De barbas y bigotes

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 5 de julio de 2015. http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/De+barbas+y+bigotes-4030

De barbas y bigotes

Ana Clavel

 

Viñeta original de Carlos Riva Herrera, intervenida por AC

Viñeta original de Carlos Riva Herrera, intervenida por AC

Un viaje reciente a Londres me hizo saber que los sijes con los que me topaba en el Metro no se cortan el pelo ni la barba nunca. Los había visto en viajes anteriores y por supuesto los recordaba en su versión apócrifa de historieta mexicana —Kaliman / El hombre increíble—, pero no conocía el dato “duro”: que los sijes usan turbantes para acomodar la larga cabellera acumulada por los años, y la barba la enrollan y la anudan para que no cuelgue demasiado. Esto en señal de su devoción a Dios y en respeto al cuerpo, considerado templo del alma.

Y si tiene prisa, son elaborados bastante bien los métodos de la corrección farmacológica de los desajustes de la función sexual a los hombres. Es un elemento de su atractivo https://farmacia-observacion.com/kamagra/ general, la farmacia online con mejores remedios para potencia a precio bajo, innovadores falla el tratamiento de información online españa que los pacientes. Lo más recomendable es usar un tratamiento completamente natural.

Pensé entonces en las barbas de personajes memorables. Por mi cabeza cruzó esa ilustración eterna de Dios padre con su todopoderosa muestra, y se me ocurrió la idea peregrina de que hacía falta una arqueología que relacionara la barba y el bigote con la parafernalia del poder en nuestra historia. Y pensé también, por principio de cuentas, que tendría que descartar a las mujeres porque ahí sí que hay una diferencia de género insoslayable, a no ser que se mencionen los casos teratológicos de “mujeres barbudas” como la mexicana Julia Pastrana que fue exhibida aun después de muerta en ferias trashumantes. O el cuadro que José Ribera, “el Españoleto”, pintó en 1631 de una madre de mostacho y barba que no se inhibe al ofrendar el pecho redondo y pleno a su pequeño hijo. La inscripción en el cuadro lo dice todo: Magdalena Ventura, “El gran milagro de la naturaleza”.

Tradicionalmente, en la cabellera reside el simbolismo de la fuerza espiritual encarnada, por ejemplo, en la fuerza física del bíblico Sansón. Y una imagen vino a mi mente: la de Sigmund Freud y su acicalada barba. Entonces me dije: mira nada más, qué apariencia más cuidada y el señor vino a revolucionar la historia de las mentalidades a través de sus estudios del inconsciente. Otra barba legendaria es la del padre del evolucionismo: Charles Darwin, cuyo retrato de ojos tristes y barba hirsuta fue usado por sus detractores para compararlo con un simio. Y cómo no recordar a Carlos Marx, fundador del materialismo histórico: la rizada barba de un patriarca. O la del poeta estadounidense Walt Whitman, toda una barba y un bigote proverbiales del creador del afamado Canto a mí mismo.

Más cercanos a nosotros se encuentran el fallido emperador Maximiliano con su barba peinada en dos, la rala y copiosa del traidor Venustiano Carranza, la rebelde del pintor de nubes y volcanes: el Dr. Atl. También recordé barbas con apariencia específica, como la llamada barba “de candado” usada por el ocultista Francisco I. Madero, o la “de piocha” que acostumbró el escritor comunista y cristiano (valga la contradicción), el gran José Revueltas.

Y las barbas, sus pelos y señales, me han llevado también a recordar a algunos bigotudos inolvidables. Como el genial Groucho Marx, cuyo grueso mostacho en realidad era falso. Al parecer en una ocasión no le dio tiempo a pegarse el de utilería y desde entonces decidió pintárselo, un rasgo predecible en el humorista capaz de decir que, al recibir visitas en su tumba, su lápida diría: “Disculpe que no me levante”. O los bigotes puntiagudos del surrealista Salvador Dalí, quien, recordando al alquimista Giambattista della Porta, pensaba que los bigotes largos y en punta eran antenas que atraían efluvios mágicos. Para mantenerlos en forma, el artista catalán solía embadurnarlos con dátil y miel, para así atraer moscas “limpias”, según sus propias y juguetonas palabras.

En tiempos recientes se ha puesto de moda que los hombres se esmeren en su aliño, corten sus cabelleras, se rasuren y hasta se depilen, deconstruyendo así la idea de una virilidad hegemónica, pero la verdad es que una barba y un bigote bien cuidados siempre son un territorio acariciable.


Fotografiar la pureza

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 8 de marzo de 2015 http: //www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Fotografiar+la+pureza-3472

Fotografiar la pureza

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Ana Clavel

Alicebeggar

El 18 de marzo de 1856 el reverendo Dodgson compró una cámara fotográfica de 15 libras. Así nació una pasión excepcional del célebre autor de Alicia en el País de las Maravillas, que había firmado con el nombre de pluma de “Lewis Carroll”. Poco a poco, a las tomas iniciales de grupos familiares y personalidades de la época, fue cobrando importancia la fotografía de niñas: naturales, disfrazadas y, a partir de 1867, desnudas. Niñas a las que conquistaba con juegos de ingenio, con historias, dibujos, regalos, con la aquiescencia de sus madres.

El hermoso retrato de Alicia pordiosera, la Alice Liddell de 10 años que inspiraría la novela, es de 1858. De este modo, Carroll inauguraría una fascinación por plasmar la inocencia de la infancia, que no pocos han calificado de paidofílica. Sin embargo, para el fotógrafo húngaro Brassaï, “Carroll nunca amó —aunque él así lo creyera sinceramente— a una u otra niña, sino, a través de ella, a un cierto estado fugitivo, transitorio, ese breve instante del alba que despunta entre el día y la noche”. Por eso fue tan importante la fotografía para nuestro artista: porque era el medio para preservar en el tiempo la pureza de sus niñas, para fijar su belleza fugaz. Así fue también, al seguir el curso sinuoso de su pasión, que contribuyó a sentar las bases del mito de la enfant fatale.

Las fotografías de disfraces muy pronto derivaron al desnudo. Varios son los eufemismos que Carroll utiliza en su diario cuando logra que sus pequeñas modelos posen en camisón o sin prenda alguna: “vestidas de nada”, “vestido de noche”, “una modelo indiferente en cuanto a su vestido”. Por supuesto, eran acompañadas de sus madres que, en principio, de acuerdo con la visión de pureza victoriana respecto a la infancia, no veían nada malo en el cuerpo desnudo de los niños. Pero muy pronto debieron de inquietarse ante la propensión del fotógrafo por desvestir a sus hijas. Y de incluso alarmarse ante el hecho de que conservara los negativos de los que podrían imprimirse infinidad de copias.

El camino no tenía retorno. De los placeres de la fotografía, situados en un principio en lograr una maestría técnica, Carroll pasó a la contemplación de la inocencia a través de las largas sesiones que imponía la fotografía de ese entonces y, de manera culminante, al atesoramiento de los negativos y las impresiones que posibilitaban volver a situarse frente a la Belleza cada vez que se las contemplaba. Ni más ni menos que el tránsito que va de los placeres del voyeur, al fetichismo más febril que tarde o temprano resultaría inaceptable para los otros y para él mismo.

De ahí que en 1880, 18 años antes de su muerte, abandonara abruptamente la fotografía. No obstante esa renuncia, con Carroll asistimos no tanto a la entronización de la nínfula como un personaje literario a la manera de Nabokov y su clásica Lolita, sino al nacimiento de la hermana menor del mito a través de su registro fotográfico con las diferentes niñas que atesoró para la posteridad: un centenar de imágenes de pequeñas deliciosas, ensoñadoras, misteriosas, y apenas cuatro imágenes de desnudos inquietantes, coloreados a mano, que se han conservado, no obstante la resolución final del autor de quemar los negativos.

Las cuatro fotografías de desnudos que sobreviven fueron preservadas por las familias de las modelos y adquiridas posteriormente por la Rosenbach Foundation en los años 50 del siglo pasado. Después constituirían el núcleo del libro editado por M. N. Cohen, Lewis Carroll, Photographer of Children: Four Nude Studies (1978). Un libro hermoso y perturbador como lo es vislumbrar de manera frontal el deseo y las maneras misteriosas en que obra en nosotros.

Evelyn Hatch, 1872. Fotografía tomada por Carroll, impresa en vidrio, con retoques de óleo. La impresión fue encargada por el autor, a partir de uno de sus negativos, a una casa de impresión fotográfica profesional

Evelyn Hatch, 1872. Fotografía tomada por Carroll, impresa en vidrio, con retoques de óleo.

 


Cuando Lolita se chupaba el dedo

A propósito de la idealizada o estigmatizada enfant fatale,

la reciente columna sobre el papel del cine en la conformación del mito de Lolita, publicada en la revista Domingo de El Universal:

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Cuando+Lolita+se+chupaba+el+dedo-2630

 

Cuando Lolita se chupaba el dedo

También os digo que a veces no es fácil decidirse, y sin la ayuda de terceros, lo que explica la reacción muy rápida después de tomarla. Al igual que otros medicamentos, en este contexto también se trata de la falta de libido y el rendimiento sexual bajo, se libera otro mensajero químico, los hombres ponen a Kamagra En Primer lugar.

Ana Clavel

 

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Si la infancia había sido plasmada en el siglo XIX con una brumosa capa de idealización como nos recuerda Alicia en el País de las Maravillas y mucha de la pintura inglesa de la época, en el siglo XX las cosas cambiaron radicalmente. La imagen de la niña y la adolescente se vio tan alterada que el mismo creador de Lolita, la novela que fundaría el mito de la nínfula en 1955, se preguntaría después cómo había podido suceder tal «degradación», una imagen estereotipada de la niña-mujer erotizada y casi siempre perversa: la enfant fatale.

Dice María Silvestre Marco en su estupendo ensayo La imagen de la preadolescente y su representación en el arte (Universidad Politécnica de Valencia 2007), que se necesitaría del cine con su capacidad de definir iconografías masivas para que la joven heroína rompiese sus lazos con el ideal romántico de pureza virginal y se convirtiese en «amada y diablillo» de su seductor. Esta ambigüedad comenzaría a insinuarse lo mismo en la filmografía de Walt Disney que presentaba a una tierna Blancanieves como una Eva romantizada al morder la simbólica manzana, que en El solterón y la menor (1947) de Irving Reis, comedia de enredos en la que un Cary Grant cuarentón debe tolerar los escarceos de una Shirley Temple adolescente que se enamora de él. Los papeles están tan demarcados moral y socialmente, que aunque la Temple de 16 años aparece tentadora en sus ansias de aparentar ser una mujer experimentada, Grant la mira como a una niña traviesa, a quien hay que tolerarle las bobadas. La cinta no se decide a presentarla del todo como una vampiresa en pequeño porque no da lugar al deseo que el hombre mayor podría sentir por ella.

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Una versión que sin duda influyó en la primera Lolita llevada al cine por Kubrick en 1962, fue la película Baby Doll de Elia Kazan, realizada en 1956. Basada en la obra teatral de Tennessee Williams, con guión del propio Williams, Baby Doll fue estelarizada por una joven de entonces 25 años: Carroll Baker que, al aparentar la inocencia de una joven menor, se convertiría en una de las estrellas eróticas de su momento. El personaje que lleva por sobrenombre «Baby Doll» es una joven de Mississippi, casada con un hombre que ha jurado respetarla hasta que sea mayor de edad. Para consolarse mientras eso sucede, el marido se entrega a los placeres del voyeur: contemplar, a través de un agujero en la pared, a Baby Doll mientras duerme en una cama- cuna, vestida apenas con un camisón corto —prenda de noche que llegaría a popularizarse con el título de la película y que escasamente cubre el sugerente cuerpo de la muchacha—. Muy pronto, de comportarse como una niña caprichosa que incluso se chupa el dedo, pasa a ser la vampiresa que despierta a su propio deseo sexual y sume en la desesperación y la ruina al marido.

El esquema de mitificación del eros adolescente pareciera ser: panorámica de la muchacha que por su encanto atrae la atención de los hombres, close-up a sus travesuras y chiquilladas, long- shot a sus juegos de perversidad mediante los que manipula a sus adoradores. Siempre hay un quiebre en ese discurso: de la inocencia a la malignidad, como si al descubrir el resplandor de un ser de naturaleza nínfica, un ser «ignorante de su fantástico poder», como la describe Nabokov, la mirada deseante la transformara en un sujeto calculador y depravado, muy acorde con la óptica tradicional para juzgar la sexualidad amenazante de las mujeres. Por fortuna cada vez hay más excepciones a ese esquema. Dos casos recientes: Las vírgenes suicidas(2000) y Tideland (2006), obras que bucean en el mar de recovecos e intensidades de la nínfula, en su mundo interior, y buscan revelarla en vez de sólo adorarla o condenarla.

Leer columna original: http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Cuando+Lolita+se+chupaba+el+dedo-2630

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Otros labios, otros paraísos

Columna: A la sombra de los deseos en flor, revista Domingo de El Universal, 3 de noviembre de 2013.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Otros+labios%2C+otros+para%C3%ADsos-1920

Otros labios, otros paraísos

Ana Clavel

Estudios recientes hablan de la metáfora como la forma en que pensamos con nuestros cuerpos. En Philosophy in the Flesh, Lakoff y Johnson argumentan que el pensamiento abstracto no tendría sentido sin la experiencia corporal. Y es que, a menudo se nos olvida, el cerebro también es cuerpo. Cuando en la vida diaria afirmamos que una «persona es cálida», o que una mujer o un hombre son «calientes», estamos acercando un plano sensorial (calidez, ardor) para hacernos una idea de algo más intangible.

 

Fotografía conceptual de Alva Bernadine

Fotografía conceptual de Alva Bernadine

Hay otro tipo de metáforas para aludir a algo que no se desea nombrar, ya sea porque tocamos territorios de pudor y censura, ya sea porque es más sugerente jugar con la variedad de imágenes connotadas. Es el caso de la afamada expresión «la sonrisa vertical» para aludir a la genitalia femenina. Para nadie es un secreto que la designación «labios vaginales» obedece al parecido de la vulva con una boca u ojiva. Así es mencionada desde el muy antiguo Brihad Aranyika Upanishad hasta el poema «Cuerpo a la vista» de Octavio Paz:

«Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable).»

Claude Chappuys, bibliotecario de Francisco I de Francia que también escribía blasones jocosos, dedicó uno al «hueco hermoso de labios sonrojados  de donde el goce proviene». Uno de los amantes de la novela El infierno de Henri Barbusse le dice a su amada al contemplar fascinado la «herida misteriosa que se abre como una boca, sangra como un corazón y vibra como una lira: Es tu verdadera boca».

En su libro Erotismo al rojo blanco, el poeta Elías Nandino crea una metáfora inversa, un camino de retorno que resignifica la fuerza sexual de los labios, cuando dice:

«Es que hay besos que valen mucho más

que un coito completo;

porque son tan carnales,

de veras,

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que nos dejan las bocas

con dolor de caderas.»

 

Un secreto diálogo de metáforas se resume en esta frase del dramaturgo argentino Alfredo Arias, capaz de provocarnos una sonrisa cómplice: «La risa es el orgasmo del rostro». Aunque no todas las sonrisas tienen un carácter erótico, sí nos hablan de la capacidad de goce de quien las esboza. Es sabido que la risa nos coloca en un lugar fuera del tiempo, como también sucede con el éxtasis amoroso. No es casual entonces que esas otras bocas ocultas, sonrían, e incluso lleguen a lanzar una carcajada gozosa de tumbos y oleadas interiores. «Punto de contacto / donde las palabras terminan / y los cuerpos siguen», como escribe Marge Piercy en el poema «Meditación en mi posición preferida».

Es muy cierto que hay rostros que prometen y sugieren con sólo sonreír. No sé si por influencia de la afamada expresión que enlaza la sonrisa con la genitalidad, pero he llegado a creer que los labios gráciles de la Mona Lisa resultan tan enigmáticos precisamente porque evocan esos otros labios carnales –y los paraísos terrenales sin nombre que son capaces de desencadenar.

San Juan, Wittgenstein y los buenos amantes saben muy bien que, lo mismo en el éxtasis que en la iluminación, abandonamos el lenguaje para habitar el balbuceo o el grito celebratorio. Después, en la reconstrucción, recurrimos a ese manantial de imágenes y representaciones que es la metáfora amatoria: otra forma de pensar con nuestros cuerpos, de sonreír y recuperar el Paraíso.


Las ninfas en la mirada de Élmer Mendoza

  • Élmer Mendoza escribe sobre Las Ninfas a veces sonríen

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El Universal

20 de agosto de 2013

http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2013/08/66088.php

Élmer Mendoza
Ana Clavel

Ana Clavel es una novelista del cuerpo. Cada una de sus entregas es el
cuento de cómo los seres humanos somos los dueños de un universo de
suavidades y cavidades que es necesario nombrar por su capacidad de
unificar pensamientos dispersos. El poder, la violencia, la religión o las
enfermedades desaparecen al primer llamado. Ah cómo crece y palpita
el lenguaje en estas líneas que escurren como si salieron de la cálida
matriz del cosmos. En su novela Las ninfas a veces sonríen, publicada
por Alfaguara en México en noviembre de 2012, cada página es una
vibración que se comparte como una forma de salvar a la raza humana.
Ana Clavel, que nació en la ciudad de México en 1961, es la gran
creadora de atmósferas de deseo en la literatura mexicana. En la novela
que nos ocupa, desarrolla el instinto erótico de Ada, una princesa de un reino cercano, que con cada experiencia no
sólo aprende a ir más segura por el mundo, sino a ser feliz justo con lo que es suyo y de nadie más: su cuerpo. Ada
no teme a la proximidad masculina, por el contrario, entiende que esa rica mezcla de sensaciones es el placer y que
no pocas veces es prohibido. Ada, es mucho más atrevida que Lolita, por ejemplo, y nada manipuladora, puesto que
algo le dice que ha nacido para el placer y que es una especie de sacerdotisa del cuerpo. “Mi mirada en el espejo
era el más amoroso y violento de los besos”, afirma quien sabe de la fuerza de sus ardores.

Las ninfas a veces Archivo Alfaguara 2
Las ninfas a veces sonríen es una novela de seducción contada en primera persona. Es rica en expresiones suaves,
esas que erizan las ganas y consiguen que el lector busque una ventana para ver si alguna nínfula pasa en ese
momento por la calle o pasea por el jardín olisqueando las flores, ligera como una chuparrosa. Lengua, boca, labios,
succión, su olor me abre; “caballero de manos dulces”, “me cobijó entre el compás de sus piernas”, “se subió las
enaguas y lo obligó a lamer el fruto oscuro, de sabor agrio, que tenía entre las piernas”, son algunas de las
expresiones con que la personaje se explica lo que le pasa a ella y lo que ocurre alrededor. Ana Clavel escribe con
estilo. En su discurso todo parece natural, se siente que esos cuerpos jóvenes lo único que hacen es vivir las etapas
necesarias para descubrir las delicias del cuerpo y de la vida, “el placer torbellino de dejarse sorber por el goce y la
voluntad del otro”, y no olviden que hay que comer y bailar que el mundo se va a acabar.
Ada es una nínfula que crece feliz. Supo cómo convivir con faunos de cascos centelleantes, saciar su curiosidad y
celebrar cada encuentro como una pieza única. Madura ya nos cuenta de amantes especiales, entre ellos el
ginecólogo de manos largas que le ayudó a ser madre en un parto natural. También su experiencia con un príncipe
de semen azul sin dejar fuera al primo providencial que toda chica de familia decente tiene a mano. Ada tampoco
careció del tío lubricoso y de una numerosa cohorte de amigos de sus hermanas mayores. Qué haríamos sin el amor
filial, ¿verdad? Con ese estilo suave de una novelista que no se interesa por el paso del tiempo, Clavel nos conduce,
con mano segura por esa historia hecha de respuestas para preguntas que uno no había pensado pero que de seguro,
en algún momento de su vida, se iba a formular. Entre ellas la respuesta maestra que al final es la que hace este
mundo posible: las mujeres y los hombres no son iguales. Sobre todo en este espacio, de capítulos breves pero
sustanciosos, donde no hay frutos prohibidos.
En esta novela se celebra la vida. Las sudoraciones corporales, las miradas, el concepto de Paraíso, el aleteo de las
mariposas, las falsas casualidades; se mencionan la cerezas y la ambrosía como instrumentos de pasión, se jerarquiza
esa “sombra deseante de los misterios de su aroma”, la enseñanza de que, “es propio del amor saber sin haber
aprendido”, o aquello de que “los ojos también tienen tacto”; queda claro que un hombre y una mujer están aquí
para encontrarse, tocarse y sublimar la palabra hecha susurro, cuando se supera “el goce de ser perseguida”. Nadie
se atreverá a negar la fuerza de los intersticios.
Las ninfas a veces sonríen, es muy clara: El sexo es la única fuente de la eterna juventud. La pasión es el exclusivo
alimento contra el abismo. Un encuentro sexual es el camino de la gloria y el primer paso para obtener las llaves del
reino. Ana Clavel nos cuenta y nos invita a llevar una vida correcta y productiva, sin olvidar a nuestro cuerpo, “que
siempre será virgen”.