca reina” (1964), relato del mexicano Carlos Fuentes, también roza el carácter compensatorio de pérdida de toda muñeca fetiche en el momento en que los padres del ausente personaje central permiten que el narrador contemple su réplica sublimada: la muñeca angelical que suple al monstruo en el que una degeneración congénita ha convertido al modelo original.

Por último, en este repaso preliminar y perfectible de muñecas en la literatura y el arte, mencionaré mi novela Las Violetas son flores del deseo (Alfaguara 2007), en la que las muñecas púberes creadas por el protagonista forman parte del tronco de una suerte de familia de “muñecas-flores del mal”, en la que el antecedente de las Hortensias de Felisberto Hernández es definitivamente punto de partida. Para el narrador, sus Violetas, muñecas preadolescentes capaces de ser violadas y sangrar en su calidad de vírgenes, son el sucedáneo a su pasión prohibida: la pulsión de incesto que lo ha llevado a obsesionarse con su hija Violeta de once años.

Resulta evidente que en todas estas historias reales y ficciones, la muñeca-fetiche sea una forma ritualizada de dar cauce a deseos fallidos que de otro modo naufragarían peligrosamente en el inconsciente para tal vez encarnar en psicóticas eclosiones de la realidad, tal y como los reportes de casos clínicos y notas policiales nos dan tan amargamente cuenta.

 

Hombres que juegan a las muñecas

Seguramente fue una tarde de primavera del año 1946, cuando el escritor Felisberto Hernández (Uruguay 1902-1964), de viaje en París gracias a una beca del gobierno francés, conoció la historia de Oskar Kokoschka y su muñeca-simulacro de Alma Mahler. Caminaba con un amigo por el jardín de Luxemburgo cuando se detuvo frente a los macizos apretados de blancas hortensias en flor a escuchar sobre aquel artista de vanguardia que, tras su rompimiento amoroso con la viuda de Mahler y ante la imposibilidad de mantener su presencia en la vida diaria, decidió encargar a un fabricante de muñecas una copia en tamaño natural de su amada. Una vez que la tuvo en sus manos, Kokoschka cubrió la desnudez de la muñeca con ropas de la misma casa parisina donde se abastecía Alma, pidió a sus sirvientes que la trataran como a la señora de la casa y llegó a alquilar un palco dela Opérapara compartirlo con esta mujer sustituta.

Hasta aquí, la relación de la historia de la muñeca de Kokoschka con el relato de Las Hortensias (1949) de Felisberto Hernández sólo nos ofrece un paralelo de recurrencias si recordamos que el protagonista de la historia, Horacio, manda fabricar una primera muñeca semejante a su esposa María Hortensia por temor a perderla. El hecho de que los sirvientes de la casa de Horacio tengan un trato deferente hacia la muñeca, considerada como una hermana gemelar de su patrona, bien podría interpretarse como un elemento de coherencia narrativa para dar credibilidad a la historia. Pero hay un dato de la vida de Kokoschka que permite trazar un entrecruzamiento mayor: la fiesta que el artista checo ofrece a sus amigos para presentar en sociedad a su mujer-muñeca. En esa fiesta, al calor de las copas, un noble veneciano llega a preguntarle si duerme con la muñeca, y un poco más tarde se comete un crimen: la muñeca es decapitada y rociada de vino tinto como un simulacro sacrificial de su sangre derramada.

En Las Hortensias, el protagonista también organiza una fiesta para presentar a la primera Hortensia (después mandará confeccionar otras variantes) ante sus amistades y en esa reunión alguien ataca en secreto a la muñeca con un cuchillo, pretexto narrativo para que sea llevada de nueva cuenta al taller adonde Facundo, el fabricante, la acondicionará para que pueda comportarse como una mujer en toda la extensión de la palabra. “Será una locura; pero yo sé de escultores que se han enamorado de sus estatuas”, argumenta Horacio a la hora de pedirle a Facundo que haga posible la genitalidad de la muñeca. La referencia al mito de Pigmalión y la manera en que el relato magistral y turbulento de Felisberto Hernández va encarnando la fantasía de estas muñecas sexuadas, conocidas por la crítica especializada como Gynoides, alejará de los lectores aquel relato de la vida de Oskar Kokoschka que le fue revelado al autor uruguayo una tarde de primavera en el Jardín de Luxemburgo, ante las jardineras desbordantes de hortensias en flor como imagen fulgurante de una pureza reconcentrada y en serie, capaz de despertar deseos innombrados y esa peculiar fantasía que se deriva de mancillar una inocencia lánguida y dispuesta.

 

No sabemos si fue una tarde de primavera cuando el artista alemán Hans Bellmer (1902-1975) pidió ser enterrado con su primera muñeca, pero sí que en 1935 la revista Minotaure dio a conocer la serie fotográfica de sus muñecas desmembradas, titulada Poupée: Variations sur le montage d’une mineure articulée. Será más de veinte años después que Bellmer hable de su poética de desarticulación/desmembramiento en Anatomy of the Image (1957): “El cuerpo es comparable a una oración que nos invita a desarticularla, y así, a través de una serie de innumerables anagramas, su verdadero contenido puede ser reelaborado”. Cuando uno admira desde la orilla de un horror-fascinación esos abismos sin piedad que son las fotografías de las muñecas púberes de Bellmer –torsos confrontados en una articulación nueva y delirante de un cuerpo, piernas con calcetas que se yuxtaponen como brazos y cabezas inusitados, ojos de vidrio que nos miran desde lugares insospechados simulando los pezones de unos pechos que apenas comienzan a despuntar–, no podemos sino pensar en una anagramática visual que en sus deconstrucciones y rearticulaciones desemboca en el diseño de una poética del cuerpo como las partes de una oración trastocada. Sin duda hay un sentido del humor que subvierte los límites de una noción convencional de lo bueno y lo bello para dar cabida a una dimensión extraña de la pureza –y a su profanación silenciosa. No en balde, Bellmer tituló al libro que recogía en 1949 sus indagaciones fotográficas con muñecas Les Jeux de la poupée (Los juegos de la muñeca), poniendo en evidencia el papel predominante del fetiche, su facultad para invertir la relación de poder en el juego de las sustituciones.

No es azaroso pues que Bellmer pidiera ser enterrado con su pequeña Poupée. Sin embargo, al morir el 24 de febrero de 1975 en París, ninguno de sus escasos biógrafos y estudiosos ha tenido el decoro de informarnos si ese deseo, formulado acaso una tarde de primavera en el mismo jardín donde Felisberto Hernández se enteraría de la pasión de Oskar Kokoschka por su mujer de fantasía, fue piadosamente cumplido.

 

Epílogo de una fantasía siempre inconclusa

“La realidad siempre supera a la fantasía” es una ley casi universal conocida en el gremio de los escritores. Y sí, volvió a suceder. Había yo escrito Las Violetas son flores del deseo, novela en la que imaginé a las Violetas, una serie de muñecas púberes, de tamaño natural, con piel y atributos para dar la apariencia de niñas preadolescentes, vírgenes en el sentido más literal de la palabra, basándome en esas otras muñecas adultas concebidas por Felisberto Hernández en su relato abismal, Las Hortensias.

La verdad es que, originalmente, todo había surgido como un ejercicio de imaginación, un ensayar la voz masculina narradora para dar cabida a los más recónditos secretos de un deseo fantaseado y prohibido: el deseo de un hombre por su hija de once años. También el reto: que mi relato estuviera a la altura, que no desmereciera frente a la herencia recibida del escritor uruguayo.

Recuerdo que escribí la noveleta en sólo cuatro meses. Fue un delirio ininterrumpido: la fiebre de un goce y un suplicio que sólo se apartaba de mí para dejarme unas horas de sueño –pero también ahí, como me ha pasado en otros escritos, me sugería ideas y me orientaba en otras pulsiones.

Terminé la novela y la metí al Premio de Radio Francia Internacional. Ganó. Meses después asistí a una Expo Erótica en la ciudad de Los Ángeles, California. Acompañaba al fotógrafo mexicano Rogelio Cuéllar a recibir un premio por sus series de fotografía erótica. Y claro, curiosa, merodeé entre los cientos de stands plagados de objetos, burdas muñecas inflables, disfraces, modelos porno, películas XXX, lencería, aparatos, alimentos, dulces… Toda esa variedad –en realidad, bastante reducida– de sucedáneos del placer.

Y de pronto las vi: un stand con muñecas reales, sentaditas, muy vestidas, casi fingiendo el aburrimiento de mujeres en una sala de espera. Una de ellas estaba al alcance de la mano. La toqué. Su piel ofreció a la presión de mi dedo, una suave resistencia. Se acercó la encargada con un gesto amigable. Entonces pregunté:

–¿Cuánto…?

–Siete mil dólares, más gastos de envío.

Me atreví por fin a mirar el rostro de la muñeca. Sin duda –y ese era en gran medida su encanto–, seguía siendo una muñeca pero también una muñeca tan perfecta que simulaba ser una hermosa mujer real.

–Gracias –dije a la encargada en medio del pasmo y un suspiro.

En respuesta ella me ofreció un catálogo. Once estilos de mujeres se mostraban en posturas diversas: desde la chica de minifalda y botas que se recarga en una columna hasta la joven de corsé y liguero con piernas abiertas y pubis descubierto. Entre otras opciones: siete tipos de cuerpo que incluyen la talla petite, el cuerpo voluptuoso o atlético y la supermodelo; cinco tonos de piel (claro, medio, bronceado, africano, asiático); siete tonos de color de cabello (la gama del rubio al negro, pasando por el castaño y el pelirrojo); diez estilos de cabellera, etc. También se puede escoger el color del iris, el delineado de los párpados, el color de las uñas y de los labios. Y por supuesto, al gusto del cliente, el pubis rasurado o al natural…

Extrañamente ninguna de ellas tenía por nombre Hortensia, pero bien podría haber sucedido. Menos probable sería que alguna de ellas se llamara Violeta, no porque no exista un modelo de una adolescente en traje escolar, sino porque la tecnología aún no ha hecho posible que las muñecas puedan sangrar.

Desde que supe de su existencia en el mercado, he platicado de las muñecas reales con varios amigos y amigas. En general, las mujeres dicen que son siniestras, que qué grado de soledad y perversión debe de tener el hombre que se anima a comprar una. “Es como hacer el amor con un cadáver. Necrofilia pura. Pura masturbación.” Los hombres admiten que son hermosas y que el hecho de que sean calladas, los seduce aún más. Como me confesó un amigo escritor que había leído mi novela y revisado después el catálogo: “Me encantaron tus muñecas, sobre todo porque no hablan. Saben guardar en secreto tus perversiones. Puedes hacer con ellas lo que quieras”. Y estoy segura que de tener siete mil dólares sobrantes no dudaría en encargar una muñeca a la medida de sus sueños. Sin embargo, no dejo de considerar que probablemente se aburriría muy pronto. Horacio, el protagonista de Las Hortensias, y Julián Mercader, el personaje de mis Violetas, le dirían: Una muñeca no basta: el deseo siempre quiere más. Yo creo que no les falta razón. Tal vez porque la fantasía exige no ser realizada para acrecentarse y jugar a ser plena.