La fosa de la abundancia

Cuando el destino o las metáforas nos alcanzan —y a la vez, no alcanzan: No el cuerno, sino la fosa de la abundancia. Nuestra triste abundancia…

Columna “A la sombra de los deseos en flor”, revista Domingo de El Universal, 26 octubre 2014: http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/La+fosa+de+la+abundancia-2960

 

La fosa de la abundancia

Ana Clavel

Del muro San Juana Martínez

Esta es una columna desolada. Una columna desvertebrada, desmembrada, desollada, lastimada. Puesta a parir labios y entrañas en el fondo de una fosa. Una columna eviscerada, descorazonada, desarticulada, descoyuntada. Herida.

Fosa común: “Lugar donde se entierran los muertos que, por cualquier razón, no pueden enterrarse en sepultura propia” (Diccionario de la Real Academia Española). No la muerte individual, la que nos revela nuestro rostro verdadero (“Cada cual contenía su muerte, como el fruto su semilla”: Rilke), sino la muerte cosificadora, la muerte masacre ninguneadora.

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Dijeron el horror y la demencia a la mexicana: Celebremos el próximo 2 de octubre con otro sacrificio en grande, Señor Matanza, Señora Saña.

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René Descartes en boca florida, o el racionalismo puesto de bruces por los torturadores:

“PIENSO LUEGO ME DESAPARECEN”

(pinta en Av. Reforma y Av. Juárez, Ciudad de México,

marcha de protesta #TodosSomosAyotzinapa, 8 octubre 2014)

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“He ido en varias ocasiones a Ayotzinapa para entrevistar a sus alumnos. A partir de mis largas conversaciones con varios de ellos, sé por qué existe esta saña en su contra: los alumnos son jóvenes de origen humilde y muy estudiosos, que en promedio leen dos o tres libros por semana, más allá de su material de clases, y que además están interesados por los problemas sociales y políticos de su entorno. Es decir, son estudiantes informados y críticos, que además suelen ser tan idealistas y consecuentes con lo que piensan que buscan hacer algo para cambiar las cosas. Sí, Ayotzinapa, es una escuela de luchadores sociales”. (Diego Enrique Osorno, Máspormás, 6 octubre 2014)

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“Y ahora, estudiantes normalistas (todavía no sabemos cuántos) han sido asesinados por la policía municipal, presumiblemente coludida con el crimen organizado. Aún no sabemos los nombres de quienes lo hicieron, lo que sí sabemos es que los estudiantes ya formaban parte de los grupos que son recurrentemente deshumanizados, es decir, convertidos en sujetos desechables.” (Yuri Herrera, Revista Hashtag, 4 octubre 2014)

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La barbarie tiene desde ayer un nuevo santuario en México. Una fosa clandestina situada en las afueras de Iguala, en el corazón del estado de Guerrero. Allí fueron asesinados al menos 17 de los 43 estudiantes de magisterio desaparecidos la noche del viernes 26 de septiembre tras su detención por la policía municipal. La matanza corrió a cargo de dos sicarios a quienes los agentes locales entregaron los estudiantes. La confesión de ambos asesinos, hecha pública anoche por la procuraduría, ha sacudido como un relámpago el país y sacado a la luz una verdad tenebrosa: el poder casi ilimitado y maligno que en algunas zonas ejerce el crimen organizado“. (Jan Martínez Ahrens, El País, 7 octubre 2014)

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“La sangre se confunde con el rojo de la camiseta que se acorta a la mitad del abdomen balaceado. La mano izquierda inerte al filo del ombligo. El cráneo ensangrentado ligeramente ladeado con las órbitas oculares ya sin ojos, la cara sin nariz y la dentadura pelada. Le quitaron la piel de la cara desde la orilla de su frente, al nacimiento del pelo: lo que dejaron fue el rostro de la muerte de uno más que dio la cara por nosotros todos…”. (Jorge F. Hernández, El País, 7 octubre 2014)

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Cuando el destino o las metáforas nos alcanzan —y a la vez, no alcanzan—: México es un corazón en formol como sugiere la brillante novela de Carla Faesler (Formol, Tusquets, 2014). También, como escribió en Twitter el escritor Antonio Ortuño el 5 de octubre pasado, “una fosa común con 120 millones de muertos”. Nuestra triste abundancia.