Las ciudades y los dones

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 5 de julio de 2015. http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Las+ciudades+y+los+dones-3976

Las ciudades y los dones

Ana Clavel

Viñeta de Eko para Domingo de El Universal

Viñeta de Eko para Domingo de El Universal

“No hallarás otra tierra ni otro mar / La ciudad irá en ti siempre”, dice en un afamado poema Constantino Cavafis. Porque, de algún modo, al viajar y buscar otros horizontes, uno nunca puede desprenderse del todo de la ciudad o del mundo que lleva consigo.

Ya sea “ojerosa y pintada” en palabras de López Velarde, ya sea “negra o colérica o mansa o cruel, / o fastidiosa nada más: sencillamente tibia” en versos de Efraín Huerta, yo también llevo mi ciudad a cuestas con todo su vaticinio de mansedumbre y tormenta.

Pero viajar conlleva también incorporar otras ciudades a la constelación interior. De tal modo que en el regreso de todo viaje refulgen como joyas algunas instantáneas de los lugares por donde se ha deambulado. Somos, en consecuencia, todas las ciudades que hemos visitado, las que han pasado por nosotros dejando su huella y que así nos habitan. Si uno enumera algunos de esos momentos de la memoria titilante, tendría forzosamente que empezar ofreciendo las gracias, como lo hizo el bibliotecario ciego al que en un gesto de “magnífica ironía”  le fueron conferidos “a la vez los libros y la noche”:

Por la Alhambra de Granada en cuyos jardines perfumados de rosas y jazmines una pareja de muchachos —hermosos y puros como la pareja original— cortó un higo y lo comió sin que se desencadenara ninguna catástrofe.

Por Estambul y su mar de Mármara que parecía un grabado medieval con sus espumas infantiles al paso de los barcos. También por su palacio sumergido  de Yerebatan, en donde es posible caminar como por los laberintos de un sueño hasta toparse con la cabeza de Medusa —de mármol y musgo verde tierno enjoyada— sin morir en el intento.

Por el hombre de gruesos lentes de fondo de botella que en una esquina de la Gran Vía de Madrid, de pie y frente al tráfico y el mundo, se gastaba las pocas baterías de sus ojos leyendo la América descubierta por Franz Kafka.

Por Beirut que me dio un libro en francés y en árabe, pero antes la amenaza acechante de la guerra con aquel tanque que recorría la calle aledaña a la Université de Saint-Joseph como si fuera una bicicleta para el verano.

Por Río de Janeiro donde un amor quiso perderse en el licencioso barrio de Lapa y terminó más bien perdiéndome a mí.

Por la mano monumental que en Punta del Este sonríe y saluda desde la arena y que nos habla de cómo el hombre puede ser infinito en su capacidad de jugar con las estrellas.

Por Dublín y el corazón de San Lorenzo O’Toole que después de muerto en el año 1180 seguía latiendo en un relicario en forma de corazón en la catedral de la Santísima Trinidad.

Por Budapest en cuyo puente de las Cadenas creí ver o vi a Alina Reyes ya no ajena y lejana como en el cuento de Cortázar, sino tan íntima y cercana que al separarme de su abrazo dejé de saber si era ella o yo quien retomaba el camino hacia México.

Por Buenos Aires y sus calles de “jacarandás” en flor que se abrieron todas a un tiempo azul plúmbago para recibirme. El Buenos Aires de la Recoleta que me dio a un mismo tiempo a Pierre Menard y a ese otro argentino hermoso que no me amó.

Por las íntimas ciudades que aquí no menciono, pero sí ese otro poema que habla de los dones y que no me cansaré de agradecer jamás.

Por la vikinga Norwich y su histórico Dragon Hall, en cuyo interior la filigrana en madera de un dragón vuela sobre las cabezas de los escritores que se reúnen en su Festival de Literatura, año con año, como la promesa cumplida de un mundo de imaginación y deseos encarnados en libros.

Por esa gracia que nos permite, a pesar de todas las devastaciones y las pesadillas, agradecer los sueños y los viajes, las ciudades y los dones que nos inventan desde las sombras y el deseo.


Prohibido pasar

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 10 de mayo de 2015.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Prohibido+pasar-3732

 

Prohibido pasar

Ana Clavel

 

Basta con que alguien ponga un letrero de “prohibido tocar” para que nos surja un cosquilleo en la punta de los dedos. Claro, se trata de la transgresión y su poder sobre nosotros. Ahí está por supuesto la manzana de Eva y Adán y el imperativo: “Del fruto de este árbol no comerás” para que se desencadenara toda la historia de la culpa y de nuestra civilización. Es que, al parecer, lo prohibido tiene dedos, tacto. Por eso nos “tienta”. ¿No es tentar, la tentación, una metáfora en sí misma y perfecta? Es que siempre pensamos con el cuerpo por más que creamos que lo hacemos con la cabeza — y a final de cuentas no se nos olvide que el cerebro también es cuerpo.

 

Ana Clavel y Paul Alarcón, La censura también es fuente, 2005.

Ana Clavel y Paul Alarcón, La censura también es fuente, 2005.

 En el comienzo de la famosa película El ciudadano Kane (1941) aparece en primer plano un letrero en una reja: “No trespassing” (No pasar), mensaje inquietante que más que inhibirnos nos invita a dejar atrás las vallas de lo permitido para incursionar en la vida de un personaje egocéntrico, millonario y solitario, que antes de morir ha dicho una palabra misteriosa: “Rosebud”. Pero ni amigos ni periodistas atinan a encontrar su significado porque representa un recuerdo infantil que sólo al traspasar los límites conocidos, nos es posible vislumbrar en todo su fulgor de paraíso perdido.

La novela El nombre de la rosa (1980) de Umberto Eco da cuenta de una serie de asesinatos en una abadía medieval, donde se oculta la existencia de un libro peligroso: un tratado sobre el arte de la comedia y la risa liberadora, presuntamente escrito por Aristóteles. Todo aquel que intenta incursionar en su lectura, deberá pagar con una muerte cruel, su atrevimiento. Pero no por ello los ávidos lectores se detienen y se arriesgan con delectación en saborear lo prohibido.

Hace unos años publiqué una novela llamada Cuerpo náufrago en cuya portada me propuse intervenir un desnudo femenino del pintor Ingres: La fuente de 1856. A pesar de que se trataba de una pintura, los editores me advirtieron que habría librerías que no estarían dispuestas a mostrar la imagen en sus anaqueles. Entonces se me ocurrió usar esas bandas amarillas como las que se emplean para señalar precaución y peligro, y las dispuse sobre senos y pubis de la modelo con la leyenda “Prohibido pasar / Zona de riesgo”. Como la novela tenía que ver con la idea de que, más que almas encarceladas en la prisión de la carne, somos cuerpos aprisionados por nuestras mentes, las bandas ponían en evidencia los prejuicios e inhibiciones acerca de ese paraíso inmediato que surge a partir de nuestra piel. La imagen resultante fue todavía más seductora porque incitaba a traspasar lo prohibido de una manera provocadora y a la vez sutil.

PORTADA LIBRO JANE LAVERY

Recientemente apareció en Reino Unido el libro de Jane Lavery: The Art of Ana Clavel / Ghosts, urinals, dolls, shadows & Outlaw desires, publicado por la prestigiada Legenda Books, editorial especializada en estudios de arte y humanísticos. En su ensayo, la investigadora de la Universidad de Southampton pone atención en el carácter transgresor y la temática de deseos ilícitos que aborda, en su narrativa y en los multimedias que ha generado alrededor de sus novelas, cierta autora de cuyo nombre no puedo olvidarme. Casi 300 páginas de un estudio riguroso y un andamiaje teórico para revisar la obra de esta “escritora multimedia” mexicana contemporánea. Y pensar que todo empezó cuando la Dra. Lavery descubrió un día el portal www.cuerponaufrago.com y al pasar el cursor sobre las bandas que ocultaban las zonas de riesgo de la imagen de la portada —ah… la magia digital—, éstas se desprendieron como una invitación a trasponer los límites, a transitar justamente por donde decía “prohibido pasar”. Y luego, siguió el camino de su propio deseo.


¿Nínfula o ninfeta?

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 8 de febrero de 2015.

¿Nínfula o ninfeta?

Ana Clavel

 David Hamilton, Age of Innocence, 1995

David Hamilton, Age of Innocence, 1995

Con Lolita, el escritor ruso Vladimir Nabokov inauguró en 1955 un mito y dio a conocer un singular espécimen. El mito: la enfant fatale. El espécimen: la “nínfula”. Sin embargo, lectores y seguidores del libro suelen toparse con la versión “ninfeta” para designar a la adolescente que irradia una “gracia letal” desde sus páginas, y que sume a su protagonista cuarentón en los abismos de la tentación y el deseo. Etimológicamente “ninfa” proviene del griego νύμφη: novia, la que porta un velo. El Diccionario de la Real Academia la define como “cada una de las fabulosas deidades de las aguas, bosques, selvas”. Otra acepción ahí consignada se refiere a los insectos de metamorfosis intermedia, estado juvenil de menor tamaño que el adulto, con incompleto desarrollo de las alas, que es, en lo referente a la edad temprana, la acepción más cercana al concepto empleado por Nabokov en su novela:

“Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana (o sea demoníaca); propongo llamar “nínfulas” a esas criaturas escogidas.”

Nabokov utiliza la palabra inglesa nymphet en el original de su libro, razón por la cual los estudiosos de habla hispana que han leído la obra en inglés, suelen usar el término “ninfeta” en vez de “nínfula”, que es como aparece en la traducción que circula en español desde 1959, realizada por Enrique Tejedor, pseudónimo del argentino Enrique Pezzoni.

En un artículo aparecido en la revista Letras Libres en 2001, Ernesto Hernández Busto consigna una lista de omisiones y distorsiones debidas a la censura de Tejedor sobre todo en materia sexual, que nos recuerdan la veracidad del famoso dicho: Traduttore, traditore (traductor, traidor). Pero, en lo referente a la decisión de cómo se nombró ahí a la pequeña ninfa, salvo por quienes se refieren a Lolita con el anglicismo “ninfeta”, trasladado del original, nadie parece reparar en el hallazgo de la palabra “nínfula”.

Cuando Nabokov decide usar la palabra nymphet para designar a esas pequeñas ninfas de naturaleza demoniaca, emplea un término consignado ya por The Century Dictionary y atribuido al poeta Michael Drayton en 1612, fecha en que publica su extenso poema Poly-Olbion, donde usa la palabra nymphets para referirse a ciertas deidades menores que juguetean en los bosques de Inglaterra.

David Hamilton, fotograma de Bilitis, 1977
David Hamilton, fotograma de Bilitis, 1977

La expresión “nínfula”, en cambio, parece ser una derivación creada por Enrique Tejedor, a partir de la palabra “ninfa” y el sufijo latino –ula: diminutivo femenino. Esta adaptación culta no violenta las reglas del castellano al hacerse eco de nuestra lengua latina madre, y goza, además, de aumentar el grado de sonoridad dulce por el uso de una consonante líquida como la “ele” –una suerte de ensoñación fonética que conocía Nabokov al decir en las líneas iniciales de su obra:

“Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”.

 Los lectores y críticos que conocen el original en inglés suelen sorprenderse de que el traductor al castellano no haya empleado la palabra “ninfeta” –no obstante la tonalidad despectiva que en español sugiere ese anglicismo–, pero lo cierto es que el uso de “nínfula” se ha extendido en la designación de las ninfitas nabokovianas y de todas aquellas otras lolitas que han surgido a partir de entonces. Y tal vez ha sido así por la dulzura de su fonética que la acerca a la esencia sutil, volátil de estos seres perturbadores, sugerida en la frase inicial de la novela: “Lolita, light of my life”. Una de esas ocasiones en que el traductor no es traidor.


Fotografías polémicas

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 22 de marzo de 2015 

Fotografías polémicas

Ana Clavel

shields por garry gross 2

El año 1975 fue el inicio de un escándalo sin precedentes en la vida del fotógrafo norteamericano Garry Gross y de la historia de la fotografía de menores. El motivo: la serie fotográfica que tenía por modelo a la pequeña Brooke Shields, entonces de 10 años, para el libro Sugar and Spice del sello Playboy. En las fotografías, la también protagonista del filme de Louis Malle: Pretty Baby (1978), aparecía desnuda, untada con aceite, frontalmente tentadora. Los desnudos contaron en un principio con la anuencia de Terry Shields, madre de la modelo, por un módico pago de 450 dólares. Pero poco tiempo después, ante la oleada de controversia y censura suscitadas, madre e hija terminaron por demandar al fotógrafo.
En 1981, una joven Shields de 16 años pidió a la Corte Suprema de Manhattan, Nueva York, que prohibiese la reimpresión de las imágenes, aduciendo: “Estas fotos no me representan como soy hoy en día”. La actriz consideraba que la serie de Gross perjudicaba y provocaba un daño irreparable a su carrera. Finalmente, la resolución judicial falló a favor del fotógrafo: por un lado, el juez Pierre Leval dictaminó que las imágenes en cuestión no eran muy diferentes a los papeles que interpretaba habitualmente la joven, y por otro, el juez Greenfield adujo que sólo una mente perversa podría entender que aquello era pornografía.
shields por garry gross 6
Sin embargo, los tiempos recientes no han hecho sino poner en evidencia las filtraciones de lo moralmente correcto, concebido desde una perspectiva neopuritana que permea la actitud política de instituciones, mass media y redes sociales, en un terreno que en principio no debería ser invadido por tales prejuicios: el arte. Más de tres décadas después, la serie de Gross vio resurgir el cuestionamiento y la polémica: en 2009, la Tate Modern Gallery de Londres censuró las imágenes de Richard Prince, basadas en las fotos de Gross, eliminándolas de su exposición Spiritual America. El mismo Scotland Yard tomó cartas en el asunto para que la exposición no fuera abierta al público hasta que no se retiraran las polémicas fotografías que “atentaban contra las leyes de decoro británicas”.
Apenas un año antes, en la exposición temática Controversias. Una historia ética y jurídica de la fotografía, la escandalosa imagen de Shields fue motivo de otra polémica. Y la sede que albergaba la muestra, el Museo Fotográfico del Elíseo de Lausana, Suiza, tuvo que alinearse y prohibir la entrada a menores de 16 años. A la inauguración asistió Gross, quien con ironía y tristeza reconocería: “Sencillamente, son fotos que hoy no podrían hacerse”.
Desde los años 70, David Hamilton, Graham Owden y Jock Sturges, entre los más afamados, habían fotografiado niñas y adolescentes desnudas en series emblemáticas como The Age of Innocence, States of Grace y Radiant Identities, y en mayor o menor medida terminaron por ser censurados, no obstante el nivel de calidad de sus propuestas y la belleza de las mismas. Territorio difícil por la perturbación provocada es también el trabajo de las fotógrafas Sally Mann e Irina Ionesco, quienes en los años 80 y 90 retrataron a sus propios hijos en fotografías que revelan una sensualidad de la infancia que mucho tiene de paradisiaca y a la vez profundamente carnal.
En estos casos, la censura pasa por calificar los trabajos de “pornográficos”, de criminalizarlos por sus tintes “pederásticos” y atentar contra la sensibilidad de las buenas conciencias. Pero se olvida de que el arte es uno de los pocos espacios contemporáneos de ritualización y sublimación del deseo. Un espejo negro donde depurar la mirada para enfrentarnos a nuestras grandezas y debilidades, y exorcizarnos de cuerpo entero.
shields por garry gross 7

La prisión del amor

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 26 de abril de 2015.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/La+prisi%C3%B3n+del+amor+-3679

Maquetación 1

La prisión del amor

Ana Clavel

 

Según Platón somos seres aprisionados en la caverna de una realidad aparente. La famosa alegoría de la “Caverna de Platón” da cuenta de ello: un grupo de hombres encadenados de pies y manos en una cueva se hayan imposibilitados para moverse. Como tampoco pueden girar la cabeza, lo único que hacen es contemplar una de las paredes interiores, donde aparecen las sombras de otros seres que deambulan en el exterior y que son proyectadas ahí por la iluminación de una hoguera. Así pues los hombres encadenados creen que lo que miran son imágenes verdaderas, cuando en realidad son sólo un reflejo de otro mundo. Así da cuenta el filósofo griego de la falaz naturaleza humana aprisionada en una realidad ficticia.

A lo largo de la historia, la metáfora de la prisión ha sido también usada para resumir las limitaciones en que nos sumerge la pasión amorosa. En 1492 Diego de San Pedro publica la novela sentimental Cárcel de amor, en la que su protagonista Leriano se encuentra encadenado por un monstruo llamado Deseo que lo tiraniza y consume hasta la muerte. Una prisión alegórica que busca aleccionar a los profanos para que se cuiden de caer en ese velo que nubla los sentidos y rapta el alma de forma engañosa.

carcel 2

Un pasaje que alude a la naturaleza imaginaria del amor se encuentra en el tratado Sobre el amor (1822) de Stendhal. Ahí su autor habla del enamoramiento como un fenómeno de cristalización, una fantasía del espíritu que se crea de modo semejante a cuando se arroja una frágil ramita en el interior de una mina de sal. Si se la recoge al día siguiente, se la encontrará cuajada de irisados diamantes que la rama original no tenía. En cuanto a la pasión subsecuente, no es gratuito que Stendhal refiera la descripción de una enamorada para quien la presencia del amado es comparable a la ingestión de un veneno, una intoxicación de los sentidos que conlleva la percepción de la muerte.

Pero si la pasión amorosa suele implicar estados de exaltación y sufrimiento, ¿por qué nos entregamos a su dominio y consideramos que no hay vida digna si no se ha amado borrascosamente? Existe un concepto psicoanalítico que en cierta medida podría explicar las cosas: el “goce sufriente”, ese placer enfermizo que derivamos de repetir una experiencia dolorosa porque de ese modo nos reafirma y da razón de ser.

carcel 3

En el espléndido ensayo “La prisión del amor” del escritor mexicano Hernán Lara Zavala (publicado por Taurus en el volumen del mismo título), su autor señala que las mejores novelas del siglo XX enfatizan el “carácter perverso” de las historias de amor. Novelas como Santuario de Faulkner, El coleccionista de Fowles, Lolita de Nabokov, desarrollan protagonistas “que, para poseer por entero al objeto amado, se ven en la necesidad de recurrir a la fuerza para retenerlo, aunque sea de manera ilusoria”. Es así como la metáfora de “la prisión del amor” encarna de una manera literal y extrema, aunque muy pronto nos veamos enfrentados con la paradoja: ¿quién es el verdadero preso: la víctima amada o el victimario-amante-secuestrador?

prison_int

No es gratuito que Lara Zavala culmine su ensayo con la novela de Pauline Réage, Historia de O, relato de la esclavitud sexual de una mujer como una ofrenda total al ser amado, en la que la prisionera se erige a través de la sumisión en soberana de su destino: “Guárdame en esta jaula y aliméntame poco … Todo lo que me acerca a la enfermedad y al límite con la muerte me hace más fiel a ti”.

Esclavitud liberadora que parece hacer suyas las palabras del poeta sirio Adonis: “El pájaro está de paso / La jaula no tiene fin”. Una reflexión que la protagonista de 50 sombras de Grey hubiera podido considerar de no estar tan aprisionada en un erotismo anodino y convencional.