¿Nínfula o ninfeta?

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 8 de febrero de 2015.

¿Nínfula o ninfeta?

Ana Clavel

 David Hamilton, Age of Innocence, 1995

David Hamilton, Age of Innocence, 1995

Con Lolita, el escritor ruso Vladimir Nabokov inauguró en 1955 un mito y dio a conocer un singular espécimen. El mito: la enfant fatale. El espécimen: la “nínfula”. Sin embargo, lectores y seguidores del libro suelen toparse con la versión “ninfeta” para designar a la adolescente que irradia una “gracia letal” desde sus páginas, y que sume a su protagonista cuarentón en los abismos de la tentación y el deseo. Etimológicamente “ninfa” proviene del griego νύμφη: novia, la que porta un velo. El Diccionario de la Real Academia la define como “cada una de las fabulosas deidades de las aguas, bosques, selvas”. Otra acepción ahí consignada se refiere a los insectos de metamorfosis intermedia, estado juvenil de menor tamaño que el adulto, con incompleto desarrollo de las alas, que es, en lo referente a la edad temprana, la acepción más cercana al concepto empleado por Nabokov en su novela:

“Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana (o sea demoníaca); propongo llamar “nínfulas” a esas criaturas escogidas.”

Nabokov utiliza la palabra inglesa nymphet en el original de su libro, razón por la cual los estudiosos de habla hispana que han leído la obra en inglés, suelen usar el término “ninfeta” en vez de “nínfula”, que es como aparece en la traducción que circula en español desde 1959, realizada por Enrique Tejedor, pseudónimo del argentino Enrique Pezzoni.

En un artículo aparecido en la revista Letras Libres en 2001, Ernesto Hernández Busto consigna una lista de omisiones y distorsiones debidas a la censura de Tejedor sobre todo en materia sexual, que nos recuerdan la veracidad del famoso dicho: Traduttore, traditore (traductor, traidor). Pero, en lo referente a la decisión de cómo se nombró ahí a la pequeña ninfa, salvo por quienes se refieren a Lolita con el anglicismo “ninfeta”, trasladado del original, nadie parece reparar en el hallazgo de la palabra “nínfula”.

Cuando Nabokov decide usar la palabra nymphet para designar a esas pequeñas ninfas de naturaleza demoniaca, emplea un término consignado ya por The Century Dictionary y atribuido al poeta Michael Drayton en 1612, fecha en que publica su extenso poema Poly-Olbion, donde usa la palabra nymphets para referirse a ciertas deidades menores que juguetean en los bosques de Inglaterra.

David Hamilton, fotograma de Bilitis, 1977
David Hamilton, fotograma de Bilitis, 1977

La expresión “nínfula”, en cambio, parece ser una derivación creada por Enrique Tejedor, a partir de la palabra “ninfa” y el sufijo latino –ula: diminutivo femenino. Esta adaptación culta no violenta las reglas del castellano al hacerse eco de nuestra lengua latina madre, y goza, además, de aumentar el grado de sonoridad dulce por el uso de una consonante líquida como la “ele” –una suerte de ensoñación fonética que conocía Nabokov al decir en las líneas iniciales de su obra:

“Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”.

 Los lectores y críticos que conocen el original en inglés suelen sorprenderse de que el traductor al castellano no haya empleado la palabra “ninfeta” –no obstante la tonalidad despectiva que en español sugiere ese anglicismo–, pero lo cierto es que el uso de “nínfula” se ha extendido en la designación de las ninfitas nabokovianas y de todas aquellas otras lolitas que han surgido a partir de entonces. Y tal vez ha sido así por la dulzura de su fonética que la acerca a la esencia sutil, volátil de estos seres perturbadores, sugerida en la frase inicial de la novela: “Lolita, light of my life”. Una de esas ocasiones en que el traductor no es traidor.


“Josefinas”, las Lolitas del XIX

Antes de la aparición de Lolita de Nabokov en 1955, las nínfulas llegaron a ser conocidas como “Josefinas” en recuerdo de la novela erótica sobre la vida de Josephine Mutzenbacher, una conocida prostituta vienesa de la segunda parte del XIX que ejerció su oficio desde los 12 años.

Columna *A la sombra de los deseos en flor* , revista Domingo de El Universal.

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“Josefinas”, las Lolitas del XIX

Ana Clavel

Alicia en el lado oscuro

En 1923 el escritor y periodista austríaco Felix Salten (1869-1945) dio a conocer el que sería su libro más célebre: Bambi, una vida en el bosque, cuyos derechos vendería a Disney por una modesta suma para dar origen a uno de los hitos de la cinematografía infantil. Algunos años antes, en 1906, había publicado bajo seudónimo una obra de estilo muy diferente: la biografía novelada de una conocida prostituta vienesa de la segunda mitad del XIX: Josephine Mutzenbacher (1852-1904), quien luego de retirarse del oficio hacia 1894, redacta unas memorias que confía a su médico de cabecera. El médico decide entregarlas a Salten para que las reescriba en un estilo más literario. Mutzenbacher no llegaría a ver publicadas sus Memorias pues aparecieron un par de años después de su muerte.

Así es como nos enteramos de las aventuras infantiles de Josephine, una tierna Lolita de escasos cinco años que es contemplada por un cerrajero que gusta de observar su pubis desnudo. A los siete juega a “papás y mamás” con unos vecinos apenas un poco mayores que ella, juego que después repite con sus hermanos. Su primera relación consumada la tiene a los nueve con un hombre de 50 años. La lista aumentaría con un soldado, un cervecero, un vicario, un camarero, un profesor de religión, su propio padre y un proxeneta, que conforman las aventuras sexuales de su niñez, antes de obtener su licencia como prostituta a los 12 años. (Hay que recordar que el comienzo “oficial” de la edad núbil en varios países de la Europa del XIX se definía por la llegada de la menstruación que posibilitaba una “adultez“ súbita).

El punto de vista narrativo de las Memorias de Josephine Mutzenbacher es el de la propia menor que cuenta con lujo de detalle las experiencias vividas. Al decir de Pablo Santiago, autor de Alicia en el lado oscuro. La pedofilia desde la antigua Grecia hasta la era Internet (Imagine 2004), antes de la aparición de Lolita de Nabokov en 1955, las nínfulas llegaron a ser conocidas como “Josefinas”, en recuerdo de la novela erótica de Salten que gozó de una fama clandestina pero muy extendida entre los lectores de la época.

En un ambiente represor como el victoriano, en el que las mujeres “decentes” eran mantenidas en un estado de inmadurez mental, social y sexual permanente, era frecuente que muchos hombres hicieran uso de la prostitución como una vía de escape. En particular, la prostitución infantil se incrementó porque, frente a las condiciones de poca higiene que propagaron la sífilis y gonorrea, llegó a ser creencia popular que las vírgenes no sólo no podían contagiar las enfermedades venéreas, sino que incluso las curaban. Por otra parte, en círculos más selectos, la afición de algunos hombres por tener relaciones sexuales con pequeñas vírgenes era vista como una excentricidad, no una perversión malsana. Así, Oscar Wilde refiere el caso del ilustrador Audrey Beardsley en los siguientes términos: “A él le encantaban las primeras ediciones, especialmente las de mujeres: las niñas eran su pasión…”.

A la par del abuso y explotación sexual, la época vio surgir un culto a la infancia sin precedentes. En Los hijos de Cibeles. Cultura y sexualidad en la literatura de fin de siglo XIX, José Ricardo Chaves traza un mapa literario de la polarización de las representaciones femeninas. De la devoradora femme fatale a la idealizada femme fragile, cierta  mirada masculina atormentada por la angustia encuentra en la niñez uno de los pocos reductos de pureza. Se va abriendo así el cauce para las Josefinas, las Alicias como objeto de veneración y deseo, el mito de la enfant fatale que resplandecería de manera definitiva e inquietante en la Lolita nabokoviana.


Sueños de un escarabajo

En su artículo “Kafka: la solución al enigma” del diario El País, Fernando Bermejo Rubio esboza una interesante hipótesis: la transformación de Gregorio está concebida desde la óptica deshumanizada que concibe al otro como un ser infrahumano.

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 31 agosto 2014.

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Sueños de un escarabajo

Ana Clavel

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Escribía yo en la columna más reciente: “El efecto dinosaurio”, sobre las numerosas variantes y estudios a que ha dado lugar el afamado cuento de Monterroso, cuando se me ocurrió finalizar con un microrrelato que cruzaba el comienzo de la Metamorfosis kafkiana con el texto del dinosaurio. La lógica de la invención surgió del hecho de que ambos textos parten de un sueño. En ambos alguien se despierta para enfrentar una realidad alucinante. A la hora de ponerle título, recordé la novela de Phillip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Así que decidí incluir a Dick en el homenaje a Kafka y a Monterroso. El texto quedó así:

Sueñan los escarabajos con reptiles eléctricos

“Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana después de un sueño turbulento, el dinosaurio todavía estaba ahí”.

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Pero una idea me daba vueltas en la cabeza como un insecto obsesivo: ¿de dónde había yo sacado que Gregorio era un escarabajo? Aunque Kafka nunca precisa en qué tipo de bicho se transforma su personaje y sólo se refiere a él como un “monstruoso insecto”, mucha gente suele adjudicarle la apariencia de una repulsiva cucaracha. Así puede vérsele en varias caricaturas en las que se representa a Gregorio con cabeza de Kafka y cuerpo de cucaracha, aunque cada vez proliferan más las imágenes con cuerpo de escarabajo. ¿Entonces? Por las maravillas de la red, di con la opinión de un experto lepidopterista, Vladimir Nabokov. Tras deliberar sobre la descripción de sus numerosas patas, su color carmelita, la curvatura de su espalda y vientre, las poderosas mandíbulas, Nabokov declara que se trata de un “escarabajo gigante”. No de un “escarabajo rinoceronte” (Miskäfer, en alemán), como dice la vieja sirvienta de los Samsa para referirse a Gregorio, en un gesto amable y compasivo del que carece el resto de su familia.

Esa compasión de la mirada de la sirvienta frente a la repugnancia que suscita la transformación de Gregorio en sus padres y hermana, me ha hecho pensar en cómo los lectores solemos adjudicar una clase de insecto al protagonista de la historia, escarabajo o cucaracha, según nos coloquemos del lado de una mirada compasiva respecto al personaje, o nos situemos del lado del horror y la repulsión. El mismo Nabokov se mostró compasivo cuando añadió: “Gregorio el escarabajo nunca se da cuenta de que tiene alas bajo la dura cobertura de su espalda”. Aunque el propio Kafka se resiste a nombrar a su criatura en términos de una taxonomía que no sea de la imaginación. Y por ello tal vez tendríamos que reconocer que el tipo de insecto en que se convierte el protagonista de la Metamorfosis, ni es cucaracha ni escarabajo, sino una nueva clase fantástica: el insecto Gregorius de la familia Samsa.

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En su artículo “Kafka: la solución al enigma” del diario El País, Fernando Bermejo Rubio esboza una interesante hipótesis: la transformación de Gregorio está concebida desde la óptica deshumanizada que concibe al otro como un ser infrahumano. Y agrega: “Los nazis llamaban ‘bichos’ a los judíos. Durante el genocidio ruandés, los hutu llamaban a los tutsi, inyenzi (‘cucarachas’)”.

La mejor literatura suele ser visionaria. Cómo no recordar la magistral novela de Ricardo Piglia, Respiración artificial (1980), donde se relata el encuentro apócrifo en un café de Praga entre el joven Kafka y un hombrecito ridículo y famélico, llamado Adolfo Hitler. Al escuchar sus “sueños gangosos, desmesurados”, Kafka entrevé su “transformación en el Führer, el jefe, el amo absoluto de millones de hombres, sirvientes, esclavos, insectos sometidos a su dominio”. Entonces, escribió la Metamorfosis… Como dijo José Emilio Pacheco, la veracidad es lo de menos, lo que importa es la sugerencia.

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Versiones masculinas de Lolita

Columna “A la sombra de los deseos en flor”, revista Domingo de El Universal, 8 noviembre 2014:

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Versiones+masculinas+de+lolita-3019

 

Versiones masculinas de Lolita

Ana Clavel

Así como Nabokov usa el término “nínfula” para las vírgenes fatales, también emplea la palabra “fáunulo” para su contraparte masculina: los niños tentadores. Si convenimos en que Alicia es la hermana menor de Lolita, Peter Pan lo sería del fáunulo. Como si los hados literarios se confabularan para trazar las genealogías pertinentes, el apellido de Peter alude directamente a la mitología y al dios Pan, deidad de los pastores, rebaños, la fertilidad y la sexualidad masculina desenfrenada. Historia del niño que se niega a crecer y que resguarda los poderes mágicos de la infancia, Peter Pan representa esa forma acabada del ideal de pureza perseguido por el arte victoriano. Su creador, James Mathew Barrie llegó a afirmar que “nada pasa después de los doce años que importe mucho”. En el comienzo de Peter and Wendy (1911), título original del libro impreso, llega incluso a señalar:

Todos los niños crecen, excepto uno. No tardan en saber que van a crecer y Wendy lo supo de la siguiente manera. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín, arrancó una flor más y corrió hasta su madre con ella. Supongo que debía de estar encantadora, ya que la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó:

—¡Oh, por qué no podrás quedarte así para siempre!

No hablaron más del asunto, pero desde entonces Wendy supo que tenía que crecer. Siempre se sabe eso a partir de los dos años. Los dos años marcan el principio del fin.

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En la vida del propio autor se presentaron una serie de sucesos que lo marcarían para entronizar la infancia como un estado indeleble. Cuando Barrie cumplió seis años, murió su hermano mayor, David, de entonces 14 años. David era el favorito de su madre por lo que ella se sumió en una profunda depresión. El pequeño Barrie intentó reconfortarla vistiéndose con las ropas del hermano muerto y haciéndose pasar por él. Se ha llegado a pensar que esta situación traumática estuvo detrás de su tendencia al enanismo pues Barrie, como su personaje Peter Pan, apenas superó el metro y medio de estatura ya de adulto.

Pero si de “gracia letal” semejante a la de Lolita hablamos, no hay mejor contraparte que el adolescente de 13 años de La muerte en Venecia (1912) de Thomas Mann: Tadzio. Veamos cómo lo describe Mann, cuando Gustav Aschenbach, el protagonista de la historia, lo descubre en la playa:

La visión de aquella figura viviente, tan delicada y tan varonil al mismo tiempo, con sus rizos húmedos y hermosos como los de un dios mancebo que, saliendo de lo profundo del cielo y del mar, escapaba al poder de la corriente, le producía evocaciones místicas, era como una estrofa de un poema primitivo que hablara de los tiempos originarios, del comienzo de la forma y del nacimiento de los dioses.

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Los sentimientos que desata el muchacho en el protagonista empiezan por emerger desde un lado celeste y apolíneo, para muy pronto descubrir que la contemplación de la belleza juvenil también tiene un lado mórbido y carnal. Y avasallado por la inocencia del joven, el hombre maduro se rinde a “la secreta concupiscencia del deseo”.

Se sabe que Tadzio tuvo su origen en un personaje real que Thomas Mann conoció en 1911 en Venecia, cuando se hospedó en el Grand Hôtel des Bains de Lido, el mismo lugar donde se albergaría Ascenbach en la novela. Su nombre: el barón polaco Wladyslaw Moes (1900-1986), también conocido en su círculo familiar como Adzio. El propio barón, quien tenía diez años cuando visitó Venecia en la ocasión en que lo conocería el autor alemán, no se percató de la situación hasta ver la película homónima de Visconti (1971). Entonces descubrió la pasión que había desatado sin saberlo, inconsciente como Lolita, de su fantástico poder.

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¿Cucaracha o escarabajo?

Un “monstruoso insecto” es como define Kafka a Gregorio Samsa. Muchas veces se le ha descrito como una cucaracha pero también como un escarabajo. Por las maravillas de la red, di con el blog de Noel que traduce las opiniones de un experto lepidopterista, Vladimir Nabokov, sobre La metamorfosis y el tipo de insecto descrito por el escritor checo.

Leer a Kafka antes de morir

Recordemos el comienzo de La metamorfosis: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos”.

En el texto de Nabokov sobre esta obra, basándose en su experiencia como especialista, se revela la identidad del tipo de insecto en que se ha convertido Gregorio: un escarabajo. La ironía sobre las alas del escarabajo que Samsa nunca llega a descubrir es, por supuesto, una de las sutilezas que caracterizan la escritura del genial escritor ruso:

“¿Qué es exactamente el insecto en el cual el pobre Gregorio, el sórdido viajante de comercio, se ha transformado de forma tan repentina? Obviamente pertenece a la rama de los artrópodos, a la cual pertenecen los insectos, arañas, ciempiés y crustáceos. Si las “numerosas piernas” mencionadas en la narración significan más de seis piernas, entonces Gregorio no puede ser un insecto desde el punto de vista zoológico. Pero sugiero que a un hombre tendido sobre su espalda que observa que tiene al menos seis piernas vibrando en el aire, le puede parecer que seis piernas son suficientes para ser llamadas “numerosas”. Por tanto, asumiremos que Gregorio tiene seis piernas, y por tanto es un insecto.

Próxima pregunta: ¿qué insecto? Muchas personas dicen que una cucaracha, lo cual por supuesto no tiene sentido. Una cucaracha es un insecto de forma plana y con largas piernas, y Gregorio es cualquier cosa menos plano: es convexo en ambos lados, vientre y espalda, y sus piernas son pequeñas. Se parece a una cucaracha en un solo aspecto: su color es carmelita. Esto es todo. Aparte de esto tiene un enorme vientre convexo dividido en segmentos y una espalda dura y redonda, en la que podría haber una cubierta para alas. En los escarabajos esta cubierta esconde pequeñas alas, que se expanden y los pueden transportar a lo largo de varias millas en un vuelo errante. Curiosamente, Gregorio el escarabajo nunca se da cuenta de que tiene alas bajo la dura cobertura de su espalda. (Esta es una muy buena observación de mi parte para que la atesoren por el resto de sus vidas: algunos Gregorios, Joes y Janes no saben que tienen alas). Además, tiene unas fuertes mandíbulas. Él usa estos órganos para darle vuelta a la llave en la cerradura mientras se mantiene erecto sobre sus piernas traseras, en su tercer par de piernas (un par de piernas fuertes), y esto nos da el tamaño de su cuerpo, el cual es de cerca de tres pies de largo. En el transcurso de la historia se va acostumbrando gradualmente a usar sus nuevos apéndices –sus pies, sus antenas. Este escarabajo carmelita, convexo y del tamaño de un perro, es muy ancho. Me imagino que debe lucir de esta forma:

 

En el texto original en alemán la vieja sirvienta lo llama Miskäfer, un “escarabajo rinoceronte”. Es obvio que la buena mujer le está añadiendo el epíteto solo por ser amistosa. Técnicamente, él no es un “escarabajo rinoceronte”. Es simplemente un escarabajo gigante (Debo añadir que ni Gregorio ni Kafka vieron el escarabajo muy claramente).”

Aquí el link de la conferencia de Nabokov en el blog de Noel: http://latraduccion.blogspot.mx/2007/09/vladimir-nabokov-sobre-la-metamorfosis.html