Historia de un corazón

 

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 7 diciembre 2014:

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Historia+de+un+coraz%C3%B3n-3112

 formol

Historia de un corazón

 Ana Clavel

En Seis propuestas para el próximo milenio el fabulador Italo Calvino declara: “Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que sólo la literatura, con sus medios específicos, puede dar”. ¿Cuáles son esos medios específicos? El lenguaje, la imaginación verbal. No se equivoca Milan Kundera cuando en El arte de la novela comparte la obstinación con que el escritor alemán Hermann Broch repetía: “descubrir lo que sólo una novela puede descubrir es la única razón de ser de una novela”.

“Todo lo que puede ser imaginado es posible”. En Formol (Tusquets 2014), Carla Faesler inaugura un espacio en el imaginario de nuestra tradición literaria. A través de las vicisitudes del último corazón ofrendado en sacrificio en el Templo Mayor de la antigua Tenochtitlan, conservado durante siglos entre las nieves del Iztaccíhuatl y después en un frasco con formaldehído hasta llegar a nuestros días, se nos ofrece una brillante y sugerente metáfora que traza una nueva narrativa de nuestra historia.

El origen que se muerde la cola. Cuenta la autora que la historia de Formol surgió de un texto de Camera lucida (Joaquín Mortiz, 1983) de Salvador Elizondo, que lleva por nombre “El rito azteca”. Ahí, el célebre detective Sherlock Holmes recibe en su casa un paquete singular: “Dentro de una caja de cartón, empacada con papel de china, hay un frasco de vidrio como los que se emplean comúnmente para guardar confitura o pepinillos encurtidos. En su interior, sumido en un líquido diáfano, flota, lívido y tumefacto, un corazón humano”. Por las maravillas de la ficción será el mismo Elizondo, convertido en personaje, quien, al escuchar la historia del corazón que guarda en su biblioteca la familia de Larca desde sus bisabuelos, concebirá el relato azteca que también viene referido en la novela. Uno de los muchos recursos intertextuales y estilísticos que Faesler logra incorporar a su novela para dotarla de verosimilitud, arriesgada apuesta narrativa y fulgurante fuerza poética.

El Corazón. Yo lo usaba en los ojos: Gilberto Owen. Un prodigio que Bernal Díaz del Castillo prefirió dejar de lado en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, pero que permaneció a resguardo como un misterio, un asomo de lo inescrutable: “el espíritu mexica estaba en reposo en los volcanes a la espera de ser reactivado de nuevo”. En su camino a la familia de Larca se sitúan indígenas anónimos, Sor Juana que conoció la leyenda y la transmitió a su amigo el obispo de Puebla, alias Sor Filotea de la Cruz, quien mandó dejar su propio corazón en un altar a manera de recordatorio del otro que dormía en las faldas de la volcana. El rastro parece perderse pero chisporretea en los decires y chismorreos… hasta que finalmente “el pintor de volcanes” —¿quién más sino el artista de mirada de nube y fuego, Gerardo Murillo-el Dr. Atl?— lo trae a la ciudad a principios del siglo XX.

“…señorita, lo que no es posible, es salir ileso de la desaparición…” No el corazón que palpitaba en la egregia Grandeza mexicana de Balbuena, ni el corazón diamantino de la Suave Patria de López Velarde, pero sí un órgano similar al que le es extraído al protagonista de la Fiesta brava de José Emilio Pacheco. Un itinerario fabuloso hasta llegar a la familia de Larca, una muchacha plagada de designios como los jóvenes de este país que es metáfora doliente y actual: México es un corazón en formol. Y la pregunta: ¿Qué hacer con el corazón de un país herido por el sacrificio irracional, la desaparición forzada, el desmembramiento simbólico y literal? Una respuesta incendiaria, entre las muchas interrogantes que ofrece Formol: “conviértete en vehículo del sueño de la imaginación…”.


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