El paraíso recuperado

 

  • Mónica Lavín escribe sobre Las ninfas a veces sonríen

Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, agosto de 2013.

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=21&art=686&sec=Rese%C3%B1as

El paraíso recuperado
Mónica Lavín

Solamente ojos me inclinaba sobre el borde para tocar la punta de un asombro.
Ana Clavel

De la escritura de Ana Clavel me gusta su mirada plástica, su atención a la forma y a la luz, su
discurrir de las sombras, su andarse en terrenos de lo ambiguo y delicado, de lo íntimo y lo
secreto; en una arista donde los cuerpos rozan sus límites porque el deseo acecha en lo
orgánico, en su punción como idea que late bajo la piel. Nos colocó en ello con Cuerpos
náufragos y Las violetas son ores del deseo. Su nueva novela, Las ninfas a veces sonríen, hurga
también en el deseo, en el cuerpo desde su despertar y lo hace de manera fragmentaria (¿hay
otra manera de mirar un cuerpo?) y con ese acariciar el lenguaje que es como Clavel labra la
prosa. Dividida en tres partes, transitamos con Ada de la luz que empieza a sombrearse, al
dolor de lo que el cuerpo desea y no puede obtener, a la escritura como recurso para volver al
paraíso. “Apenas tenue”, “Toda fuente” y “Después del paraíso” es como Clavel ha decidido
nombrar los tres momentos de Ada.

I
Ada pubescente, Ada ninfa, habitante de un paraíso donde el padre es el omnipotente, donde el hermano es Serafín Cordero,
donde el amigo es Pepe y luego Pepe Satán, donde la madre es diosa, las Ángeles son dos compañeras de la escuela, donde
Gabriel el Arcángel es el primo que descubre el deseo primero de Ada, siete años menor que ella, donde Rosa es la conciencia y
su hermano el bachiller el que le enseña el aroma donde se pierden los sentidos mientras una ciudad o un país pierde a sus hijos
cubiertos en sangre en la plaza. Este vértigo, casi retablo de El Bosco, es para subrayar el poder de la mirada de Ana Clavel que
hace de lo cotidiano e íntimo del tránsito de la naciente pubertad a la madurez, fábula, leyenda, mitología. Asistimos a la
fundación de un mundo mítico que es el nuestro, el de la caída del Ángel, el de las Evas y las mujeres de Lot. La mordedura de la
manzana, la inocencia perdida.
¿Quién puede tomarle el pulso al momento exacto en que el cuerpo liso, el cuerpo despoblado de vello, el olor y los humores, la
mirada y el mundo blando y acogedor dejaron de serlo? ¿Cómo disparar el obturador de la cámara para recoger el instante?
Habría que estar muy atento mirando al horizonte abierto para pescar el momento en que el sol agazapado en rosa amanecer
tiñera al cielo de blanco rotundo. Eso es lo que hace Ana Clavel en “Apenas tenue”, esa Ada que descubre el cambio en el cuerpo
de las otras y atisba el suyo como una promesa imparable, la boca redonda y jugosa cuando pasa horas mirándose al espejo
como Narciso. La excitación del peligro, no atravesar el patio, no esconderse con los primos, no dejarse tocar, tocarse, saberse
cuerpo, sentirse cuerpo, saberse mirada, querer ser mirada, olfatear el peligro, ese jardinero que se lleva a las niñas grandes a la
covacha, la ninfa despuntando, la Sor saliendo, los pétalos cayendo y revelando lo que ya va a ser imposible detener. Con
perturbadoras situaciones, con inofensivos juegos, con carreras y guerritas y persecuciones y tacones de mamá, Ana nos coloca
en el borde mismo del asombro: donde el juego se convierte en otro juego, sin que medie propósito. La vida como un bosque
donde las niñas se pierden y los lobos habitan, y las niñas se entusiasman con los lobos, porque hay un traslape misterioso entre
la inocencia que se abandona y el deseo que nos habita para que no exista más el blanco y negro, el abismo como un animal
perturbador que ya enseña sus fauces, pero nosotros apenas las miramos.
Ana Clavel enfoca su prosa detallada en esa nínfula que ya no puede dar marcha atrás y nos recuerda el asombro perdido.
¿Cómo ha podido hacerlo con tanto tino?, ¿cómo sabe que así fuimos o pudimos ser?, ¿cómo ha podido nombrar lo
irreconocible, el borde, la punta, el extremo donde soltamos la manta de cielo y hundimos las manos en la tierra para que
aquella negrura en las uñas se nos quedara para siempre? Niña, lávate las manos. Eso no se hace. Jugar al doctor, a esconderse
en el clóset con el primo, aguantar la respiración, reconocer que algo está pasando, ¿qué está pasando? La pluma de Ana lo
persigue, lo mete en frascos de cristal y nos lo muestra con palabras precisas. “El beso de su mirada en la punta de mis pudores”.
Pienso en un cuadro de Balthus, la chica lleva una toalla en la mano, el pelo largo enmarcado por una balerina, está desnuda y el
torso es el de una niña, el rostro de perVl también, pero sus pequeños pechos han empezado a sobresalir, botones, rosas. Lo que
escribe Ana evoca un cuadro, porque la fuerza de sus palabras nos obliga a mirar. Descubrirnos enredadas en las fauces de la
niñez perdida. ¿Cuándo? ¿Cuál fue el momento preciso?

II
Por eso en “Toda fuente” sucede, el cuerpo es un surtidor: “Todo era fuente y también herida… Todo me tocaba y me
desbordaba”. El cuerpo ya no contiene al mundo ordenado de juguetes y pijamas, de buenas noches y chocomilks, el cuerpo
sangra, la sangre lo es todo. La planta que la tía Aura tiene en un frasco y que lleva por nombre Clarimonda nota que Ada
sangra, porque el primo mancebo que es cazador también lo hace. El mundo vegetal y el animal asisten a la fuerza del cuerpo
que hace evidente el cambio. La expulsión del paraíso ha ocurrido porque el deseo por el otro se vuelve tortura. Un aroma llena
los recovecos de la ninfa que se prende del bachiller, el bachiller que protesta pero que atiende a una sirena y Ada enloquece de
dolor, de impotencia. Ella que conoció los juegos primeros de tentarse, de cambiar caricias por monedas con el mago aquel, de
esconderse en la cama con el primo mayor, ahora reconoce la mordedura de la iguana. Con su amigo ha jugado a las chupadas
de vampiro, a dejarse círculos rojos, marcas. La sangre está en todos lados, y también está en el cuello, ése que se doblegará más
tarde, cuando Ada comprenda la importancia de ese espacio del cuerpo que se vence para recibir. Ha descubierto que ser
vampiro no obliga a la muerte: “Tu luz irradia oscuridades del deseo”. Quiere enseñarle al bachiller el origen de esos círculos
rojos, quiere dejar su boca en su piel, y cuando lo hace descubre la condena: “El beso vampiro no lo había despojado de la vida a
él como solía suceder en las leyendas, sino que me había convertido a mí en una sombra deseante de los misterios de su aroma”.
No será como jugar con su amigo, Ada lo sabe porque tiene nostalgia del aroma, conoce de sirenas que arrastran a los hombres.

III
¿Y qué hay “Después del paraíso”, como reza la tercera parte del libro? ¿Cómo se camina después del aroma añorado, de la
historia inventada que Ada escribe y que Rosa reclama que así no fue, que esa historia de su prima Falaci es La historia de
Hungría? La confusión de las verdades, la expulsión por maneras de ver el presente, de involucrarse en él. ¿Qué se hace cuando
se descubre que “el espanto y la belleza podían ser caras intercambiables del paraíso”? Ni el padre omnipotente, ni la diosa
madre ni las hermanas podrán salvarla de las huellas de faunos y dríadas. Para sobrevivir a la expulsión buscará en las pieles la
ediVcación del territorio del deseo, reconocerá el desencanto y retomará el vuelo, aunque persistentemente le escriba a él (“Se
me olvidaba decirte que, a pesar de todas mis muertes, todavía te sueño”), al objeto de deseo, aquél con el que perdió la paz del
que no sabe de amores. Para sobrevivir al después escribirá las “Memorias de la ninfa”.
Si Ana Clavel propone a la escritura como arma para sobrevivir a la expulsión, el tránsito de la luz a la sombra, para registrar la
duermevela del deseo (“duerme que vela encendida”), del antes y después del momento en que el día se hizo noche, ha
acertado. Su prosa es tan envolvente como temible. Sus alcances son los de la poesía, su fuerza narrativa es la de la fabulación,
la de la quimera, Clavileño y Pegaso, las mujeres como ciudades: incidir en el origen. Ana Clavel se ha propuesto vestir el mito y
desvestir el tránsito de la niña a la mujer. De la luz a la sombra. En sus entresijos somos marea de pieles, vaivén de instantes que
incitan a un recuento de bordes, de aristas, de despeñaderos y vuelos retomados, para conseguir la estatura mítica del tránsito
de la inocencia a la sombra. Para que sea otro quien muerda la manzana. Toda ninfa debe tener sus memorias, y sí, concuerdo
con Ana Clavel, las ninfas a veces sonríen.
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Ana Clavel, Las ninfas a veces sonríen, Alfaguara, México, 2013, 128 pp.


La llamaban La Tequilera

Alma Velasco plasma un mosaico vívido para enmarcar la figura de esta mujer de deseos en sombra y en flor. Atormentada, sí, pero también gozosa, rebelde, guerrera, Lucha Reyes deja el papel de víctima del destino para convertirse en un ser bravío como su voz de caladuras destempladas y vigorosas.

Columna: A la sombra de los deseos en flor

Revista Domingo de El Universal, 25 de agosto de 2013

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/La+llamaban+%E2%80%9CLa+Tequilera%E2%80%9D-1750

alma v

La llamaban La Tequilera

Ana Clavel

En La tentación de la inocencia, Pascal Bruckner nos habla de la inocencia como de una enfermedad de la sociedad contemporánea que consiste en «ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes». Una de sus vertientes, la victimización, es una patología que busca compensar el terrible miedo a ser libres, asumir los retos y compromisos que la libertad implica. Es un mal común hacerse la víctima, pero también volver víctimas a quienes idealizamos. Quién sabe qué atractivo especial tiene cifrar ese proceso en la vida de los artistas que admiramos, cuya sensibilidad pareciera volverlos particularmente vulnerables.

Es el caso de varios iconos femeninos de la música popular que, además, se prestan a una victimización doble: por el carácter al parecer trágico de sus existencias y por el hecho de ser mujeres. Ahí están las grandiosas Billie Holliday (1915-1959), Edith Piaf (1915-1963) y por supuesto, la emperatriz de la música bravía mexicana: Lucha Reyes (1906-1944). Infancias cruentas, juventudes sacrificadas por consolidar una vocación, vidas turbulentas en las que el alcohol y/o las drogas, agudizaron crisis amorosas y existenciales. El precio fue alto pero ahí está el fulgor de estrellas que las acompaña…

Un abordaje para nada victimizador es el que nos ofrece Alma Velasco en la novela Me llaman La Tequilera, publicada por Suma de Letras, sobre la legendaria cantante que innovó la canción ranchera. Resultado de una documentación minuciosa, de un sutil entramado narrativo, la autora recrea la vida de María de la Luz Flores Aceves, mejor conocida como Lucha Reyes. Adentrándose en los laberintos de su psique a partir del momento en que, tras varias botellas de tequila y 25 nembutales, la Reyes transitó los entretelones del suicidio, la autora consigue la complejidad de una voz de desgarraduras, risotadas, quebrantos, luminosidades: «Quesque inventé la canción bravía… no estoy tan segura si la inventé o si no más me salió así por desesperación… para eso tuve que andar dando tumbos como trompo mocho, ¡y desde mirruñita! Qué pensamiento más idiota, sí, pero si así me crió mi madrecita santa, ¡vieja bruja! Y sin embargo, la quise… Doña Victoria y yo: ¡qué parcito! O debí decir que entre bueyes no hay cornadas… pos si ni pa qué negarlo, a las dos nos brillaban los ojos por los amores, y luego, ni modo de tapar el sol con un dedo, también por el traguito… Aunque se te haga la vida jabonosa, qué rico era emborracharse». No en balde, en el apogeo de su carrera, el compositor Alfredo D’Orsay le dedica una de las canciones que más la caracterizarían: «La Tequilera». La Reyes, toda una reina con sentido del humor para burlarse del mundo y de sí misma, la cantaba con dignidad: «Me llaman La Tequilera como si fuera de pila/ porque a mí me bautizaron con un trago de tequila». Un humor contagioso que la autora del libro consigue mostrar entre frases populares que dan idea de la vitalidad del personaje, como esta joya que describe el encuentro con uno de los hombres de su vida: «Topóse con encontróse… como dicen los ocurrentes del Bajío cuando una se topa con uno que la anda buscando desde antes de conocerla».

Con panorámicas de un México de la primera mitad del siglo XX y citas del cancionero popular, Alma Velasco plasma un mosaico vívido para enmarcar la figura de esta mujer de deseos en sombra y en flor. Atormentada, sí, pero también gozosa, rebelde, guerrera, Lucha Reyes deja el papel de víctima del destino para convertirse en un ser bravío como su voz de caladuras destempladas y vigorosas. Una mujer auténtica que bien hubiera podido decir con André Gide: «Saber liberarse no es nada; lo arduo es saber ser libre».

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Día domingo en El Universal

Al parecer, domingo y sábado son los únicos días que nos atrevemos a conjugar a despecho de la norma académica, como si quisiéramos saborear y prolongar su gusto en la boca. Será porque son días gozosos, mientras el resto no logra conjuntar más que rutina y labor. Tal vez por eso el fin de semana busca extenderse en la juguetona y holgada expresión “tomarse un San Lunes”.

Columna quincenal: A la sombra de los deseos en flor

Revista Domingo de El Universal, 20 de enero de 2013.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/D%C3%ADa+domingo-1193

 

Día domingo

Ana Clavel

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Los perros ladran, las vacas mugen, los gansos graznan, los patos parpan, los elefantes barritan. Cada cosa un nombre. En el habla popular usamos “dominguear” para aludir a los placeres del santo día de descanso y recreación. Sólo el sábado tiene un verbo propio (“sabadear”) con una connotación semejante de disfrute. Al parecer, domingo y sábado son los únicos días que nos atrevemos a conjugar a despecho de la norma académica, como si quisiéramos saborear y prolongar su gusto en la boca. Será porque son días gozosos, mientras el resto no logra conjuntar más que rutina y labor. Tal vez por eso el fin de semana busca extenderse en la juguetona y holgada expresión “tomarse un San Lunes”.

Según el Génesis, Dios reposó el día séptimo de toda su creación y lo bendijo. Para la tradición cristiana, es el día de la resurrección, el Dominicus dies, día del Señor. De ahí que goce de privilegios, dominio y autoridad. Tan es así que cuando algunas palabras salen de paseo, por provenir de un saber culto o libresco, decimos de ellas que son “palabras domingueras”, dichas para impresionar como las mejores prendas que usábamos los domingos para ir a la iglesia o a la comida familiar. Para los niños que fuimos es evocación de fiesta y carrusel, de globos y nubes de algodón rosado. No ha de ser fortuito que al término del mismo sobrevenga una melancolía “del día de ayer” o de las cosas perdidas. En nuestras ciudades meridionales, hay pocas cosas más tristes que un domingo lluvioso y sin sol. Puede haber otros días grises y deslucidos, pero un domingo nublado es capaz de deprimir a cualquiera. Disociar al domingo de la luminosidad es tanto como provocar una catástrofe íntima.

La brillantez del domingo nos recuerda que las bicicletas no sólo son para el verano. Es el día de los paseos y de los placeres dilatados. Por su ritmo sosegado, desde otros tiempos se le destinaba para visitar la Alameda, Xochimilco, Chapultepec. El pintor Diego Rivera plasmó su esencia de día solar en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda central (1948), crisol en el que pasado y presente históricos se dan la mano con la historia propia: entre globos festivos, próceres, traidores, suripantas, obreros, peladillos, gente de alcurnia, el niño Diego pasea en traje de domingo, de la mano de una elegante y huesuda Catrina, mientras de sus bolsillos asoman una rana y una culebra como singulares juguetes vivos.

Del domingo es conocida su generosidad proverbial, la ocasión para compartir y dar las gracias periódicamente, el cierre de un ciclo breve. A manera de mesada o premio, qué alegría la ilusión tintineante de unas monedas en las manos de un muchacho que acaba de recibir su domingo. La prodigalidad suele extenderse: muchos museos y espectáculos son gratuitos en domingo. Ese día hasta las criadas y asistentas, como el buen Dios, descansan. Su placidez suele hacernos aspirar a convertir cada jornada en un “domingo de la vida”. Suele ser también día de reconciliación y esperanza. No en balde el poeta Jaime Sabines pidió: “¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría los días que vienen!”

Sonreír en domingo: señal de que la vida puede ser una bendición. Sol manso de los tiempos de la voluntad que persiste, chisporrotea y vuelve a arder; fruta que se desgaja por las comisuras de unos labios que se curvan en una promesa: la vida que sigue o recomienza. Domingo, himno que se levanta entre ruinas. ¿Será por eso que su huella sonora es cadencia de melodía semanal, dulce de música que se paladea en tonos juguetones y cantarinos: Do-min-go?


Extinción de los atardeceres de Martín Camps

Hay poesía que lo reconcilia a uno con la vida y con la poesía misma. Poesía que habla de vacíos y oquedades pero que está «llena» de sentidos. Llena, repleta de vacío, de orfandades, de eso que nos hace humanos también por la alegría fugaz y otras pasiones perentorias. Aquí dos poemas del libro Extinción de los atardeceres de Martín Camps, publicado por el Instituto Chihuahuense de Cultura en 2009.

Camps

*Poema para el fin del verano*
Martín Camps

No es la página en blanco, sino la mente en blanco
a lo que temo; peor aún, a la vida en blanco.
Nada por hacer, sólo afilando el cuchillo del tiempo,
el calor afuera secando las horas
-como trozos de carne salada tendidos en la azotea-.
El viento no va a ningún lado, avanza en círculos
como los niños en la escuela, el azúcar en el café.
Las montañas sólo conocen de horas que duran un mar.
He caminado en días como éste y me he abrigado
con las telas que nos arroja el sol.
Hay una carretera larga en esta hoja,
una carretera larga que se pierde en una colina
entre las reverberaciones del calor.
La mente en blanco como un desierto,
y este poema en medio, como un cacto.

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Y este otro, de la sección «Álbum del alba», miradas del poeta que toma fotografías, que bien podrían llamarse «poetografías»:

Camps 2

Es posible descargar de manera gratuita otro libro de Martín Camps, La invención del mundo en la revista Lamás Médula de Argentina: http://www.revistalamasmedula.com.ar/pdf_libre.htm

Más de su poesía en el blog http://brujadelanoche.blogspot.mx/2011/11/martin-camps-el-espacio-de-los.html