Secretos del corazón

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 6 de abril de 2014: http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Secretos+del+coraz%C3%B3n-2339

Secretos del corazón

Ana Clavel

Imagen digital de Juan Carlos Guarneros

Imagen digital de Juan Carlos Guarneros

En el Libro de los muertos del antiguo Egipto se representaba al corazón como una vasija. Se le colocaba en una balanza y su contrapeso debía ser una pluma de avestruz. Si el corazón pesaba más, su poseedor era condenado a la destrucción total. Era el único órgano que se reintroducía en el cuerpo embalsamado para acompañar al muerto en la hora de su juicio final, después de envolverlo en lienzos de lino aromático. En la Edad Media se usó otro tipo de vasija para representar un corazón, el de Jesús: el cáliz o Santo Grial. En la situación más crítica de su vida, el héroe babilonio Gilgamesh ofrenda un corazón a los dioses. También los aztecas extraían corazones como parte de los ritos solares a Huitzilopochtli. A lo largo de la historia se ha erigido como un símbolo en el que reposa la esencia vital, emocional y espiritual. En su interior moran los secretos más profundos del hombre. Quizá por eso Pascal reconoció: “El corazón tiene razones que la razón desconoce”.

En sus latidos en español hay resonancias etimológicas del latín cor -cordis. No deja de ser significativo que el verbo “recordar” evoque ese origen: volver a pasar por el corazón. San Agustín hablaba del cor inquietum, que se esfuerza por encontrar algo más allá de sí mismo: es el corazón deseante por sobre todas las cosas. Para los sufíes sólo el corazón habla al corazón, y en sus danzas concéntricas los derviches buscan llegar al corazón del corazón: la unión con Dios.

foto propuesta por Rocío González

Pero tal vez el mayor responsable de que le adjudiquemos esa carga simbólica, por lo menos en la cultura occidental, sea Aristóteles para quien el corazón era el motor inmóvil que se encuentra en medio del movimiento exterior de las cosas. No sólo generaba la sangre, sino que los órganos mismos habían surgido de él: era la semilla de la que brotaba todo el cuerpo. El alma gobernaba al cuerpo desde el corazón. Para el filósofo griego el corazón era el centro de la vida por ser la casa del alma.

Desde los versos de la Ilíada es el único órgano con el que los héroes homéricos dialogan para entender sus propias pasiones o debilidades. Su protagonismo lo convierte en metáfora idónea para representar los deseos más íntimos, como cuando dice Baudelaire:

 Dime, ¿tu corazón alguna vez huye, Ágata,

lejos del negro océano de la inmunda ciudad,

hacia otro océano donde el resplandor estalle,

azul, claro, profundo, como la virginidad?

Dime, ¿tu corazón alguna vez huye, Ágata?

Arte digital de Christian Schloe

Arte digital de Christian Schloe

Desde Shakespeare sabemos que el corazón tiene también sus laberintos: Macbeth y el rey Lear no dudan en mancharse las manos y asesinar el sueño por seguir los latidos de sus corazones en tinieblas. Al ser depositario de las huellas indelebles de la vida, no en balde aconseja el personaje de Malcolm: “Dad palabras al dolor, la desgracia que no habla murmura en el fondo del corazón, que no puede más, hasta que se quiebra”. Pero hay corazones que se quiebran por fallas meramente fisiológicas. No deja de ser irónico que el cirujano que realizó con éxito un primer trasplante de corazón en 1967, Christiaan Barnard, haya muerto de un infarto.

Un solo corazón de Christian Schloe

Un solo corazón de Christian Schloe

Gracias al querido Alberto Buzali supe del rabino Najman de Breslav, que con gran sabiduría dijo: “Sólo un corazón roto es un corazón entero” para destacar la importancia de la experiencia amorosa aunque sea desdichada. Frente al conocimiento racional, “corazonadas” es la expresión para señalar las intuiciones del corazón. Caminos a la sombra de las pasiones que muchas veces son acertadas aunque no siempre nos lleven a la realización de deseos felices. Pero si uno es fiel a las veleidades de su propio músculo vital, nada como este:

Epitafio del corazón

 No se culpe a nadie de mis latidos.


Las mil y una noches eróticas

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 23 de marzo de 2014. http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Las+mil+y+una+noches+er%C3%B3ticas-2284

 

Las mil y una noches eróticas

Ana Clavel

Gracias a “aquel sueño del Islam que abarcó mil noches y una noche”, hemos visitado desde niños un mundo fantástico plagado de alfombras mágicas, genios, lámparas y tesoros maravillosos. Libro que recuerda las aventuras de la imaginación, libro de la tradición del legendario Oriente, libro que evoca el infinito… En el hermoso ensayo que le dedica a esta obra, Jorge Luis Borges nos habla de la belleza de su título: “Decir mil noches es decir infinitas noches, las innumerables noches. Decir ‘mil y una noches’ es agregar una noche al infinito”.

mil

Recopilación de cuentos que data del siglo IX, tardará otros cinco siglos en incorporar la presencia de la encantadora de historias, la seductora Scherezada. Al contar una historia en el interior de otra, como si de cajas chinas o muñecas rusas se tratara, a fin de retrasar la sentencia de muerte que pende sobre su cabeza, la sagaz narradora contribuye a crear asimismo la sensación de inmensidad creciente del relato. Ignoramos en qué momento el título vino a coronar el esfuerzo de tantos confabulatores nocturni, anónimos e ingeniosos, que contaban sus historias ante el fuego o al oído de insomnes poderosos que no podían conciliar el sueño. Pero lo cierto es que, procedentes de India, Persia, Asia Menor, se compilan en Egipto, y para entonces ostentan todo el oro de la palabra Oriente: es ya el Libro de las mil y una noches. Como tal es encontrado por el orientalista francés Antoine Galland, que lo traduce del árabe y publica en 1704, no sin antes fabular un relato que al parecer no se encontraba en las versiones originales: la historia de Aladino y la lámpara maravillosa. A la traducción de Galland, siguieron, entre las más memorables, la del capitán Burton y la del sevillano Cansinos Asséns. La obra también ha dado origen a numerosas versiones como la sinfonía de Rimsky-Korsakof, la película de Pasolini, o en nuestros días, el videojuego Nadirim.

las mil

Pero, salvo Pasolini que ofrece en Il Fiore delle Mille e una Notte de 1974 un mosaico de aventuras licenciosas, muy pocos hablan de la “temperatura pasional” de la obra. Porque la edición íntegra bien podría llamarse “Las mil y una noches eróticas”, narradas por una Scherezada que no sólo entretenía con palabras al sultán, sino que tras cada relato, se entregaba de cuerpo entero a su real y homicida amante. Las descripciones de los actos amorosos de la propia Scherezada y el sultán, así como de los cuantiosos personajes que bendecían a Alá con la ceremonia de la carne deleitable, son tan vívidas y detalladas que entonces uno reconoce por qué los divulgadores y moralistas de la obra clásica han expurgado la mayoría de las historias para brindar a niños y jóvenes una versión inofensiva.

Fotograma de Il Fiore de

Fotograma de Il Fiore delle Mille e una Notte, de Pasolini (1974)

De hecho, la variedad de usos y costumbres eróticas que abarcan diversas modalidades de sexualidad y parafilias colindantes, convierte a Las mil y una noches en un catálogo gozoso, lúdico, donde la transgresión es vista como una faceta más del comportamiento humano. Entre mis preferidas, está la historia de la princesa Budur, “la luna más bella entre todas las lunas”, relato de travestismo y safismo de una hermosa mujer que ha de disfrazarse de hombre para buscar en tierras ígnotas a su amado. Es tal su gallardía y donaire viril, que en esas tierras lejanas la obligan a casarse con la hija del sultán. Y en la noche de bodas, la bella Budur, desprendida de ropajes, consuma con la doncella una divertida y extasiante historia de lesbianismo exenta de toda censura.

Leer la edición completa de las mil y una historias orientales es como recostarse a la sombra de un árbol de los deseos en flor. Y probar los frutos de esa sabiduría que empieza por el cuerpo.


El efecto dinosaurio

La relación de lo pequeño y lo grande, de las causas y los efectos, puede remontar vuelos colosales si se piensa, por ejemplo, en el famoso “efecto mariposa”, que haciendo eco de un proverbio chino, afirma: “el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo”. ¿Qué pensar entonces de una brevísima ficción que ha dado pie a un tsunami de versiones y estudios: El dinosaurio de Monterroso?

Aquí el enlace de “El efecto dinosaurio”, columna *A la sombra de los deseos en flor*, en la revista Domingo del periódico El Universal:

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/El%20efecto%20dinosaurio-2706

Monterroso Dinosaurio

 

El efecto dinosaurio

Ana Clavel

El 17 de marzo de 1847 León Tolstoi dio inicio a su diario en una cama de hospital. Tenía 19 años cuando escribió: “Pequeñas causas producen grandes efectos”. Una sentencia que bien podría sonar filosófica, tuvo en realidad un motivo más banal, según explica su autor: “Pesqué una gonorrea por la razón, ya se entiende, por la que se pesca”. Sí, el gran Tolstoi, el escritor de las portentosas Ana Karenina y La guerra y la paz, fue antes un joven sensual fuertemente atraído por los pequeños —o inmensos— placeres de la carne. Pero el asunto no acabó mal: por la pequeña causa de una enfermedad venérea que lo sume en la postración, se desencadena la inmensa gracia de la escritura.

La relación de lo pequeño y lo grande, de las causas y los efectos, puede remontar vuelos colosales si se piensa, por ejemplo, en el famoso “efecto mariposa”, que haciendo eco de un proverbio chino, afirma: “el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo”.

¿Y quién no recuerda el celebérrimo minicuento de Augusto Monterroso que ha dado origen a tantas versiones y variados estudios?

EL DINOSAURIO

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí.

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Según comenta Lauro Zavala en el prólogo a El dinosaurio anotado. Edición crítica (Alfaguara 2002), la minificción de Monterroso es “uno de los textos más estudiados, citados, glosados y parodiados en la historia de la palabra escrita, a pesar de tener una extensión de exactamente siete palabras”. Sumun del arte de la paradoja y la brevedad, ha sido además de motivo literario y objeto de estudio, argumento de reflexión teleológica y parodia política ante la sombra de la desgracia, del dictador o las estrategias arcaicas del partido único en nuestros lares. Entre sus estudiosos más reconocidos se cuentan Italo Calvino, Mario Vargas Llosa, Juan Antonio Masoliver. A sus indudables atributos literarios: “concisión y densidad, contundencia y elipsis, precisión y polisemia”, se suman la imaginación y capacidad lúdica de sus lectores. Consigno aquí algunas variantes recogidas en El dinosaurio anotado, que a la fecha ha crecido considerablemente y busca nuevo editor:

De Francisco Nájera:

LA HISTORIA DE DIOS

Y cuando se despertó, soñaba al mundo todavía.

De José de la Colina:

LA CULTA DAMA

Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado El dinosaurio.

—Ah, es una delicia —me respondió—, ya estoy leyéndolo.

De Niña Yhared, el comienzo de:

EL DINOSAURIO

Vivo con un dinosaurio entre las piernas…

No está incluido en esta invaluable antología, pero he añadido una variación a la serie innumerable, incluida en el libro CorazoNadas (Posdata 2013):

CORAZÓN DE DINOSAURIO

Tanto hablaban de él, inventándole quién sabe cuántas colas, que cuando despertaron, descubrieron que por fin se había marchado. Pues qué esperaban… El dinosaurio también tenía su corazoncito.

Imagen

Además de ensayos literarios y entrevistas, la edición crítica de Lauro Zavala recoge los testimonios de Alí Chumacero y Juan José Arreola sobre la graciosa anécdota que dio pie al cuento original.

Tolstoi, quien intentó toda la vida la minificción pero tuvo que resignarse a escribir novelas enormes, según nos refiere Alberto Chimal en un texto no exento de humor e ironía, estaría de acuerdo sin duda con esta idea: el aleteo de un gran microrrelato puede causar pequeños tsunamis al otro lado de la página. Como esta muestra que enlaza el inicio de la Metamorfosis de Kafka con el cuento monterrosiano y que titulé:

SUEÑAN LOS ESCARABAJOS CON REPTILES ELÉCTRICOS

Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana después de un sueño turbulento, el dinosaurio todavía estaba ahí.


Extinción de los atardeceres de Martín Camps

Hay poesía que lo reconcilia a uno con la vida y con la poesía misma. Poesía que habla de vacíos y oquedades pero que está “llena” de sentidos. Llena, repleta de vacío, de orfandades, de eso que nos hace humanos también por la alegría fugaz y otras pasiones perentorias. Aquí dos poemas del libro Extinción de los atardeceres de Martín Camps, publicado por el Instituto Chihuahuense de Cultura en 2009.

Camps

*Poema para el fin del verano*
Martín Camps

No es la página en blanco, sino la mente en blanco
a lo que temo; peor aún, a la vida en blanco.
Nada por hacer, sólo afilando el cuchillo del tiempo,
el calor afuera secando las horas
-como trozos de carne salada tendidos en la azotea-.
El viento no va a ningún lado, avanza en círculos
como los niños en la escuela, el azúcar en el café.
Las montañas sólo conocen de horas que duran un mar.
He caminado en días como éste y me he abrigado
con las telas que nos arroja el sol.
Hay una carretera larga en esta hoja,
una carretera larga que se pierde en una colina
entre las reverberaciones del calor.
La mente en blanco como un desierto,
y este poema en medio, como un cacto.

_____________

Y este otro, de la sección “Álbum del alba”, miradas del poeta que toma fotografías, que bien podrían llamarse “poetografías”:

Camps 2

Es posible descargar de manera gratuita otro libro de Martín Camps, La invención del mundo en la revista Lamás Médula de Argentina: http://www.revistalamasmedula.com.ar/pdf_libre.htm

Más de su poesía en el blog http://brujadelanoche.blogspot.mx/2011/11/martin-camps-el-espacio-de-los.html

 


El paraíso recuperado

 

  • Mónica Lavín escribe sobre Las ninfas a veces sonríen

Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, agosto de 2013.

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=21&art=686&sec=Rese%C3%B1as

El paraíso recuperado
Mónica Lavín

Solamente ojos me inclinaba sobre el borde para tocar la punta de un asombro.
Ana Clavel

De la escritura de Ana Clavel me gusta su mirada plástica, su atención a la forma y a la luz, su
discurrir de las sombras, su andarse en terrenos de lo ambiguo y delicado, de lo íntimo y lo
secreto; en una arista donde los cuerpos rozan sus límites porque el deseo acecha en lo
orgánico, en su punción como idea que late bajo la piel. Nos colocó en ello con Cuerpos
náufragos y Las violetas son ores del deseo. Su nueva novela, Las ninfas a veces sonríen, hurga
también en el deseo, en el cuerpo desde su despertar y lo hace de manera fragmentaria (¿hay
otra manera de mirar un cuerpo?) y con ese acariciar el lenguaje que es como Clavel labra la
prosa. Dividida en tres partes, transitamos con Ada de la luz que empieza a sombrearse, al
dolor de lo que el cuerpo desea y no puede obtener, a la escritura como recurso para volver al
paraíso. “Apenas tenue”, “Toda fuente” y “Después del paraíso” es como Clavel ha decidido
nombrar los tres momentos de Ada.

I
Ada pubescente, Ada ninfa, habitante de un paraíso donde el padre es el omnipotente, donde el hermano es Serafín Cordero,
donde el amigo es Pepe y luego Pepe Satán, donde la madre es diosa, las Ángeles son dos compañeras de la escuela, donde
Gabriel el Arcángel es el primo que descubre el deseo primero de Ada, siete años menor que ella, donde Rosa es la conciencia y
su hermano el bachiller el que le enseña el aroma donde se pierden los sentidos mientras una ciudad o un país pierde a sus hijos
cubiertos en sangre en la plaza. Este vértigo, casi retablo de El Bosco, es para subrayar el poder de la mirada de Ana Clavel que
hace de lo cotidiano e íntimo del tránsito de la naciente pubertad a la madurez, fábula, leyenda, mitología. Asistimos a la
fundación de un mundo mítico que es el nuestro, el de la caída del Ángel, el de las Evas y las mujeres de Lot. La mordedura de la
manzana, la inocencia perdida.
¿Quién puede tomarle el pulso al momento exacto en que el cuerpo liso, el cuerpo despoblado de vello, el olor y los humores, la
mirada y el mundo blando y acogedor dejaron de serlo? ¿Cómo disparar el obturador de la cámara para recoger el instante?
Habría que estar muy atento mirando al horizonte abierto para pescar el momento en que el sol agazapado en rosa amanecer
tiñera al cielo de blanco rotundo. Eso es lo que hace Ana Clavel en “Apenas tenue”, esa Ada que descubre el cambio en el cuerpo
de las otras y atisba el suyo como una promesa imparable, la boca redonda y jugosa cuando pasa horas mirándose al espejo
como Narciso. La excitación del peligro, no atravesar el patio, no esconderse con los primos, no dejarse tocar, tocarse, saberse
cuerpo, sentirse cuerpo, saberse mirada, querer ser mirada, olfatear el peligro, ese jardinero que se lleva a las niñas grandes a la
covacha, la ninfa despuntando, la Sor saliendo, los pétalos cayendo y revelando lo que ya va a ser imposible detener. Con
perturbadoras situaciones, con inofensivos juegos, con carreras y guerritas y persecuciones y tacones de mamá, Ana nos coloca
en el borde mismo del asombro: donde el juego se convierte en otro juego, sin que medie propósito. La vida como un bosque
donde las niñas se pierden y los lobos habitan, y las niñas se entusiasman con los lobos, porque hay un traslape misterioso entre
la inocencia que se abandona y el deseo que nos habita para que no exista más el blanco y negro, el abismo como un animal
perturbador que ya enseña sus fauces, pero nosotros apenas las miramos.
Ana Clavel enfoca su prosa detallada en esa nínfula que ya no puede dar marcha atrás y nos recuerda el asombro perdido.
¿Cómo ha podido hacerlo con tanto tino?, ¿cómo sabe que así fuimos o pudimos ser?, ¿cómo ha podido nombrar lo
irreconocible, el borde, la punta, el extremo donde soltamos la manta de cielo y hundimos las manos en la tierra para que
aquella negrura en las uñas se nos quedara para siempre? Niña, lávate las manos. Eso no se hace. Jugar al doctor, a esconderse
en el clóset con el primo, aguantar la respiración, reconocer que algo está pasando, ¿qué está pasando? La pluma de Ana lo
persigue, lo mete en frascos de cristal y nos lo muestra con palabras precisas. “El beso de su mirada en la punta de mis pudores”.
Pienso en un cuadro de Balthus, la chica lleva una toalla en la mano, el pelo largo enmarcado por una balerina, está desnuda y el
torso es el de una niña, el rostro de perVl también, pero sus pequeños pechos han empezado a sobresalir, botones, rosas. Lo que
escribe Ana evoca un cuadro, porque la fuerza de sus palabras nos obliga a mirar. Descubrirnos enredadas en las fauces de la
niñez perdida. ¿Cuándo? ¿Cuál fue el momento preciso?

II
Por eso en “Toda fuente” sucede, el cuerpo es un surtidor: “Todo era fuente y también herida… Todo me tocaba y me
desbordaba”. El cuerpo ya no contiene al mundo ordenado de juguetes y pijamas, de buenas noches y chocomilks, el cuerpo
sangra, la sangre lo es todo. La planta que la tía Aura tiene en un frasco y que lleva por nombre Clarimonda nota que Ada
sangra, porque el primo mancebo que es cazador también lo hace. El mundo vegetal y el animal asisten a la fuerza del cuerpo
que hace evidente el cambio. La expulsión del paraíso ha ocurrido porque el deseo por el otro se vuelve tortura. Un aroma llena
los recovecos de la ninfa que se prende del bachiller, el bachiller que protesta pero que atiende a una sirena y Ada enloquece de
dolor, de impotencia. Ella que conoció los juegos primeros de tentarse, de cambiar caricias por monedas con el mago aquel, de
esconderse en la cama con el primo mayor, ahora reconoce la mordedura de la iguana. Con su amigo ha jugado a las chupadas
de vampiro, a dejarse círculos rojos, marcas. La sangre está en todos lados, y también está en el cuello, ése que se doblegará más
tarde, cuando Ada comprenda la importancia de ese espacio del cuerpo que se vence para recibir. Ha descubierto que ser
vampiro no obliga a la muerte: “Tu luz irradia oscuridades del deseo”. Quiere enseñarle al bachiller el origen de esos círculos
rojos, quiere dejar su boca en su piel, y cuando lo hace descubre la condena: “El beso vampiro no lo había despojado de la vida a
él como solía suceder en las leyendas, sino que me había convertido a mí en una sombra deseante de los misterios de su aroma”.
No será como jugar con su amigo, Ada lo sabe porque tiene nostalgia del aroma, conoce de sirenas que arrastran a los hombres.

III
¿Y qué hay “Después del paraíso”, como reza la tercera parte del libro? ¿Cómo se camina después del aroma añorado, de la
historia inventada que Ada escribe y que Rosa reclama que así no fue, que esa historia de su prima Falaci es La historia de
Hungría? La confusión de las verdades, la expulsión por maneras de ver el presente, de involucrarse en él. ¿Qué se hace cuando
se descubre que “el espanto y la belleza podían ser caras intercambiables del paraíso”? Ni el padre omnipotente, ni la diosa
madre ni las hermanas podrán salvarla de las huellas de faunos y dríadas. Para sobrevivir a la expulsión buscará en las pieles la
ediVcación del territorio del deseo, reconocerá el desencanto y retomará el vuelo, aunque persistentemente le escriba a él (“Se
me olvidaba decirte que, a pesar de todas mis muertes, todavía te sueño”), al objeto de deseo, aquél con el que perdió la paz del
que no sabe de amores. Para sobrevivir al después escribirá las “Memorias de la ninfa”.
Si Ana Clavel propone a la escritura como arma para sobrevivir a la expulsión, el tránsito de la luz a la sombra, para registrar la
duermevela del deseo (“duerme que vela encendida”), del antes y después del momento en que el día se hizo noche, ha
acertado. Su prosa es tan envolvente como temible. Sus alcances son los de la poesía, su fuerza narrativa es la de la fabulación,
la de la quimera, Clavileño y Pegaso, las mujeres como ciudades: incidir en el origen. Ana Clavel se ha propuesto vestir el mito y
desvestir el tránsito de la niña a la mujer. De la luz a la sombra. En sus entresijos somos marea de pieles, vaivén de instantes que
incitan a un recuento de bordes, de aristas, de despeñaderos y vuelos retomados, para conseguir la estatura mítica del tránsito
de la inocencia a la sombra. Para que sea otro quien muerda la manzana. Toda ninfa debe tener sus memorias, y sí, concuerdo
con Ana Clavel, las ninfas a veces sonríen.
__________________________
Ana Clavel, Las ninfas a veces sonríen, Alfaguara, México, 2013, 128 pp.