¿Nínfula o ninfeta?

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 8 de febrero de 2015.

¿Nínfula o ninfeta?

Ana Clavel

 David Hamilton, Age of Innocence, 1995

David Hamilton, Age of Innocence, 1995

Con Lolita, el escritor ruso Vladimir Nabokov inauguró en 1955 un mito y dio a conocer un singular espécimen. El mito: la enfant fatale. El espécimen: la “nínfula”. Sin embargo, lectores y seguidores del libro suelen toparse con la versión “ninfeta” para designar a la adolescente que irradia una “gracia letal” desde sus páginas, y que sume a su protagonista cuarentón en los abismos de la tentación y el deseo. Etimológicamente “ninfa” proviene del griego νύμφη: novia, la que porta un velo. El Diccionario de la Real Academia la define como “cada una de las fabulosas deidades de las aguas, bosques, selvas”. Otra acepción ahí consignada se refiere a los insectos de metamorfosis intermedia, estado juvenil de menor tamaño que el adulto, con incompleto desarrollo de las alas, que es, en lo referente a la edad temprana, la acepción más cercana al concepto empleado por Nabokov en su novela:

“Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana (o sea demoníaca); propongo llamar “nínfulas” a esas criaturas escogidas.”

Nabokov utiliza la palabra inglesa nymphet en el original de su libro, razón por la cual los estudiosos de habla hispana que han leído la obra en inglés, suelen usar el término “ninfeta” en vez de “nínfula”, que es como aparece en la traducción que circula en español desde 1959, realizada por Enrique Tejedor, pseudónimo del argentino Enrique Pezzoni.

En un artículo aparecido en la revista Letras Libres en 2001, Ernesto Hernández Busto consigna una lista de omisiones y distorsiones debidas a la censura de Tejedor sobre todo en materia sexual, que nos recuerdan la veracidad del famoso dicho: Traduttore, traditore (traductor, traidor). Pero, en lo referente a la decisión de cómo se nombró ahí a la pequeña ninfa, salvo por quienes se refieren a Lolita con el anglicismo “ninfeta”, trasladado del original, nadie parece reparar en el hallazgo de la palabra “nínfula”.

Cuando Nabokov decide usar la palabra nymphet para designar a esas pequeñas ninfas de naturaleza demoniaca, emplea un término consignado ya por The Century Dictionary y atribuido al poeta Michael Drayton en 1612, fecha en que publica su extenso poema Poly-Olbion, donde usa la palabra nymphets para referirse a ciertas deidades menores que juguetean en los bosques de Inglaterra.

David Hamilton, fotograma de Bilitis, 1977
David Hamilton, fotograma de Bilitis, 1977

La expresión “nínfula”, en cambio, parece ser una derivación creada por Enrique Tejedor, a partir de la palabra “ninfa” y el sufijo latino –ula: diminutivo femenino. Esta adaptación culta no violenta las reglas del castellano al hacerse eco de nuestra lengua latina madre, y goza, además, de aumentar el grado de sonoridad dulce por el uso de una consonante líquida como la “ele” –una suerte de ensoñación fonética que conocía Nabokov al decir en las líneas iniciales de su obra:

“Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”.

 Los lectores y críticos que conocen el original en inglés suelen sorprenderse de que el traductor al castellano no haya empleado la palabra “ninfeta” –no obstante la tonalidad despectiva que en español sugiere ese anglicismo–, pero lo cierto es que el uso de “nínfula” se ha extendido en la designación de las ninfitas nabokovianas y de todas aquellas otras lolitas que han surgido a partir de entonces. Y tal vez ha sido así por la dulzura de su fonética que la acerca a la esencia sutil, volátil de estos seres perturbadores, sugerida en la frase inicial de la novela: “Lolita, light of my life”. Una de esas ocasiones en que el traductor no es traidor.


“Josefinas”, las Lolitas del XIX

Antes de la aparición de Lolita de Nabokov en 1955, las nínfulas llegaron a ser conocidas como “Josefinas” en recuerdo de la novela erótica sobre la vida de Josephine Mutzenbacher, una conocida prostituta vienesa de la segunda parte del XIX que ejerció su oficio desde los 12 años.

Columna *A la sombra de los deseos en flor* , revista Domingo de El Universal.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/%C3%83%C2%A2%C3%A2%E2%80%9A%C2%AC%C3%85%E2%80%9CJosefinas%C3%83%C2%A2%C3%A2%E2%80%9A%C2%AC:%20las%20Lolitas%20del%20XIX-2883

 

“Josefinas”, las Lolitas del XIX

Ana Clavel

Alicia en el lado oscuro

En 1923 el escritor y periodista austríaco Felix Salten (1869-1945) dio a conocer el que sería su libro más célebre: Bambi, una vida en el bosque, cuyos derechos vendería a Disney por una modesta suma para dar origen a uno de los hitos de la cinematografía infantil. Algunos años antes, en 1906, había publicado bajo seudónimo una obra de estilo muy diferente: la biografía novelada de una conocida prostituta vienesa de la segunda mitad del XIX: Josephine Mutzenbacher (1852-1904), quien luego de retirarse del oficio hacia 1894, redacta unas memorias que confía a su médico de cabecera. El médico decide entregarlas a Salten para que las reescriba en un estilo más literario. Mutzenbacher no llegaría a ver publicadas sus Memorias pues aparecieron un par de años después de su muerte.

Así es como nos enteramos de las aventuras infantiles de Josephine, una tierna Lolita de escasos cinco años que es contemplada por un cerrajero que gusta de observar su pubis desnudo. A los siete juega a “papás y mamás” con unos vecinos apenas un poco mayores que ella, juego que después repite con sus hermanos. Su primera relación consumada la tiene a los nueve con un hombre de 50 años. La lista aumentaría con un soldado, un cervecero, un vicario, un camarero, un profesor de religión, su propio padre y un proxeneta, que conforman las aventuras sexuales de su niñez, antes de obtener su licencia como prostituta a los 12 años. (Hay que recordar que el comienzo “oficial” de la edad núbil en varios países de la Europa del XIX se definía por la llegada de la menstruación que posibilitaba una “adultez“ súbita).

El punto de vista narrativo de las Memorias de Josephine Mutzenbacher es el de la propia menor que cuenta con lujo de detalle las experiencias vividas. Al decir de Pablo Santiago, autor de Alicia en el lado oscuro. La pedofilia desde la antigua Grecia hasta la era Internet (Imagine 2004), antes de la aparición de Lolita de Nabokov en 1955, las nínfulas llegaron a ser conocidas como “Josefinas”, en recuerdo de la novela erótica de Salten que gozó de una fama clandestina pero muy extendida entre los lectores de la época.

En un ambiente represor como el victoriano, en el que las mujeres “decentes” eran mantenidas en un estado de inmadurez mental, social y sexual permanente, era frecuente que muchos hombres hicieran uso de la prostitución como una vía de escape. En particular, la prostitución infantil se incrementó porque, frente a las condiciones de poca higiene que propagaron la sífilis y gonorrea, llegó a ser creencia popular que las vírgenes no sólo no podían contagiar las enfermedades venéreas, sino que incluso las curaban. Por otra parte, en círculos más selectos, la afición de algunos hombres por tener relaciones sexuales con pequeñas vírgenes era vista como una excentricidad, no una perversión malsana. Así, Oscar Wilde refiere el caso del ilustrador Audrey Beardsley en los siguientes términos: “A él le encantaban las primeras ediciones, especialmente las de mujeres: las niñas eran su pasión…”.

A la par del abuso y explotación sexual, la época vio surgir un culto a la infancia sin precedentes. En Los hijos de Cibeles. Cultura y sexualidad en la literatura de fin de siglo XIX, José Ricardo Chaves traza un mapa literario de la polarización de las representaciones femeninas. De la devoradora femme fatale a la idealizada femme fragile, cierta  mirada masculina atormentada por la angustia encuentra en la niñez uno de los pocos reductos de pureza. Se va abriendo así el cauce para las Josefinas, las Alicias como objeto de veneración y deseo, el mito de la enfant fatale que resplandecería de manera definitiva e inquietante en la Lolita nabokoviana.


Versiones masculinas de Lolita

Columna “A la sombra de los deseos en flor”, revista Domingo de El Universal, 8 noviembre 2014:

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Versiones+masculinas+de+lolita-3019

 

Versiones masculinas de Lolita

Ana Clavel

Así como Nabokov usa el término “nínfula” para las vírgenes fatales, también emplea la palabra “fáunulo” para su contraparte masculina: los niños tentadores. Si convenimos en que Alicia es la hermana menor de Lolita, Peter Pan lo sería del fáunulo. Como si los hados literarios se confabularan para trazar las genealogías pertinentes, el apellido de Peter alude directamente a la mitología y al dios Pan, deidad de los pastores, rebaños, la fertilidad y la sexualidad masculina desenfrenada. Historia del niño que se niega a crecer y que resguarda los poderes mágicos de la infancia, Peter Pan representa esa forma acabada del ideal de pureza perseguido por el arte victoriano. Su creador, James Mathew Barrie llegó a afirmar que “nada pasa después de los doce años que importe mucho”. En el comienzo de Peter and Wendy (1911), título original del libro impreso, llega incluso a señalar:

Todos los niños crecen, excepto uno. No tardan en saber que van a crecer y Wendy lo supo de la siguiente manera. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín, arrancó una flor más y corrió hasta su madre con ella. Supongo que debía de estar encantadora, ya que la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó:

—¡Oh, por qué no podrás quedarte así para siempre!

No hablaron más del asunto, pero desde entonces Wendy supo que tenía que crecer. Siempre se sabe eso a partir de los dos años. Los dos años marcan el principio del fin.

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En la vida del propio autor se presentaron una serie de sucesos que lo marcarían para entronizar la infancia como un estado indeleble. Cuando Barrie cumplió seis años, murió su hermano mayor, David, de entonces 14 años. David era el favorito de su madre por lo que ella se sumió en una profunda depresión. El pequeño Barrie intentó reconfortarla vistiéndose con las ropas del hermano muerto y haciéndose pasar por él. Se ha llegado a pensar que esta situación traumática estuvo detrás de su tendencia al enanismo pues Barrie, como su personaje Peter Pan, apenas superó el metro y medio de estatura ya de adulto.

Pero si de “gracia letal” semejante a la de Lolita hablamos, no hay mejor contraparte que el adolescente de 13 años de La muerte en Venecia (1912) de Thomas Mann: Tadzio. Veamos cómo lo describe Mann, cuando Gustav Aschenbach, el protagonista de la historia, lo descubre en la playa:

La visión de aquella figura viviente, tan delicada y tan varonil al mismo tiempo, con sus rizos húmedos y hermosos como los de un dios mancebo que, saliendo de lo profundo del cielo y del mar, escapaba al poder de la corriente, le producía evocaciones místicas, era como una estrofa de un poema primitivo que hablara de los tiempos originarios, del comienzo de la forma y del nacimiento de los dioses.

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Los sentimientos que desata el muchacho en el protagonista empiezan por emerger desde un lado celeste y apolíneo, para muy pronto descubrir que la contemplación de la belleza juvenil también tiene un lado mórbido y carnal. Y avasallado por la inocencia del joven, el hombre maduro se rinde a “la secreta concupiscencia del deseo”.

Se sabe que Tadzio tuvo su origen en un personaje real que Thomas Mann conoció en 1911 en Venecia, cuando se hospedó en el Grand Hôtel des Bains de Lido, el mismo lugar donde se albergaría Ascenbach en la novela. Su nombre: el barón polaco Wladyslaw Moes (1900-1986), también conocido en su círculo familiar como Adzio. El propio barón, quien tenía diez años cuando visitó Venecia en la ocasión en que lo conocería el autor alemán, no se percató de la situación hasta ver la película homónima de Visconti (1971). Entonces descubrió la pasión que había desatado sin saberlo, inconsciente como Lolita, de su fantástico poder.

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Cuando Lolita se chupaba el dedo

A propósito de la idealizada o estigmatizada enfant fatale,

la reciente columna sobre el papel del cine en la conformación del mito de Lolita, publicada en la revista Domingo de El Universal:

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Cuando+Lolita+se+chupaba+el+dedo-2630

 

Cuando Lolita se chupaba el dedo

Ana Clavel

 

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Si la infancia había sido plasmada en el siglo XIX con una brumosa capa de idealización como nos recuerda Alicia en el País de las Maravillas y mucha de la pintura inglesa de la época, en el siglo XX las cosas cambiaron radicalmente. La imagen de la niña y la adolescente se vio tan alterada que el mismo creador de Lolita, la novela que fundaría el mito de la nínfula en 1955, se preguntaría después cómo había podido suceder tal “degradación”, una imagen estereotipada de la niña-mujer erotizada y casi siempre perversa: la enfant fatale.

Dice María Silvestre Marco en su estupendo ensayo La imagen de la preadolescente y su representación en el arte (Universidad Politécnica de Valencia 2007), que se necesitaría del cine con su capacidad de definir iconografías masivas para que la joven heroína rompiese sus lazos con el ideal romántico de pureza virginal y se convirtiese en “amada y diablillo” de su seductor. Esta ambigüedad comenzaría a insinuarse lo mismo en la filmografía de Walt Disney que presentaba a una tierna Blancanieves como una Eva romantizada al morder la simbólica manzana, que en El solterón y la menor (1947) de Irving Reis, comedia de enredos en la que un Cary Grant cuarentón debe tolerar los escarceos de una Shirley Temple adolescente que se enamora de él. Los papeles están tan demarcados moral y socialmente, que aunque la Temple de 16 años aparece tentadora en sus ansias de aparentar ser una mujer experimentada, Grant la mira como a una niña traviesa, a quien hay que tolerarle las bobadas. La cinta no se decide a presentarla del todo como una vampiresa en pequeño porque no da lugar al deseo que el hombre mayor podría sentir por ella.

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Una versión que sin duda influyó en la primera Lolita llevada al cine por Kubrick en 1962, fue la película Baby Doll de Elia Kazan, realizada en 1956. Basada en la obra teatral de Tennessee Williams, con guión del propio Williams, Baby Doll fue estelarizada por una joven de entonces 25 años: Carroll Baker que, al aparentar la inocencia de una joven menor, se convertiría en una de las estrellas eróticas de su momento. El personaje que lleva por sobrenombre “Baby Doll” es una joven de Mississippi, casada con un hombre que ha jurado respetarla hasta que sea mayor de edad. Para consolarse mientras eso sucede, el marido se entrega a los placeres del voyeur: contemplar, a través de un agujero en la pared, a Baby Doll mientras duerme en una cama- cuna, vestida apenas con un camisón corto —prenda de noche que llegaría a popularizarse con el título de la película y que escasamente cubre el sugerente cuerpo de la muchacha—. Muy pronto, de comportarse como una niña caprichosa que incluso se chupa el dedo, pasa a ser la vampiresa que despierta a su propio deseo sexual y sume en la desesperación y la ruina al marido.

El esquema de mitificación del eros adolescente pareciera ser: panorámica de la muchacha que por su encanto atrae la atención de los hombres, close-up a sus travesuras y chiquilladas, long- shot a sus juegos de perversidad mediante los que manipula a sus adoradores. Siempre hay un quiebre en ese discurso: de la inocencia a la malignidad, como si al descubrir el resplandor de un ser de naturaleza nínfica, un ser “ignorante de su fantástico poder”, como la describe Nabokov, la mirada deseante la transformara en un sujeto calculador y depravado, muy acorde con la óptica tradicional para juzgar la sexualidad amenazante de las mujeres. Por fortuna cada vez hay más excepciones a ese esquema. Dos casos recientes: Las vírgenes suicidas(2000) y Tideland (2006), obras que bucean en el mar de recovecos e intensidades de la nínfula, en su mundo interior, y buscan revelarla en vez de sólo adorarla o condenarla.

Leer columna original: http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Cuando+Lolita+se+chupaba+el+dedo-2630

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Territorio Lolita en Confabulario

 http://confabulario.eluniversal.com.mx/territorio_lolita/

Nabokov con unas estudiantes de ruso en el College Wellesley, 1944 II

Es imposible saber si fue un feliz accidente o un objetivo deliberado,
pero es claro que en algún momento en el pasado remoto alguien creó la representación
de un objeto del deseo erótico, probablemente un cuerpo o una parte del mismo,
y al contemplarlo descubrió que tenía un poder insólito.

Naief Yehya: Pornografía

 

Todo objeto de deseo se vuelve en la imaginación, en la fantasía, fetiche. Fetiche, del latín facticius: artificial, y facere: hacer. Aparente contradicción: no es el objeto pero es igual —o incluso más—. Sinécdoques del deseo. La parte por el todo, o el todo por la parte. ¿No es acaso la esencia de Lolita o del deseo mismo? ¿Ser encarnaciones o sucedáneos del objeto amoroso perdido, de ese inefable placer que nunca se ha de volver a recuperar? El mito de la hija de Butades que explica el origen de la pintura, según Plinio, como un acto amoroso por preservar la huella del amado que partía, pero también el origen y la esencia del deseo, según nosotros.

 

Un latido en el tiempo y el supuesto plagio

En 1953 cuando Vladimir Nabokov pone punto final a Lolita, tenía 54 años, llevaba trece de haber emigrado a los Estados Unidos, colaboraba como voluntario en el departamento de Lepidopterología del Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard y era también profesor de literatura rusa y europea en la Universidad de Cornell, Ithaca. La novela aparecerá publicada dos años después en París por la editorial Olympia Press, célebre por poner en circulación obras controversiales, pues ninguna editorial norteamericana quiso publicarla. Comenta Juan Villoro en “La piedad del asesino” (Letras Libres, mayo 1999):

En 1948 empezó a escribir Lolita. Algunos meses más tarde dudó de su material; tal vez inspirado por Gogol y su incertidumbre ante Las almas muertas, quiso quemar el manuscrito. Siempre atenta a sus textos, Vera impidió el auto de fe. En 1953 puso punto final a la historia de amor de una ninfa de doce años con un hombre de 42, pero no hubo forma de publicarla en Estados Unidos. La primera intención de Nabokov fue firmar con un seudónimo, sin embargo el editor Roger Strauss lo convenció de usar su nombre: si la novela era llevada a juicio, el nom de plume sería visto como un reconocimiento tácito de su indecencia; en cambio, ampararla con un apellido de profesor universitario ayudaría a demostrar que el autor buscaba superar con recursos artísticos un tema repugnante. Nabokov siguió el consejo. En 1955 Lolita apareció bajo su nombre en París, en la editorial Olympia, que había publicado a Miller, Genet, Durrell y toneladas de basura porno.

Conocida es la historia de la génesis de la novela. Según el propio Nabokov en el epílogo del libro, la idea surgió a partir de fines de 1939 o principios de 1940, cuando leyó una nota periodística en París acerca de un chimpancé que, cautivo en una jaula en el Jardin des Plantes, dibujó los barrotes de su jaula. El especialista en la obra de Nabokov, Michael Juliar, señala que por esos años se publicó en la revista Life un artículo sobre un mono llamado Cookie que, adiestrado por un científico, tomó varias fotografías desde su jaula, y que Nabokov en el recuerdo pudo haber tergiversado como dibujos hechos con carboncillo. Sea cual fuere, como señala Alberto Chimal, de ahí surge la imagen “del prisionero que mira desde el interior de la jaula” que inspiró el punto de vista de Humbert Humbert, quien cuenta su historia preso y en espera de sentencia. Pero, más que una circunstancia jurídica, se trata de una imagen que es metáfora del delirio, la pasión en la que se halla prisionero el protagonista, poseído por su deseo pederasta.

Jaula vista por un chimpancé llamado “Cookie”

La idea resultó tan poderosa –Nabokov habla de un “latido” que vibró  en él a lo largo del tiempo– que llevó al autor a un primer intento en el que ya se encuentra presente el triángulo de Lolita con algunas variantes: El hechicero.[1] La historia se desarrollaba en París y Florencia. Arthur, un hombre mayor de Europa central, se casa también con la madre enferma de una prepúber de quien está  enamorado; al morir la madre, viaja con su hijastra a un hotel en el que intenta tocarla dormida. La chica se despierta y al reaccionar con sorpresa y horror, el protagonista sale despavorido y es atropellado por un camión.

La ninfulomanía estará presente en toda la obra del escritor ruso, aunque corresponda a Lolita ser la obra que especialmente desarrolla a profundidad el tema.[2] Polémico pero a la vez censurado por la estrechez de criterios en torno a la palabra “plagio”, es el asunto del antecedente de Lolita en el cuento homónimo de 1916, de escasas diez páginas, escrito por Heinz von Lichberg, pseudónimo del alemán Heinz von Eschwege (1890-1951), dado a conocer por Michael Maar en marzo de 2004 en la revista Frankfurter Allgemeine Zeitung.[3] Hay que recordar que Nabokov, después de graduarse en Cambridge, se trasladó a Berlín en 1922. Ahí permaneció hasta 1937 cuando emigró a los Estados Unidos. Así pues, es posible que Nabokov leyera la colección de cuentos de Lichberg, Die verfluchte Gioconda (La Gioconda maldita), y que incluso, la olvidara como efecto de una peculiar criptomnesia.[4]

Pero si se lee el relato en cuestión, una historia fantasmal de corte gótico, uno se pregunta cómo pudo Nabokov, de ser cierto que leyó el cuento de von Lichberg, transformar a esa apenas esbozada joven española de Alicante, llamada también Lolita, sobre quien pesa una maldición ancestral, en la dorada nínfula de su novela. ¿Qué magia habría podido surtir efecto en él a partir de esta escueta –y única-– descripción que el autor alemán hace de su Lolita?

Ella era terriblemente joven para nuestros estándares del norte, con ojos sureños velados y cabellera de un inusual rojo-dorado. Su cuerpo era delgado y flexible como el de un muchacho y su voz plena y grave. Pero había algo más en su belleza que me atraía: el extraño misterio que la rodeaba y me perturbaba a menudo en aquellas noches de luna llena.

Porque esa tierna Lolita, de quien se enamora el estudiante alemán que viaja a  España para seguir sus estudios, es heredera de una profecía que ha ultimado a todas las mujeres de su familia por generaciones, desde un lejano antecedente, una mujer diabólica por quien los hombres se pelean y se matan, es a todas luces un personaje más en la trama de un relato fantástico donde lo insólito se da la mano con lo siniestro, muy en el estilo de las historias de este corte. Nada que ver con la creación nabokoviana. A no ser que aquella lejana Lolita, fiel a la legendaria naturaleza maléfica heredada por las mujeres de su familia, hubiera embrujado al autor ruso despertando vagamente en él la promesa de un ser no humano, nínfico, demoniaco… Y que por efecto de la mencionada criptomnesia, Nabokov hubiera encapsulado en algún lugar de su psique para, muchos años después, dar a luz a la letal y perturbadora nínfula de su novela.

 

 

La Lolita de Heinz von Lichberg

 ¿Ninfeta o nínfula?

Etimológicamente “ninfa” proviene del latín nympha y ésta del griego νύμφη: novia, la que porta un velo. De las seis acepciones que consigna el Diccionario de la Real Academia, la primera es por supuesto la mitológica (“Cada una de las fabulosas deidades de las aguas, bosques, selvas, etc., llamadas con varios nombres, como dríada, nereida, etc.”). La segunda y la tercera tienen un uso coloquial: “joven hermosa” y “cortesana (mujer de costumbres libres)”. Otra definición no deja de ser sorprendente: “pl. Labios pequeños de la vulva”. La cuarta definición, del ámbito de la zoología, se refiere a “los insectos con metamorfosis sencilla, estado juvenil de menor tamaño que el adulto, con incompleto desarrollo de las alas”,[5] curiosamente, en lo referente a la edad temprana, una acepción más cercana al concepto de “ninfeta” nabokoviano:

Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana (o sea demoníaca); propongo llamar “nínfulas” a esas criaturas escogidas.
     Se advertirá que reemplazo términos espaciales por temporales. En realidad, querría que el lector considerara los “nueve” y los “catorce” como los límites –playas espejeantes, rocas rosadas– de una isla encantada, habitada por esas nínfulas mías y rodeada por un mar vasto y brumoso.[6]

Nabokov usa la palabra inglesa nymphet en el original de su novela,[7] razón por la cual los estudiosos de habla hispana que han leído la obra en su idioma original, suelen usar el término “ninfeta[8] en vez de “nínfula” que es como aparece en la traducción que circula en español desde 1959, editada por la editorial Sur[9] y después reproducida por Grijalbo y Anagrama, realizada por Enrique Tejedor, pseudónimo del argentino Enrique Pezzoni.

En una estupenda nota, “Lolita censurada” (Letras Libres, diciembre 2001), Ernesto Hernández Busto consigna una muestra de omisiones y distorsiones debidas a la censura de Tejedor sobre todo en materia de sexo, frases sugestivas y otras no tanto con que Humbert Humbert, el narrador y protagonista de la novela, se refiere a su amada y a sus hermosas partes, los sentimientos y reacciones de excitación que le provoca, las situaciones ambiguas en las que se ve inmerso por su pasión exaltada, entre otras.

Pero, en lo referente a la decisión de cómo se nombró en español a la pequeña ninfa, salvo por quienes rechazan el término usado por el traductor y que se refieren a Lolita con el anglicismo “ninfeta” trasladado del original, nadie parece reparar en el hallazgo de la palabra “nínfula”.

Vayamos por partes. Cuando Nabokov decide usar la palabra nymphet para designar a esos seres de “gracia letal”, esas pequeñas ninfas de naturaleza daimonica, emplea un término consignado ya por The Century Dictionary  y atribuido al poeta Michael Drayton en 1612, fecha en que publica su extenso poema Poly-Olbion, en el que escribe: “Of the nymphets sporting there In Wyrrall, and in Delamere”. La expresión “nínfula”, en cambio, parece ser una derivación creada por Enrique Tejedor, a partir de la palabra “ninfa” y el sufijo latino –ula, diminutivo femenino. Esta adaptación que no violenta las reglas de castellanización, goza, a mi juicio, de aumentar el grado de sonoridad dulce de una consonante líquida como la “l” que, muy bien conocía Nabokov al decir en las líneas iniciales de su obra: “Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”. Así pues, aunque a algunos de los lectores y críticos que frecuentan el original en inglés les disguste que el traductor no haya empleado la palabra “ninfeta” –no obstante la tonalidad despectiva que en español sugiere ese anglicismo–, lo cierto es que el uso de “nínfula” se ha extendido en la designación de las ninfitas nabokovianas –quiero creer– por sus resabios de la lengua madre y por la dulzura de su fonética que la acerca a la esencia sutil, palatal, volátil de Lo-li-ta, “light of my life”. Una de esas ocasiones en que el traductor no es traidor.

 

Lecciones de entomología aplicada

I

Increíbles azares o extrañas coincidencias se dieron en la vida de Nabokov. Tal vez es así en cualquier existencia pero sólo salta a la vista cuando el sujeto es puesto bajo una lupa porque la fama lo ha convertido en una mariposa de tornasolados dibujos que el asombro o el morbo buscan descifrar. Una ironía sin duda que el propio autor se vuelva objeto de estudio microscópico cuando él mismo fue un especialista en lepidópteros, ese orden de insectos que incluye a las mariposas y polillas.

 

Ex libris de Vladimir Nabokov

Según relata en el capítulo 9 de Habla, memoria (1967), el “morbus et passio aureliani” le fue heredado por su padre Vladimir Dimietrich Nabokov. “Aureliano” es un término arcaico para designar a los especialistas en el estudio de las mariposas, proveniente del griego aurelia que quiere decir crisálida por cuanto justo antes de resurgir convertida en mariposa, la antigua ninfa tiene un esplendor áureo (latín aurum: oro). Aurelianos fueron su padre y Nabokov desde niño al punto que cuando encarcelan en 1908 a Vladimir padre unos meses por publicar con un grupo de amigos un manifiesto revolucionario que atacaba al zar, desde la prisión le pregunta a la madre de su hijo: “¿Ha cazado V. alguna Egeria [mariposa de los muros] este verano? … Dile que en el patio de la prisión sólo veo limoneras y blancas de la col”.

Así pues la pasión aureliana era una dádiva que el padre le había conferido al hijo, pero ¿hasta dónde esa pasión era también enfermiza como para que el propio Nabokov la llamara morbus et passio en sus memorias? De cualquier forma, revelación y recuerdo, islas de dorado fulgor, paraíso resplandeciente, parecen estar intrincadamente unidos en el taller del artista Nabokov cuando nos dice:

Parece que durante toda mi vida y con el mayor celo he estado realizando el acto de recordar vivamente algún fragmento del pasado, y tengo motivos para creer que esta casi patológica agudización de la facultad retrospectiva es un rasgo hereditario. Había cierto rincón del bosque, un puentecillo que cruzaba un pardo riachuelo, en donde mi padre hacía una piadosa pausa para recordar la rara mariposa que, el 17 de agosto de 1883, cazó para él su preceptor alemán. La escena ocurrida treinta años atrás era revivida una y otra vez de punta a cabo. Él y sus hermanos se habían detenido bruscamente, desvalidos y excitados ante la aparición del codiciado insecto, que se había posado sobre un tronco muerto y hacía subir y bajar, como si respirase en estado de alerta, sus cuatro alas rojo cereza con una mancha ocular pavoniana en cada una de ellas. En tenso silencio, sin atreverse a proyectar él mismo su cazamariposas, se lo dio a Herr Rogge, que tanteaba el aire para cogerlo mientras su mirada permanecía fija en la espléndida mariposa. Mi vitrina heredó ese espécimen al cabo de un cuarto de siglo. Un detalle conmovedor: las alas se le habían “encogido” por culpa de que la sacaron de la tabla de secado antes de hora.

Las mariposas y la literatura fueron sin duda las grandes pasiones de su vida. Poco después de emigrar a los Estados Unidos en 1940, Nabokov se ofreció como voluntario en el Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, donde realizó investigaciones y publicó su primer trabajo dedicado a las mariposas Cartherocephalus canopunctatus, una especie que antes de él no era considerada única y diferente. En 1951, cuando escribía Lolita y daba clases en la Universidad de Cornell, Ithaca, hizo un viaje a Colorado, a las Montañas Rocallosas, y ahí, a más de 12 mil pies de altura, capturó a la primera hembra Lycaeides argurognomn sublivens,[10] después llamada Lycaeides sublivens Nabokov en su honor. Fue en ese viaje también donde tomó notas de la panorámica de un pueblo aledaño, Telluride, que eventualmente formarían parte de las líneas finales de Lolita. Esas líneas sublimes donde, al admirar el “abismo amistoso” del valle que se extiende a sus pies, del cual le llega un bullicio de la vida, de mujeres que esperan a hombres, de niños que juegan entre risas y pelotazos, echa de menos a Lolita, desaparecida por la influencia de Quilty, el fauno depravado que le arrebata a su amor.

A medida que me acercaba al abismo amistoso, adquiría conciencia de una melodiosa unidad de sonidos que subía, como vapor, de una pequeña ciudad minera tendida a mis pies, en un pliegue del valle. Se divisaba la geometría de las calles, entre manzanas de tejados grises y rojos, y los verdes penachos de los árboles, y un arroyo sinuoso y el rico centelleo mineral del vertedero de la ciudad, y más allá de ella, caminos que se entrecruzaban sobre la absurda manta formada por campos pálidos y oscuros, y más allá de todo eso, grandes montañas arboladas … Me quedé escuchando esa vibración musical desde mi suave pendiente, esos estallidos de gritos aislados, con una especie de tímido murmullo como fondo. Y entonces supe que lo más punzante no era la ausencia de Lolita a mi lado, sino la ausencia de su voz en ese concierto.

Telluride, en cuyas cercanías descubre y se hace de varios ejemplares de la Sublivens que después llevaría su nombre, es un pueblo asentado en la base de un cañón de las Montañas de San Miguel, a más de 9 mil pies de altura. En su reporte entomológico, Nabokov lo describe ambiguamente: habla de él como de un lugar decepcionante, un inusual callejón espectacular –en el que un prodigioso arco iris se erigía por las tardes–, adonde convergían dos caminos, “uno procedente de Placerville, el otro de Dolores, ambos atroces”. Si se busca Dolores, Colorado, en un atlas de Norteamérica, se descubrirá que también es un pueblo antiguo del condado de Montezuma, asentado en el valle de Dolores, cruzado por un río llamado también Dolores y con un pico de montaña del mismo nombre. Nabokov, que llevaba al menos diez años trabajando en Lolita, debió de haber sonreído ante tan caprichosa coincidencia. Pues para entonces él ya había realizado la taxonomía completa de la mariposa Lolita, aunque sólo le faltara dar los toques finales a su estudio.[11]

Río Dolores, afluente del Colorado

 

II

Pero las coincidencias y los azares no terminan ahí, por lo menos en lo que respecta a la figura del padre. Según cuenta Nabokov en el capítulo 9 de Habla, memoria, su padre fue autor de una colección de artículos sobre derecho penal, publicada en San Petersburgo hacia 1904. Resulta sorprendente, por no decir cuestión del destino al menos literario, que en un artículo de esa colección, se escriba sobre algunos casos de niñas que fueron objeto de abuso sexual.

En uno de ellos (“Delitos carnales”, escrito en 1902) mi padre se refiere, de forma bastante profética en cierto extraño sentido, a algunos casos (ocurridos en Londres), “de muchachitas à l’age le plus tendre, es decir de ocho a doce años, que fueron víctimas de algunos libertinos”. En el mismo artículo muestra una actitud muy liberal y “moderna” ante varios tipos de prácticas anormales, lo cual le permite de paso acuñar una palabra rusa muy adecuada para “homosexual”: ravnopolïy.

Por supuesto Nabokov usa la discreta frase “de forma bastante profética en cierto extraño sentido” para referirse a la obvia coincidencia con la temática de Lolita, pues cuando leyó al fin el libro de su padre, él ya había publicado su novela al menos seis años antes. El libro le había sido obsequiado, según relata en sus memorias, por “un amable viajero, Andrew Field, que lo compró en una librería de segunda mano durante su visita a Rusia en 1961”.  Tal vez otro hubiera sido el destino si su padre no hubiera sido asesinado en 1922 en Berlín, ciudad en la que la familia Nabokov buscó refugio tras los disturbios de la revolución bolchevique.  Las posibilidades de la vida hubieran sido otras como lo confiesa el propio autor en una entrevista de 1967 publicada en The Paris Review:

Los placeres y recompensas de la inspiración literaria no son nada al lado del embeleso de descubrir un nuevo órgano bajo el microscopio o una especie desconocida en una montaña de Irán o Perú. No es improbable que de no haber existido una revolución en Rusia, yo me habría dedicado por entero a la lepidopterología y nunca habría escrito ninguna novela en absoluto.

 


[1] El hechicero es una novela corta que Nabokov escribió en la segunda mitad de los años treinta y que se publicó después de su muerte. Según el propio Nabokov, fue originalmente escrita en ruso, tal y como lo menciona en el epílogo “Sobre un libro llamado Lolita”, pero ahí afirma que destruyó el original en 1942 pues el libro no lo convencía.

[2] Para una revisión exhaustiva de personajes con tintes de nínfula en la obra de Nabokov, consúltese el ensayo de R.H. Durán, “Ninfas y otras lascivias, especies de dorada pubescencia” en Revista Colombiana de Psicología, Universidad Nacional de Colombia, núm. 4, 1995.

[3] Un estudio dedicado al tema por el propio Maar se publicó con el título D’une “Lolita” l’autre: Heinz von Lichberg et Vladimir Nabokov, Librairie Droz, 2006.

[4] “New Lolita Scandal! Did Nabokov Suffer from Cryptomnesia?” en The New York Observer, 4 de abril de 2004.

[5] En el Diccionario del uso del español de María Moliner se acentúa más el estado larvario de la definición zoológica: “Forma joven de un *insecto de metamorfosis incompleta, que se caracteriza por su semejanza con el adulto en el que se transformará y del que sólo se diferencia por ser más pequeño, carecer de alas y ser sexualmente inmaduro”.

[6] La edición de referencia es V. Nabokov, Lolita, Anagrama, Compactos, 9a. ed., 1999, p. 23.

[7] La referencia original en inglés dice: Now I wish to introduce the following idea. Between the age limits of nine and fourteen there occur maidens who, to certain bewitched travelers, twice or many times older than they, reveal their true nature which is not human, but nymphic (that is, demoniac); and these chosen creatures I propose to designate as “nymphets” [Alfred Appel, ed. The Annotated Lolita. Random House, 1991].

[8] Entre nosotros, los escritores mexicanos Juan García Ponce y Parménides García Saldaña.

[9] Sobre la prohibición y polémica desatada en Argentina por la publicación de Lolita en la editorial Sur, véase el interesante artículo de Guillermo Mayr, “El caso Lolita. Lo que pasó en Argentina”, en su blog “El jinete insomne”, del 23 de julio de 2010.

[10] Es posible leer la descripción de tal aventura entomólogica reportada por el propio autor como “The Female Lycaeides argurognomn sublivens” en Lepidopterist’s News, 1952, pp. 35-36. http://images.peabody.yale.edu/lepsoc/jls/1950s/1952/1952-6%281-3%2935-Nabokov.pdf.

[11] Dice el escritor R. H. Moreno Durán en “Ninfas y otras lascivias, especies de dorada pubescencia”, Revista Colombiana de Psicología: “Como si se tratara de elaborar una nomenclatura del más clásico rigor entomológico, Vladimir Nabokov determina en su escritura géneros, fija variedades, clasifica filiaciones, vivisecciona especies y analiza la estructura y hábitos de unos bichos que no son otros que ciertas deliciosas muchachas en pleno tránsito hacia la pubertad. No es por ello casual que la primera hembra conocida de la variedad Lycaeides sublivens Nabokov caiga en la red del escritor –transmutado en lepidopterólogo– en un punto indeterminado de la compleja geografía por la que, de la caricia al retozo, deambulan Lolita Haze y el “villano” Humbert Humbert, en la más célebre novela del autor ruso”.