La insoportable carnalidad del ombligo

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 21 de junio de 2015.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/La%20insoportable%20carnalidad%20del%20ombligo-3918

 

La insoportable carnalidad del ombligo

Ana Clavel

 

Ilustración de Eko para la revista Domingo de El Universal

Ilustración de Eko para la revista Domingo de El Universal

Punto de intersección entre el microcosmos humano y el macrocosmos universal, el ombligo encierra en sí mismo mito, magia, religión en torno a un centro sagrado. Una visión ancestral que va desde la oracular Delfos, con su onfalo (del griego: omphalós, ‘ombligo’) en forma de piedra cónica, hasta la no menos mítica Ciudad de México, cuyo nombre significa “en el ombligo de la Luna” (del náhuatl: metztli, ‘luna’, y xictli, ‘ombligo’).

El poeta Píndaro y el historiador Pausanias referían la leyenda de Zeus que había enviado dos águilas en dirección opuesta: el sitio donde se encontraron fue considerado el ombligo o centro ceremonial del mundo. En fecha más reciente, el humanista Gutierre Tibón dedicó estupendos estudios al tema en sus libros Historia del nombre y de la fundación de México (1975) y El ombligo como centro cósmico: Una contribución a la historia de las religiones (1981). En particular su estudio consagrado a El ombligo como centro erótico es el repertorio de una erudición que no se pelea con la amenidad y el sentido del humor:

“¿Qué tienen en común personajes tan separados en el tiempo y el espacio como Raquel Welch, Jane Fonda, la mitológica Onfalia y la Sulamita cantada por el rey Salomón? Pues haber contado con un ombligo soberbio, tanto que el de la Sulamita es descrito así en el Cantar de los cantares: ‘Es tu ombligo como vaso de Luna al que nunca le falta licor’; Onfalia, la reina de Lidia, fue conocida como ‘la del hermoso ombligo’. Y, en lo que toca a la Fonda y a la Welch, sus ombligos estilo ‘grano de café’ han sido tan fotografiados —y comentados— como muchas otras partes de su anatomía”.

Desde el ombligo de la Venus de Xico hasta los de las ninfas de nuestros días, su inquietante hondura, sus delicados pliegues, son un ojo que incita al placer, guiño que sonríe y promete paraísos en la tierra. Si se observa bien, un ombligo es tan sugestivo… Todo un nudo de historias que empiezan por la piel.

En la novela más reciente del escritor checo Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia (Tusquets 2014), uno de los ejes conceptuales se urde en torno a la exhibición del ombligo femenino como ejemplo del erotismo indiferenciado de nuestros días. Dice Alain, uno de los personajes centrales, fascinado por las muchachas en flor que lo llevan al aire:

“—En el cuerpo erótico de la mujer, algunos lugares son excelsos: siempre creí que eran tres: los muslos, las nalgas, los pechos. Y luego un día comprendí que hay que añadir un cuarto lugar: el ombligo… Los muslos, los pechos, las nalgas adquieren en cada mujer una forma distinta. Estos tres lugares excelsos no son pues tan sólo excitantes, expresan al mismo tiempo la individualidad de una mujer. No puedes equivocarte acerca de las nalgas de la mujer que amas. ask jeeves . Reconocerías entre cien las nalgas amadas. Pero no puedes identificar a la mujer que amas por su ombligo. Todos los ombligos son iguales.

—Antaño, el amor era la celebración de lo individual, de lo inimitable, la gloria de lo único, de lo que no admite repetición. Pero el ombligo no sólo no se rebela contra la repetición, ¡es una llamada a las repeticiones! De modo que en nuestro milenio viviremos bajo el signo del ombligo. Bajo este signo, seremos todos soldados del sexo, con la mirada fija no sobre la mujer amada, sino sobre el mismo agujerito en medio del vientre que representa el único sentido, la única meta, el único porvenir de todo deseo erótico”.

Y así desteje la “ilusión de la individualidad” en la que nos hallamos inmersos. Deslumbrante disquisición salvo por un punto: no hay dos ombligos iguales. Cualquier amante que se haya tomado el tiempo de observar antes de precipitarse en sus mieles, lo sabe.


Ropavejeros

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 12 de abril de 2015 

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Ropavejeros-3619

el libro de mis recuerdos

Ropavejeros

Ana Clavel

Dice con razón la escritora Ana García Bergua: “A su manera, la novela es voraz: te pide todo lo que puedas vivir y lo que hayas vivido (en la vida real y en las lecturas). Una ropavejera que no tira nada y aprovecha todo, si no en esta novela, en la que sigue…” No sé si haya otro oficio donde se necesite tanto de la memoria como el de la escritura; claro, la memoria involuntaria, y esa otra que no forzosamente ha sucedido: la “memoria imaginaria”. No me pidan que explique este oxímoron porque sólo es una corazonada, pero de lo que sí estoy segura es que el oficio de ropavejero casi se ha extinguido. O como el de otros vendedores ambulantes, se ha metamorfoseado por la industria y los centros comerciales. Un ejemplo: de los referidos por Antonio García Cubas en El libro de mis recuerdos (1904), el aguador que todavía en pleno siglo XIX transportaba su carga en un voluminoso chochocol, se ha transformado en el señor del agua que conduce una bicicleta-carrito con los botellones azul plástico de marca conocida. Otros como el pollero, la pajarera, el petatero y el carbonero han francamente desaparecido.

El ropavejero tiene un antecedente en otro oficio: el cristalero que “sacaba provecho de su industria cambiando por ropa usada los objetos de su comercio”. Es curiosa la estampa del cristalero en los cuadros de costumbres descritos por García Cubas: una especie de malabarista con un par de sombreros en la cabeza, un juego de botas de montar en la mano izquierda, en un brazo sacos y abrigos que acaba de mercar, en la diestra una canasta con vasos, platos, tazas, saleros, vinagreras para ofrecer a sus clientes. Ignoro en qué momento la canasta con objetos de cristal se esfumó para dar espacio a un saco enorme que el ropavejero cargaba a sus espaldas. Recuerdo que entrados los años 60, mi madre llamó a uno de ellos para ofrecerle ropa gastada. Entró con su cargamento que dejó a mitad de la sala para revisar con olfato rapaz las prendas usadas. Y como en la escena consignada por García Cubas, nos ofreció una bicoca por la transacción que mi madre sólo aceptó porque al menos así se ahorraba la pena de tirar ropa todavía buena a la basura.

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Por supuesto, tenía un pregón para anunciarse en cada casa y edificio, muy semejante al que con ingenio, humor y sabrosura captó Francisco Gabilondo Soler “Cri-crí” en la canción infantil “El señor Tlacuache”, que cargaba un tambache de cosas y compraba, vendía e intercambiaba cachibaches como zapatos usados, sombreros estropeados, chamacos malcriados, comadres chismosas y viejas regañonas para llevárselos en su costal. (Una versión actual del otrora ropavejero podemos verla montada en una camioneta destartalada y escuchar su pregón de grabación casetera por todas las calles de la gran ciudad: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas, o algo de fierro viejo que vendan…”)

Nuestro mundo que todo lo desecha, esta “era del vacío” y de hiperconsumismo según el filósofo Lipovetsky, suele desdeñar el papel del ropavejero en la vida de las urbes. Yo tenía una tía que en su lejana Pinotepa reservaba una bodega para los trastos que ya no usaba pero que guardaba porque después podría necesitar. En ese tendajón oscuro hicieron nido los murciélagos y cuando íbamos de vacaciones y ella nos mandaba a sacar algo en pleno día, por la puerta entreabierta y su haz de luz estridente, los murciélagos se agitaban como mariposas nocturnas nimbadas de oro y ámbar: una imagen que tal vez utilizaré algún día en una novela. Mientras tanto la atesoro por esa magia de los recuerdos y las cosas arrumbadas que sólo esperan una voz que les diga: “levántate y anda”. A fin de cuentas, la escritura siempre es deseo en libertad.


Balthus y las nínfulas resplandecientes

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 22 de febrero de 2015.

Balthus

Balthus y las nínfulas resplandecientes

Ana Clavel

Descubrir al pintor Balthus es una revelación de la luz y la pureza. Contemplar, por ejemplo, en el Metropolitan Museum of Art, El sueño de Teresa, es sumergirse en un cuadro que irradia luz propia desde la placidez tensa de una pequeña nínfula y es situarse ante un estado de gracia fuera del tiempo.

En el tema de las niñas resplandecientes pintadas por Balthasar Klossowski de Rola, alias Balthus (1908-2001), convergen los intentos de capturar la inocencia y el estado edénico de la infancia y la preadolescencia plasmados por un abanico de pintores, grabadores, ilustradores previos: John William Waterhouse, Dante Gabriel Rosetti, Joanna Boyce, John Everett Millais, William Blake Richmond, Gustave Doré, Adolphe-William Bouguereau, Carl Larsson, entre otros. También están presentes un espectro de fotógrafos encabezados por el mismísimo Lewis Carroll: John Whistler, Henry Peach Robinson, Julia Margaret Cameron.

Pero lo que convierte en singular la propuesta estética de Balthus es la tradición pictórica renacentista derivada de Masaccio y Piero de la Francesca para conferir al tema de las niñas una dimensión clásica, mitológica, religiosa. En sus Memorias (DeBolsillo 2003), no se cansa de insistir en el carácter sagrado de sus propuestas: una mística en torno al estado edénico de sus pequeñas modelos.

Se ha dicho que mis niñas desvestidas son eróticas. Nunca las pinté con esa intención, que las habría convertido en anecdóticas, superfluas. Porque yo pretendía justamente lo contrario, rodearlas de un aura de silencio y profundidad, crear un vértigo a su alrededor. Por eso las consideraba ángeles. Seres llegados de fuera, del cielo, de un ideal, de un lugar que se entreabrió de repente y atravesó el tiempo, y deja su huella maravillada, encantada o simplemente de icono […] lo que me preocupa es su lenta transformación del estado de ángel al estado de niña, poder captar ese instante de lo que podría llamarse un pasaje.

Pero detengámonos un momento. Apreciemos con detalle Le rêve de Thérèse de 1938. Observemos la luz que incide en la piel de la joven Thérèse Blanchard, de doce o trece años, develándola como un ángel pubescente que resplandece ante nuestros ojos por más que ella se encuentre con los ojos cerrados, vuelta hacia sí misma, como en el goce de su propia irradiación. Hay elementos que sitúan la escena de este poder nínfico, semejante al que ejerce la Lolita nabokoviana, en este mundo y no en el empíreo: el paño arrugado sobre una mesa lateral, una silla al descuido, el gato dócil que toma leche a los pies de la pequeña diosa, nos sitúan en la cotidianidad fehaciente de la vida diaria. Pero el cuadro nos obliga a recorrer una y otra vez con la mirada las líneas de tensión de los brazos, la displicencia de la pierna encogida que Teresa, en el ensueño, parece mover acompasadamente…

Tuve el privilegio de ver la pintura original en el Metropolitan. Minutos eternos para hurgar con la mirada. De pronto, reparé en su pubis, agazapado en el ángulo que forma una pierna doblada sobre el diván. Entonces entreví el prodigio: me di cuenta que Balthus había pintado fielmente esa “lenta transformación del estado de ángel al estado de niña”; que había captado de forma literal “ese instante de lo que podría llamarse un pasaje”. Ahí está pero la gente no lo mira, como si no se atreviera a constatar el misterio de esa inefable forma de belleza palpitante: el calzón blanco revela una pequeña mancha rojiza, sutil, un rastro apenas pero innegable de menstruación. Constaté entonces esa enunciación de la gracia de la que hablaba el pintor. También vislumbré por qué el poeta Rilke había dicho que “todo ángel es terrible”.

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Las ciudades y los dones

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 5 de julio de 2015. http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Las+ciudades+y+los+dones-3976

Las ciudades y los dones

Ana Clavel

Viñeta de Eko para Domingo de El Universal

Viñeta de Eko para Domingo de El Universal

“No hallarás otra tierra ni otro mar / La ciudad irá en ti siempre”, dice en un afamado poema Constantino Cavafis. Porque, de algún modo, al viajar y buscar otros horizontes, uno nunca puede desprenderse del todo de la ciudad o del mundo que lleva consigo.

Ya sea “ojerosa y pintada” en palabras de López Velarde, ya sea “negra o colérica o mansa o cruel, / o fastidiosa nada más: sencillamente tibia” en versos de Efraín Huerta, yo también llevo mi ciudad a cuestas con todo su vaticinio de mansedumbre y tormenta.

Pero viajar conlleva también incorporar otras ciudades a la constelación interior. De tal modo que en el regreso de todo viaje refulgen como joyas algunas instantáneas de los lugares por donde se ha deambulado. Somos, en consecuencia, todas las ciudades que hemos visitado, las que han pasado por nosotros dejando su huella y que así nos habitan. Si uno enumera algunos de esos momentos de la memoria titilante, tendría forzosamente que empezar ofreciendo las gracias, como lo hizo el bibliotecario ciego al que en un gesto de “magnífica ironía”  le fueron conferidos “a la vez los libros y la noche”:

Por la Alhambra de Granada en cuyos jardines perfumados de rosas y jazmines una pareja de muchachos —hermosos y puros como la pareja original— cortó un higo y lo comió sin que se desencadenara ninguna catástrofe.

Por Estambul y su mar de Mármara que parecía un grabado medieval con sus espumas infantiles al paso de los barcos. También por su palacio sumergido  de Yerebatan, en donde es posible caminar como por los laberintos de un sueño hasta toparse con la cabeza de Medusa —de mármol y musgo verde tierno enjoyada— sin morir en el intento.

Por el hombre de gruesos lentes de fondo de botella que en una esquina de la Gran Vía de Madrid, de pie y frente al tráfico y el mundo, se gastaba las pocas baterías de sus ojos leyendo la América descubierta por Franz Kafka.

Por Beirut que me dio un libro en francés y en árabe, pero antes la amenaza acechante de la guerra con aquel tanque que recorría la calle aledaña a la Université de Saint-Joseph como si fuera una bicicleta para el verano.

Por Río de Janeiro donde un amor quiso perderse en el licencioso barrio de Lapa y terminó más bien perdiéndome a mí.

Por la mano monumental que en Punta del Este sonríe y saluda desde la arena y que nos habla de cómo el hombre puede ser infinito en su capacidad de jugar con las estrellas.

Por Dublín y el corazón de San Lorenzo O’Toole que después de muerto en el año 1180 seguía latiendo en un relicario en forma de corazón en la catedral de la Santísima Trinidad.

Por Budapest en cuyo puente de las Cadenas creí ver o vi a Alina Reyes ya no ajena y lejana como en el cuento de Cortázar, sino tan íntima y cercana que al separarme de su abrazo dejé de saber si era ella o yo quien retomaba el camino hacia México.

Por Buenos Aires y sus calles de “jacarandás” en flor que se abrieron todas a un tiempo azul plúmbago para recibirme. El Buenos Aires de la Recoleta que me dio a un mismo tiempo a Pierre Menard y a ese otro argentino hermoso que no me amó.

Por las íntimas ciudades que aquí no menciono, pero sí ese otro poema que habla de los dones y que no me cansaré de agradecer jamás.

Por la vikinga Norwich y su histórico Dragon Hall, en cuyo interior la filigrana en madera de un dragón vuela sobre las cabezas de los escritores que se reúnen en su Festival de Literatura, año con año, como la promesa cumplida de un mundo de imaginación y deseos encarnados en libros.

Por esa gracia que nos permite, a pesar de todas las devastaciones y las pesadillas, agradecer los sueños y los viajes, las ciudades y los dones que nos inventan desde las sombras y el deseo.


Fotografiar la pureza

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 8 de marzo de 2015 http: //www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Fotografiar+la+pureza-3472

Fotografiar la pureza

Ana Clavel

Alicebeggar

El 18 de marzo de 1856 el reverendo Dodgson compró una cámara fotográfica de 15 libras. Así nació una pasión excepcional del célebre autor de Alicia en el País de las Maravillas, que había firmado con el nombre de pluma de “Lewis Carroll”. Poco a poco, a las tomas iniciales de grupos familiares y personalidades de la época, fue cobrando importancia la fotografía de niñas: naturales, disfrazadas y, a partir de 1867, desnudas. Niñas a las que conquistaba con juegos de ingenio, con historias, dibujos, regalos, con la aquiescencia de sus madres.

El hermoso retrato de Alicia pordiosera, la Alice Liddell de 10 años que inspiraría la novela, es de 1858. De este modo, Carroll inauguraría una fascinación por plasmar la inocencia de la infancia, que no pocos han calificado de paidofílica. Sin embargo, para el fotógrafo húngaro Brassaï, “Carroll nunca amó —aunque él así lo creyera sinceramente— a una u otra niña, sino, a través de ella, a un cierto estado fugitivo, transitorio, ese breve instante del alba que despunta entre el día y la noche”. Por eso fue tan importante la fotografía para nuestro artista: porque era el medio para preservar en el tiempo la pureza de sus niñas, para fijar su belleza fugaz. Así fue también, al seguir el curso sinuoso de su pasión, que contribuyó a sentar las bases del mito de la enfant fatale.

Las fotografías de disfraces muy pronto derivaron al desnudo. Varios son los eufemismos que Carroll utiliza en su diario cuando logra que sus pequeñas modelos posen en camisón o sin prenda alguna: “vestidas de nada”, “vestido de noche”, “una modelo indiferente en cuanto a su vestido”. Por supuesto, eran acompañadas de sus madres que, en principio, de acuerdo con la visión de pureza victoriana respecto a la infancia, no veían nada malo en el cuerpo desnudo de los niños. Pero muy pronto debieron de inquietarse ante la propensión del fotógrafo por desvestir a sus hijas. Y de incluso alarmarse ante el hecho de que conservara los negativos de los que podrían imprimirse infinidad de copias.

El camino no tenía retorno. De los placeres de la fotografía, situados en un principio en lograr una maestría técnica, Carroll pasó a la contemplación de la inocencia a través de las largas sesiones que imponía la fotografía de ese entonces y, de manera culminante, al atesoramiento de los negativos y las impresiones que posibilitaban volver a situarse frente a la Belleza cada vez que se las contemplaba. Ni más ni menos que el tránsito que va de los placeres del voyeur, al fetichismo más febril que tarde o temprano resultaría inaceptable para los otros y para él mismo.

De ahí que en 1880, 18 años antes de su muerte, abandonara abruptamente la fotografía. No obstante esa renuncia, con Carroll asistimos no tanto a la entronización de la nínfula como un personaje literario a la manera de Nabokov y su clásica Lolita, sino al nacimiento de la hermana menor del mito a través de su registro fotográfico con las diferentes niñas que atesoró para la posteridad: un centenar de imágenes de pequeñas deliciosas, ensoñadoras, misteriosas, y apenas cuatro imágenes de desnudos inquietantes, coloreados a mano, que se han conservado, no obstante la resolución final del autor de quemar los negativos.

Las cuatro fotografías de desnudos que sobreviven fueron preservadas por las familias de las modelos y adquiridas posteriormente por la Rosenbach Foundation en los años 50 del siglo pasado. Después constituirían el núcleo del libro editado por M. N. Cohen, Lewis Carroll, Photographer of Children: Four Nude Studies (1978). Un libro hermoso y perturbador como lo es vislumbrar de manera frontal el deseo y las maneras misteriosas en que obra en nosotros.

Evelyn Hatch, 1872. Fotografía tomada por Carroll, impresa en vidrio, con retoques de óleo. La impresión fue encargada por el autor, a partir de uno de sus negativos, a una casa de impresión fotográfica profesional

Evelyn Hatch, 1872. Fotografía tomada por Carroll, impresa en vidrio, con retoques de óleo.