La envidia, ese deseo en sombra

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 7 de junio de 2015.

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La envidia, ese deseo en sombra

Ana Clavel

Viñeta de Eko para la revista Domingo de El Universal

Viñeta de Eko para la revista Domingo de El Universal

La envidia nació poco después de la soberbia y la culpa. Al menos así nos lo revela la segunda pareja original: los hermanos Caín y Abel, muerto éste a manos del primogénito por la preferencia con que Jehová recibía las ofrendas del hermano menor así aborrecido.
De los siete pecados capitales, suele considerarse el más desdichado porque no brinda ganancia alguna a quien lo ejerce: mientras la lujuria, la gula, la vanidad llevan en la penitencia el recuerdo de su gloria, la envidia no reporta beneficio a quien la padece sino reconocer la derrota: enfrentados a la competencia desleal de compararnos con alguien a quien atribuimos más resplandor, o más bienes, o “algo más” siempre, se nos revela la carencia propia en relación con la plenitud del que posee lo que deseamos tener —y que, por alguna oscura razón, intuimos que nunca seremos suficientes para lograrlo.
Falla primordial, falta constitutiva: una de las formas más puras y terribles del deseo. En el estupendo thriller de David Fincher, Seven (1995), un Kevin Spacey convertido en terrible ángel exterminador, se declara envidioso del iracundo Brad Pitt porque posee el amor y la vida que no podrá tener nunca —y por ello lo hará pagar un castigo más cruel que la muerte.
Pasión capaz de mover montañas, la envidia está lo mismo detrás del odio y el desprecio de Heathcliff por los antiguos dueños de Cumbres borrascosas (1847), que oculto en el sentido de justicia del comisario Javert a la caza de Jean Valjean en Los miserables (1862), pues muy dentro palpita la sospecha de que los otros son intrínsecamente mejores que uno.
Pero envidiar no parece ser sólo una pasión humana. Demonios y ángeles la ejercitan respecto al mismo hombre de quien codician su capacidad de sentir y de ejercer el libre albedrío, como lo atestiguan el Mefistófeles de la numerosa colección de Faustos, y el ángel Damiel en el filme de Wim Wenders, Las alas del deseo (1987), quien termina por encarnar en hombre para así satisfacer sus ansias de humanidad. Una variante poco conocida de esta debilidad es la que profesa el hombrecillo gris que le compra su sombra al protagonista de La maravillosa historia de Peter Schlemihl de Adelbert von Chamisso (1814) con funestas consecuencias.
¿Y qué decir de la alegría malsana que sobreviene ante la desgracia de una persona a quien se ha envidiado ávidamente? Schadenfreude es el término para designar ese goce dañino: una dicha secreta que experimentó Aureliano respecto a su rival Juan de Panonia al verlo consumirse en la hoguera en el relato Los teólogos de Borges. Ante la agonía del enemigo odiado, sintió “lo que sentiría un hombre curado de una enfermedad incurable, que ya fuera una parte de su vida”. Pero la sabiduría borgiana, no exenta de aguda ironía, nos habla de cuán cerca estamos siempre del objeto de nuestra codicia: años después, al morir, “en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona”.
No obstante, la envidia también puede ser luminosa. Yo tenía un hermano que siempre me llevaba la delantera por ser tres años mayor y por ser hombre. Como diría Alejandro Aura en el poema Mi hermano mayor, un hermano varios años “más amable y más sereno”. Ante mi madre viuda, bien podía pararme de cabeza, ser mejor alumna, labrarme un destino de escritora: nada era suficiente. Hasta que descubrí que nunca podría competir con mi hermano por el hecho irreductible de ser diferentes. Para entonces la envidia había madurado sus frutos propios y me había trazado un camino de deseos insospechados mediante la escritura. Alquimia de la sombra pura.

Doble filo

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 21 diciembre 2014:

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Doble+filo-3166

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Doble filo

Ana Clavel

Solemos creer que pensamos con la cabeza y sentimos con nuestros cuerpos. Pero ¿qué pasa si recordamos que el cerebro también es cuerpo? En Metaphors we Live by (1980) y Philosophy in the Flesh (1999), Lakoff y Johnson sostienen que el pensamiento abstracto no tendría sentido sin la experiencia corporal y atribuyen a las llamadas «metáforas primarias» la forma en que pensamos con nuestros cuerpos. Cuando decimos que «el afecto es cálido», «lo importante es grande» o «las dificultades son una carga», estamos acercando una realidad intangible a la cercanía de los sentidos para volverla comprensible.

Tal vez nuestra necesidad de metaforizar vía el cuerpo se deba a que la piel y el cerebro derivan de la misma estructura embrionaria: el ectodermo. En su fascinante libro Yo-piel (1985), el psicoanalista Didier Anzieu sostiene que la piel proporciona al aparato psíquico las representaciones constitutivas del Yo y de sus principales funciones. A partir de las experiencias táctiles formativas se constituye una «piel psíquica» que hace las veces de soporte, contenedor, membrana, pantalla, espejo del yo interior. «Lo mismo que la piel cumple una función de sostenimiento del esqueleto y de los músculos, el Yo-piel cumple la de mantenimiento del psiquismo», señala Anzieu. Pero los filósofos y poetas lo han sabido desde hace tiempo. Lo mismo cuando Pascal sostiene que «El corazón tiene razones que la razón desconoce»; o cuando Valéry declara: «No hay nada más profundo que la piel».

En el doble filo del pensamiento y el cuerpo, en su entrecruzarse en la existencia física y la supervivencia emocional, se vislumbra la novela corta Doble filo de Mónica Lavín (Lumen 2014). Audaz en el modo de urdir sus historias, la autora nos propone el uso de la metáfora como medio de transferencia en una relación terapéutica: la de Antonia, una joven mujer que busca ayuda para olvidar el fracaso de una relación amorosa, y la «analista» que habrá de provocar su cura. A través del papel de las metáforas con su doble filo: lo corpóreo y lo etéreo, la terapeuta va ofreciéndonos un horizonte de simbolismos encarnados cuya incorporación o expulsión podrán desatorar los nudos de conflicto hasta entonces irresolubles. Una cuerda, un vaso de agua, un pañuelo, una peluca son algunos de los objetos elegidos para convocar los recuerdos, el goce y el duelo, los anhelos y los miedos. También para ritualizarlos y exorcizarlos por partida doble pues muy pronto la terapeuta también se verá inmersa en el caudal de sus propias heridas e iluminaciones, al reconocer que, a pesar de la edad y la experiencia, el deseo es una sed que creemos mitigar pero sólo resplandece con el tiempo.

Con la idea de que hay «ciertas emociones que sólo pueden ahuyentarse con arremetidas físicas», la joven Antonia es orillada, por ejemplo, a hacer literal la frase de «masticar el odio», de rumiarlo hasta la intoxicación o la purga. No es gratuito entonces que Doble filo se convierta en un breve tratado terapéutico en sí mismo, y que al entender el poder de la literalidad de las metáforas con su simbolismo implícito pueda servir de catarsis también para sus lectores. Una suerte de manual para desenamorarse sin morir en el intento.

Escritura arriesgada la de Mónica Lavín, como las propuestas poco convencionales de la propia terapeuta de la historia, que hurga cual cuchillo de filos luminosos para hacerse eco de las palabras del poeta Goethe: «Sólo el valor de la vida puede vencer a la muerte». Así, en los tajos abiertos en la conciencia y en la piel psíquica, uno descubre que el desamor es una metáfora demasiado viva, que incluso sangra pero también cicatriza.


Fotografías polémicas

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 22 de marzo de 2015 

Fotografías polémicas

Ana Clavel

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El año 1975 fue el inicio de un escándalo sin precedentes en la vida del fotógrafo norteamericano Garry Gross y de la historia de la fotografía de menores. El motivo: la serie fotográfica que tenía por modelo a la pequeña Brooke Shields, entonces de 10 años, para el libro Sugar and Spice del sello Playboy. En las fotografías, la también protagonista del filme de Louis Malle: Pretty Baby (1978), aparecía desnuda, untada con aceite, frontalmente tentadora. Los desnudos contaron en un principio con la anuencia de Terry Shields, madre de la modelo, por un módico pago de 450 dólares. Pero poco tiempo después, ante la oleada de controversia y censura suscitadas, madre e hija terminaron por demandar al fotógrafo.
En 1981, una joven Shields de 16 años pidió a la Corte Suprema de Manhattan, Nueva York, que prohibiese la reimpresión de las imágenes, aduciendo: “Estas fotos no me representan como soy hoy en día”. La actriz consideraba que la serie de Gross perjudicaba y provocaba un daño irreparable a su carrera. Finalmente, la resolución judicial falló a favor del fotógrafo: por un lado, el juez Pierre Leval dictaminó que las imágenes en cuestión no eran muy diferentes a los papeles que interpretaba habitualmente la joven, y por otro, el juez Greenfield adujo que sólo una mente perversa podría entender que aquello era pornografía.
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Sin embargo, los tiempos recientes no han hecho sino poner en evidencia las filtraciones de lo moralmente correcto, concebido desde una perspectiva neopuritana que permea la actitud política de instituciones, mass media y redes sociales, en un terreno que en principio no debería ser invadido por tales prejuicios: el arte. Más de tres décadas después, la serie de Gross vio resurgir el cuestionamiento y la polémica: en 2009, la Tate Modern Gallery de Londres censuró las imágenes de Richard Prince, basadas en las fotos de Gross, eliminándolas de su exposición Spiritual America. El mismo Scotland Yard tomó cartas en el asunto para que la exposición no fuera abierta al público hasta que no se retiraran las polémicas fotografías que “atentaban contra las leyes de decoro británicas”.
Apenas un año antes, en la exposición temática Controversias. Una historia ética y jurídica de la fotografía, la escandalosa imagen de Shields fue motivo de otra polémica. Y la sede que albergaba la muestra, el Museo Fotográfico del Elíseo de Lausana, Suiza, tuvo que alinearse y prohibir la entrada a menores de 16 años. A la inauguración asistió Gross, quien con ironía y tristeza reconocería: “Sencillamente, son fotos que hoy no podrían hacerse”.
Desde los años 70, David Hamilton, Graham Owden y Jock Sturges, entre los más afamados, habían fotografiado niñas y adolescentes desnudas en series emblemáticas como The Age of Innocence, States of Grace y Radiant Identities, y en mayor o menor medida terminaron por ser censurados, no obstante el nivel de calidad de sus propuestas y la belleza de las mismas. Territorio difícil por la perturbación provocada es también el trabajo de las fotógrafas Sally Mann e Irina Ionesco, quienes en los años 80 y 90 retrataron a sus propios hijos en fotografías que revelan una sensualidad de la infancia que mucho tiene de paradisiaca y a la vez profundamente carnal.
En estos casos, la censura pasa por calificar los trabajos de “pornográficos”, de criminalizarlos por sus tintes “pederásticos” y atentar contra la sensibilidad de las buenas conciencias. Pero se olvida de que el arte es uno de los pocos espacios contemporáneos de ritualización y sublimación del deseo. Un espejo negro donde depurar la mirada para enfrentarnos a nuestras grandezas y debilidades, y exorcizarnos de cuerpo entero.
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La prisión del amor

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 26 de abril de 2015.

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La prisión del amor

Ana Clavel

 

Según Platón somos seres aprisionados en la caverna de una realidad aparente. La famosa alegoría de la «Caverna de Platón» da cuenta de ello: un grupo de hombres encadenados de pies y manos en una cueva se hayan imposibilitados para moverse. Como tampoco pueden girar la cabeza, lo único que hacen es contemplar una de las paredes interiores, donde aparecen las sombras de otros seres que deambulan en el exterior y que son proyectadas ahí por la iluminación de una hoguera. Así pues los hombres encadenados creen que lo que miran son imágenes verdaderas, cuando en realidad son sólo un reflejo de otro mundo. Así da cuenta el filósofo griego de la falaz naturaleza humana aprisionada en una realidad ficticia.

A lo largo de la historia, la metáfora de la prisión ha sido también usada para resumir las limitaciones en que nos sumerge la pasión amorosa. En 1492 Diego de San Pedro publica la novela sentimental Cárcel de amor, en la que su protagonista Leriano se encuentra encadenado por un monstruo llamado Deseo que lo tiraniza y consume hasta la muerte. Una prisión alegórica que busca aleccionar a los profanos para que se cuiden de caer en ese velo que nubla los sentidos y rapta el alma de forma engañosa.

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Un pasaje que alude a la naturaleza imaginaria del amor se encuentra en el tratado Sobre el amor (1822) de Stendhal. Ahí su autor habla del enamoramiento como un fenómeno de cristalización, una fantasía del espíritu que se crea de modo semejante a cuando se arroja una frágil ramita en el interior de una mina de sal. Si se la recoge al día siguiente, se la encontrará cuajada de irisados diamantes que la rama original no tenía. En cuanto a la pasión subsecuente, no es gratuito que Stendhal refiera la descripción de una enamorada para quien la presencia del amado es comparable a la ingestión de un veneno, una intoxicación de los sentidos que conlleva la percepción de la muerte.

Pero si la pasión amorosa suele implicar estados de exaltación y sufrimiento, ¿por qué nos entregamos a su dominio y consideramos que no hay vida digna si no se ha amado borrascosamente? Existe un concepto psicoanalítico que en cierta medida podría explicar las cosas: el «goce sufriente», ese placer enfermizo que derivamos de repetir una experiencia dolorosa porque de ese modo nos reafirma y da razón de ser.

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En el espléndido ensayo «La prisión del amor» del escritor mexicano Hernán Lara Zavala (publicado por Taurus en el volumen del mismo título), su autor señala que las mejores novelas del siglo XX enfatizan el «carácter perverso» de las historias de amor. Novelas como Santuario de Faulkner, El coleccionista de Fowles, Lolita de Nabokov, desarrollan protagonistas «que, para poseer por entero al objeto amado, se ven en la necesidad de recurrir a la fuerza para retenerlo, aunque sea de manera ilusoria». Es así como la metáfora de «la prisión del amor» encarna de una manera literal y extrema, aunque muy pronto nos veamos enfrentados con la paradoja: ¿quién es el verdadero preso: la víctima amada o el victimario-amante-secuestrador?

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No es gratuito que Lara Zavala culmine su ensayo con la novela de Pauline Réage, Historia de O, relato de la esclavitud sexual de una mujer como una ofrenda total al ser amado, en la que la prisionera se erige a través de la sumisión en soberana de su destino: «Guárdame en esta jaula y aliméntame poco … Todo lo que me acerca a la enfermedad y al límite con la muerte me hace más fiel a ti».

Esclavitud liberadora que parece hacer suyas las palabras del poeta sirio Adonis: «El pájaro está de paso / La jaula no tiene fin». Una reflexión que la protagonista de 50 sombras de Grey hubiera podido considerar de no estar tan aprisionada en un erotismo anodino y convencional.


Ropavejeros

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 12 de abril de 2015 

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Ropavejeros-3619

el libro de mis recuerdos

Ropavejeros

Ana Clavel

Dice con razón la escritora Ana García Bergua: «A su manera, la novela es voraz: te pide todo lo que puedas vivir y lo que hayas vivido (en la vida real y en las lecturas). Una ropavejera que no tira nada y aprovecha todo, si no en esta novela, en la que sigue…» No sé si haya otro oficio donde se necesite tanto de la memoria como el de la escritura; claro, la memoria involuntaria, y esa otra que no forzosamente ha sucedido: la «memoria imaginaria». No me pidan que explique este oxímoron porque sólo es una corazonada, pero de lo que sí estoy segura es que el oficio de ropavejero casi se ha extinguido. O como el de otros vendedores ambulantes, se ha metamorfoseado por la industria y los centros comerciales. Un ejemplo: de los referidos por Antonio García Cubas en El libro de mis recuerdos (1904), el aguador que todavía en pleno siglo XIX transportaba su carga en un voluminoso chochocol, se ha transformado en el señor del agua que conduce una bicicleta-carrito con los botellones azul plástico de marca conocida. Otros como el pollero, la pajarera, el petatero y el carbonero han francamente desaparecido.

El ropavejero tiene un antecedente en otro oficio: el cristalero que «sacaba provecho de su industria cambiando por ropa usada los objetos de su comercio». Es curiosa la estampa del cristalero en los cuadros de costumbres descritos por García Cubas: una especie de malabarista con un par de sombreros en la cabeza, un juego de botas de montar en la mano izquierda, en un brazo sacos y abrigos que acaba de mercar, en la diestra una canasta con vasos, platos, tazas, saleros, vinagreras para ofrecer a sus clientes. Ignoro en qué momento la canasta con objetos de cristal se esfumó para dar espacio a un saco enorme que el ropavejero cargaba a sus espaldas. Recuerdo que entrados los años 60, mi madre llamó a uno de ellos para ofrecerle ropa gastada. Entró con su cargamento que dejó a mitad de la sala para revisar con olfato rapaz las prendas usadas. Y como en la escena consignada por García Cubas, nos ofreció una bicoca por la transacción que mi madre sólo aceptó porque al menos así se ahorraba la pena de tirar ropa todavía buena a la basura.

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Por supuesto, tenía un pregón para anunciarse en cada casa y edificio, muy semejante al que con ingenio, humor y sabrosura captó Francisco Gabilondo Soler «Cri-crí» en la canción infantil «El señor Tlacuache», que cargaba un tambache de cosas y compraba, vendía e intercambiaba cachibaches como zapatos usados, sombreros estropeados, chamacos malcriados, comadres chismosas y viejas regañonas para llevárselos en su costal. (Una versión actual del otrora ropavejero podemos verla montada en una camioneta destartalada y escuchar su pregón de grabación casetera por todas las calles de la gran ciudad: «Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas, o algo de fierro viejo que vendan…»)

Nuestro mundo que todo lo desecha, esta «era del vacío» y de hiperconsumismo según el filósofo Lipovetsky, suele desdeñar el papel del ropavejero en la vida de las urbes. Yo tenía una tía que en su lejana Pinotepa reservaba una bodega para los trastos que ya no usaba pero que guardaba porque después podría necesitar. En ese tendajón oscuro hicieron nido los murciélagos y cuando íbamos de vacaciones y ella nos mandaba a sacar algo en pleno día, por la puerta entreabierta y su haz de luz estridente, los murciélagos se agitaban como mariposas nocturnas nimbadas de oro y ámbar: una imagen que tal vez utilizaré algún día en una novela. Mientras tanto la atesoro por esa magia de los recuerdos y las cosas arrumbadas que sólo esperan una voz que les diga: «levántate y anda». A fin de cuentas, la escritura siempre es deseo en libertad.