Otros labios, otros paraísos

Columna: A la sombra de los deseos en flor, revista Domingo de El Universal, 3 de noviembre de 2013.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Otros+labios%2C+otros+para%C3%ADsos-1920

Otros labios, otros paraísos

Ana Clavel

Estudios recientes hablan de la metáfora como la forma en que pensamos con nuestros cuerpos. En Philosophy in the Flesh, Lakoff y Johnson argumentan que el pensamiento abstracto no tendría sentido sin la experiencia corporal. Y es que, a menudo se nos olvida, el cerebro también es cuerpo. Cuando en la vida diaria afirmamos que una «persona es cálida», o que una mujer o un hombre son «calientes», estamos acercando un plano sensorial (calidez, ardor) para hacernos una idea de algo más intangible.

 

Fotografía conceptual de Alva Bernadine

Fotografía conceptual de Alva Bernadine

Hay otro tipo de metáforas para aludir a algo que no se desea nombrar, ya sea porque tocamos territorios de pudor y censura, ya sea porque es más sugerente jugar con la variedad de imágenes connotadas. Es el caso de la afamada expresión «la sonrisa vertical» para aludir a la genitalia femenina. Para nadie es un secreto que la designación «labios vaginales» obedece al parecido de la vulva con una boca u ojiva. Así es mencionada desde el muy antiguo Brihad Aranyika Upanishad hasta el poema «Cuerpo a la vista» de Octavio Paz:

«Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable).»

Claude Chappuys, bibliotecario de Francisco I de Francia que también escribía blasones jocosos, dedicó uno al «hueco hermoso de labios sonrojados  de donde el goce proviene». Uno de los amantes de la novela El infierno de Henri Barbusse le dice a su amada al contemplar fascinado la «herida misteriosa que se abre como una boca, sangra como un corazón y vibra como una lira: Es tu verdadera boca».

En su libro Erotismo al rojo blanco, el poeta Elías Nandino crea una metáfora inversa, un camino de retorno que resignifica la fuerza sexual de los labios, cuando dice:

«Es que hay besos que valen mucho más

que un coito completo;

porque son tan carnales,

de veras,

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que nos dejan las bocas

con dolor de caderas.»

 

Un secreto diálogo de metáforas se resume en esta frase del dramaturgo argentino Alfredo Arias, capaz de provocarnos una sonrisa cómplice: «La risa es el orgasmo del rostro». Aunque no todas las sonrisas tienen un carácter erótico, sí nos hablan de la capacidad de goce de quien las esboza. Es sabido que la risa nos coloca en un lugar fuera del tiempo, como también sucede con el éxtasis amoroso. No es casual entonces que esas otras bocas ocultas, sonrían, e incluso lleguen a lanzar una carcajada gozosa de tumbos y oleadas interiores. «Punto de contacto / donde las palabras terminan / y los cuerpos siguen», como escribe Marge Piercy en el poema «Meditación en mi posición preferida».

Es muy cierto que hay rostros que prometen y sugieren con sólo sonreír. No sé si por influencia de la afamada expresión que enlaza la sonrisa con la genitalidad, pero he llegado a creer que los labios gráciles de la Mona Lisa resultan tan enigmáticos precisamente porque evocan esos otros labios carnales –y los paraísos terrenales sin nombre que son capaces de desencadenar.

San Juan, Wittgenstein y los buenos amantes saben muy bien que, lo mismo en el éxtasis que en la iluminación, abandonamos el lenguaje para habitar el balbuceo o el grito celebratorio. Después, en la reconstrucción, recurrimos a ese manantial de imágenes y representaciones que es la metáfora amatoria: otra forma de pensar con nuestros cuerpos, de sonreír y recuperar el Paraíso.


Acariciar al gato

Columna “A la sombra de los deseos en flor”, revista Domingo de El Universal, 17 de marzo de 2013. http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Acariciar+al+gato-1337

De todo el orbe animal sólo el gato es perfecto. Los adjetivos se desbordan para dar fe de su enigma: hechizante, orgulloso, profundísimo, irreverente, inmaculado, gimnástico, perezoso.

Acariciar al gato

Ana Clavel

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De todo el orbe animal sólo el gato es perfecto. Los adjetivos se desbordan para dar fe de su enigma: hechizante, orgulloso, profundísimo, irreverente, inmaculado, gimnástico, perezoso. El poeta Pablo Neruda nos recuerda la elástica curva de su lomo, firme y sutil como «la línea de la proa de una nave». No son pocos los que le tributan una admiración sin par. Como Leonardo da Vinci quien afirmó: «el más pequeño gato es una obra maestra». Se equivocan aquellos que lo tildan de egoísta e indiferente: es que no han sido amados por un gato, ni disfrutado el terciopelo de su fricción sensual, sus manitas impecables, sus besos tenues… Algo de esta dicha conoció el libresco Borges quien le dedicó un poema a su pequeño «Beppo», no sin antes sonreír al recordar que así se llamaba también el gato de Lord Byron.

Muchos escritores se han dejado fotografiar con sus mascotas preferidas en imágenes memorables: Mishima, Hemingway, Kerouac, Cocteau, Foucault, Cortázar, Elena Garro, Monsiváis y un largo etcétera. La fascinación que ejerce en nosotros quizá tenga que ver con la magia hipnótica del fuego y la contemplación que nos sumerge en los misterios inefables de la belleza.

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Muchos cuadros se han pintado de madonas, vírgenes, cortesanas en los que la presencia de algún minino retozón o taciturno no hace sino atraer los sublimes cielos del arte a la vida cotidiana. ¿Cómo no recordar a la frontal y complaciente Olympia de Manet con su gato erizado al sorprendernos espiándola? ¿O las nínfulas resplandecientes de Balthus tan plenas de gracia e indiferencia como los gatitos que las acompañan? Es sabido que Balthus fue devoto de las ninfas adolescentes y de los gatos eternos. Una de sus primeras series estuvo dedicada a Mitsou, una mascota de su niñez. Muchos años después se pintaría a sí mismo como un hombre-gato poderoso, con el trinche y un cuchillo afilado, dispuesto a devorar un arco iris de peces que surge del mar y se derrama directamente sobre su plato dispuesto y anhelante.

Baudelaire le dedicó varios poemas en sus Flores del mal y comparó su piel eléctrica con la de la mujer, lo mismo que su mirada, «fría y profunda, capaz de herir como un dardo». No son pocos los que han equiparado la esencia del gato con la de la mujer. En sus representaciones más antiguas se le adjudica un status divino. Así, la diosa egipcia Bastet, patrona de la danza, la alegría y la maternidad, era representada con cabeza de gata. El carruaje de Freya, diosa nórdica de la sexualidad y la lujuria, era tirado por un par de felinos. En cambio en la Edad Media se le asoció con el diablo y la brujería, y llegó a ser un espectáculo la quema de gatos en las hogueras de la noche de San Juan.

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Veneración o temor, como esa otra figura a la que frecuentemente se le asocia: la mujer, a veces idealizada como la femme fragile o satanizada como la femme fatale. Bob Crane, creador de Batman y Gatúbela, solía decir: «Los gatos son tan difíciles de entender como las mujeres». En cambio, Charles Bukowski no se cansó de alabar a la mujer sensual, hembra mayor de los felinos, en su poema «¿Has besado alguna vez a una pantera?».

Víctor Hugo añadió a la lista de virtudes del Felis catus un goce tentador al señalar que Dios creó al gato para brindar al hombre el placer de acariciar un tigre –o en su caso, una tigresa–. Algo muy semejante a lo que escribió José Emilio Pacheco: «Gato/ Ven, acércate más./ Eres mi oportunidad / de acariciar al tigre/ –y de citar a Baudelaire». Es que el gato despierta caricias con sólo mirarlo. Como sucede con todo objeto del deseo que nos hace sus vasallos.


Las ninfas en la mirada de Élmer Mendoza

  • Élmer Mendoza escribe sobre Las Ninfas a veces sonríen

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El Universal

20 de agosto de 2013

http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2013/08/66088.php

Élmer Mendoza
Ana Clavel

Ana Clavel es una novelista del cuerpo. Cada una de sus entregas es el
cuento de cómo los seres humanos somos los dueños de un universo de
suavidades y cavidades que es necesario nombrar por su capacidad de
unificar pensamientos dispersos. El poder, la violencia, la religión o las
enfermedades desaparecen al primer llamado. Ah cómo crece y palpita
el lenguaje en estas líneas que escurren como si salieron de la cálida
matriz del cosmos. En su novela Las ninfas a veces sonríen, publicada
por Alfaguara en México en noviembre de 2012, cada página es una
vibración que se comparte como una forma de salvar a la raza humana.
Ana Clavel, que nació en la ciudad de México en 1961, es la gran
creadora de atmósferas de deseo en la literatura mexicana. En la novela
que nos ocupa, desarrolla el instinto erótico de Ada, una princesa de un reino cercano, que con cada experiencia no
sólo aprende a ir más segura por el mundo, sino a ser feliz justo con lo que es suyo y de nadie más: su cuerpo. Ada
no teme a la proximidad masculina, por el contrario, entiende que esa rica mezcla de sensaciones es el placer y que
no pocas veces es prohibido. Ada, es mucho más atrevida que Lolita, por ejemplo, y nada manipuladora, puesto que
algo le dice que ha nacido para el placer y que es una especie de sacerdotisa del cuerpo. “Mi mirada en el espejo
era el más amoroso y violento de los besos”, afirma quien sabe de la fuerza de sus ardores.

Las ninfas a veces Archivo Alfaguara 2
Las ninfas a veces sonríen es una novela de seducción contada en primera persona. Es rica en expresiones suaves,
esas que erizan las ganas y consiguen que el lector busque una ventana para ver si alguna nínfula pasa en ese
momento por la calle o pasea por el jardín olisqueando las flores, ligera como una chuparrosa. Lengua, boca, labios,
succión, su olor me abre; “caballero de manos dulces”, “me cobijó entre el compás de sus piernas”, “se subió las
enaguas y lo obligó a lamer el fruto oscuro, de sabor agrio, que tenía entre las piernas”, son algunas de las
expresiones con que la personaje se explica lo que le pasa a ella y lo que ocurre alrededor. Ana Clavel escribe con
estilo. En su discurso todo parece natural, se siente que esos cuerpos jóvenes lo único que hacen es vivir las etapas
necesarias para descubrir las delicias del cuerpo y de la vida, “el placer torbellino de dejarse sorber por el goce y la
voluntad del otro”, y no olviden que hay que comer y bailar que el mundo se va a acabar.
Ada es una nínfula que crece feliz. Supo cómo convivir con faunos de cascos centelleantes, saciar su curiosidad y
celebrar cada encuentro como una pieza única. Madura ya nos cuenta de amantes especiales, entre ellos el
ginecólogo de manos largas que le ayudó a ser madre en un parto natural. También su experiencia con un príncipe
de semen azul sin dejar fuera al primo providencial que toda chica de familia decente tiene a mano. Ada tampoco
careció del tío lubricoso y de una numerosa cohorte de amigos de sus hermanas mayores. Qué haríamos sin el amor
filial, ¿verdad? Con ese estilo suave de una novelista que no se interesa por el paso del tiempo, Clavel nos conduce,
con mano segura por esa historia hecha de respuestas para preguntas que uno no había pensado pero que de seguro,
en algún momento de su vida, se iba a formular. Entre ellas la respuesta maestra que al final es la que hace este
mundo posible: las mujeres y los hombres no son iguales. Sobre todo en este espacio, de capítulos breves pero
sustanciosos, donde no hay frutos prohibidos.
En esta novela se celebra la vida. Las sudoraciones corporales, las miradas, el concepto de Paraíso, el aleteo de las
mariposas, las falsas casualidades; se mencionan la cerezas y la ambrosía como instrumentos de pasión, se jerarquiza
esa “sombra deseante de los misterios de su aroma”, la enseñanza de que, “es propio del amor saber sin haber
aprendido”, o aquello de que “los ojos también tienen tacto”; queda claro que un hombre y una mujer están aquí
para encontrarse, tocarse y sublimar la palabra hecha susurro, cuando se supera “el goce de ser perseguida”. Nadie
se atreverá a negar la fuerza de los intersticios.
Las ninfas a veces sonríen, es muy clara: El sexo es la única fuente de la eterna juventud. La pasión es el exclusivo
alimento contra el abismo. Un encuentro sexual es el camino de la gloria y el primer paso para obtener las llaves del
reino. Ana Clavel nos cuenta y nos invita a llevar una vida correcta y productiva, sin olvidar a nuestro cuerpo, “que
siempre será virgen”.

El cuerpo de las mujeres

«Me dicen que cómo me siento orgullosa de ser puta», ironiza Luna Bella para luego reconocer que gracias a la prostitución tiene miles de seguidores, un sueldo envidiable, un lugar de respeto en su propia casa por ser la proveedora familiar, la posibilidad de costearse la carrera de Comunicación en la UANL pues sabe que un día «acabará su belleza y será un producto de desecho en el negocio del sexo».

Ma il loro costo è notevolmente più basso, in Italia nel dicembre del 2013 erano venduti 2, ma a causa della mancanza di interesse per il sesso, scegliendo italian Farmacia ottenere il prodotto originale dalla nota azienda produttrice. Sperimentare l’efficacia di quanto offriamo e controllare tutti i documenti a corredo, se durante la sua vita, dal momento che l’alcol può provocare gli effetti collaterali.

 

El cuerpo de las mujeres

Ana Clavel

En un video que circula en la red desde hace meses, Il corpe delle done, la periodista Lorella Zanardo examina el uso actual del cuerpo femenino en la televisión italiana. Ver a las mujeres cortadas con la misma tijera -o bisturí-, fungir de muñequitas decorativas y bobas, estilizados trozos de suculenta carne, obliga a pensar que, a despecho de todo humanismo, hemos regresado a una edad bárbara en la que se banaliza y se violenta la individualidad, el rostro, lo auténtico de cada persona.

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Dice Lipovetsky en su libro la Era del vacío que con el universo de los objetos, de la publicidad, de los mass media, el individuo ya no tiene un peso propio, ha sido incorporado al proceso del consumo y la obsolescencia más acelerada, formas de control de los poderes actuales que se dedican a producir y organizar lo que debe ser la vida de las personas hasta en sus deseos más íntimos.

Un caso para reflexionar es el que nos plantea la joven Luna Bella, entrevistada recientemente por la revista Proceso. Striper, sexoservidora y universitaria, Luna Bella, como se firma en su concurrido blog, o «Mackye», su nombre de batalla en un conocido table de Monterrey, desconcierta no sólo por su belleza, sino por sus desinhibidos 21 años y la claridad de sus miras. «Me dicen que cómo me siento orgullosa de ser puta», ironiza Luna Bella para luego reconocer que gracias a la prostitución tiene miles de seguidores, un sueldo envidiable, un lugar de respeto en su propia casa por ser la proveedora familiar, la posibilidad de costearse la carrera de Comunicación en la UANL pues sabe que un día «acabará su belleza y será un producto de desecho en el negocio del sexo». Mientras tal acontece, Luna Bella disfruta de excitar: le gustan los piropos que le dicen sus compañeros de facultad que saben a qué se dedica y juega con sus seguidores como en el video que grabaron de una sesión espontánea de table en un vagón del metro Utopía de la ciudad de Monterrey, y en el que se desnudó para embeleso de la mayoría de los usuarios. No deja de ser por lo menos sorprendente que Luna Bella sea capaz, con desparpajo y sentido del humor, de asumir su circunstancia y sus decisiones, en un medio en el que muchas de las mujeres que ejercen el oficio son victimizadas y explotadas a niveles de esclavitud, como en los lamentables casos de prostitución forzada reportados recientemente en el DF.

Críticas a favor y en contra, recuerdan el caso de la escritora, prostituta, activista social suiza Grisélidis Réal, cuyos controvertidos restos reposan a espaldas de la tumba del escritor Jorge Luis Borges en Ginebra, quien hizo de la prostitución un medio inicial de supervivencia para transformarlo después en un acto contestatario de la doble moral imperante. Qué lejos y cuán cerca el año de 1865 en que París se escandalizó por el desnudo de la prostituta Victorine Meurent, en el afamado cuadro de Manet, bautizado por Baudelaire como Olympia.

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Un cuadro donde la modelo en vez de agachar la mirada y convertirse en la musa atribulada, la Magdalena redimida, enfrenta al espectador y lo observa con la fuerza de su desnudez. Muchos han cantado y endulzado las hieles de las putas. Ahí está el poema de Tablada («Ángeles de la Guarda de las tímidas vírgenes»), el de Jaime Sabines que urge a canonizarlas, o la canción de Joaquín Sabina de tintes sacrílegos.

En el territorio minado de la realidad inmediata, se necesita dignidad e inteligencia para asumir la parte que nos corresponde por los actos propios. Muchos califican a Luna Bella de desfachatez y cinismo. Yo no puedo dejar de pensar en lo que sucede cuando «la más puta de todas las señoras», la mujer-objeto por antonomasia, te devuelve la mirada con lucidez.

Columna «A la sombra de los deseos en flor»

Revista Domingo de El Universal, 8 septiembre 2013

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/El%20cuerpo%20de%20las%20mujeres-1781


Palabras al recibir el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2013

En este país donde cada vez caben menos las metáforas y nos avasalla la realidad de la incertidumbre y la violencia, con diferencias sociales y económicas tan marcadas, la cultura puede ser un punto de encuentro y una convocatoria al diálogo verdadero. 

Tanto el gobierno federal como los gobiernos estatales no debieran sacrificar sus programas de difusión y apoyo a la cultura. Reducir su presupuesto sería sacrificar aún más a un país herido que precisa encontrar en sus dirigentes una señal clara de voluntad para la reconstrucción social, más allá de intereses políticos y económicos.

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Señoras y señores:

«Yo no soy mujer…», solía decirles a los públicos a los que presentaba Las Violetas son flores del deseo (2007), una novela corta cuyo narrador y protagonista es un hombre que cuenta los abismos de una pasión tabú: el deseo por su hija adolescente, Violeta. «Ustedes me ven con cabellos largos y una apariencia femenina, pero yo no soy una mujer… yo soy escritora

Por supuesto, además de aludir a las razones propias de la narración, jugaba al anteponer mi oficio a mi condición de género, pero también es cierto que hablaba de mi compromiso con la escritura, un llamado de las sombras que me despertó una madrugada a los 14 años para dictarme un texto entre rémoras de sueño y los primeros aletazos de la vigilia.

 

Cuando trabajé la novela Cuerpo náufrago (2005) me propuse retomar el Orlando de Virginia Woolf e invertir su premisa: una «ella» que transita hacia un «él» por la fuerza del deseo y la fantasía. También era un homenaje a la Metamorfosis de Kafka y Ovidio, en pleno diálogo con la tradición literaria.

Pero sucedía que en mi caso, quizá por el ritmo de los tiempos que habían cambiado, la presencia del cuerpo era sencillamente irreductible. Antonia/Antón no era homosexual, ni había nacido en un cuerpo equivocado, pero se preguntaba cómo podían ser esos seres que parecían más libres y completos que ella. No la envidia del pene, como dijera Freud, pero sí su fascinación. Y la vuelta de tuerca a través de un objeto transicional: el mingitorio, que en la novela se vuelve un auténtico fetiche que le cuestiona a la protagonista su identidad.

 

Desde entonces se me ha tildado de escritora erótica por unos, y escritora poco feminista por otras… Luego con Las Violetas y su escudriñamiento en el deseo del incesto, se me ha acusado de ser políticamente incorrecta pero varios lectores me han agradecido por hablar del deseo masculino, aunque no sea «fácil que la gente se atreva a plantarse sin trepidación ante un espejo literario para examinar sus propios sentimientos enjaulados».

 

Tanto me hablaban del erotismo en mi escritura que con Las ninfas a veces sonríen decidí entrarle al toro por los cuernos, pero como siempre desde una perspectiva transgresora: el deseo como una posibilidad de goce, sin culpas ni remordimientos, la encarnación del cuerpo como nuestro Paraíso más próximo y auténtico.

 

Decía Henry James que una buena novela es una impresión personal e intensa de la vida. Toda la literatura que vale la pena parte de la singularidad de la visión de quien escribe.

No me imagino a Kafka ni a la Woolf sino siendo cada uno desde la singularidad que les es propia: su pasado, su familia, sus experiencias vitales, su mirada, sus deseos, su corazón, su sexo y, por supuesto, su género. Pero tampoco vamos a supeditar su singularidad a uno solo de sus rasgos.

 

La singularidad es la persona toda. Y la literatura, visión individual, personal, aunque se esfuerce por ser otra cosa y traicionarse. La única manera de ser profundamente universal, decía Alfonso Reyes, es ser profundamente particular. Y tenía razón.

 

 

Gracias a esa mirada singular, por ejemplo, hemos podido reinventar a México y a sus personajes a través de la obra de una escritora entrañable: Elena Poniatowska. Por sus libros hemos entrado en esas habitaciones propias, esas invisibles ciudades interiores que constituyen la vida de los otros, lo mismo de figuras conocidas que de hombres y mujeres de la calle, y volverlos próximos, cercanos, íntimos, humanos.

 

 

Más allá de los disfraces, encarnaciones, etiquetas ser escritora en México ha sido para mí un ejercicio de imaginación y libertad transgresoras. Lo he dicho a manera de juego, pero también como seña de identidad: «Yo no soy mujer… soy escritora».

Uno de los pocos espacios de libertad íntima y auténtica son la escritura y el arte. Y al menos a mí, en mi trabajo, me interesa hacerles lugar, a trasmano de militancias y posiciones de corrección ortopédica y política. Una forma de no ser solamente mujer en México, sin morir en el intento, precisamente ahora que la realidad encarna con brutal literalidad la sutileza y el placer de las metáforas.

 

 

En este país donde cada vez caben menos las metáforas y nos avasalla la realidad de la incertidumbre y la violencia, con diferencias sociales y económicas tan marcadas, la cultura puede ser un punto de encuentro y una convocatoria al diálogo verdadero.

Tanto el gobierno federal como los gobiernos estatales no debieran sacrificar sus programas de difusión y apoyo a la cultura. Reducir su presupuesto sería sacrificar aún más a un país herido que precisa encontrar en sus dirigentes una señal clara de voluntad para la reconstrucción social, más allá de intereses políticos y económicos.

 

En lugar de menos, más presupuesto para la cultura. Que vivan los libros

 México DF a 16 de octubre de 2013

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