Hacer el oso

 

«Limpia, fija y da esplendor», el lema de la Real Academia, siempre me ha sonado a frase publicitaria de grasa para zapatos como la de «El Oso»…

Y cada vez que escucho la expresión “hacer el oso” me viene a la mente el  baile de un plantígrado de pelaje oscuro que se movía torpemente en dos patas al ritmo de la pandereta que le marcaba un gitano con maquillaje de Pierrot venido a menos. El acto solía verificarse en la calle, ante un público de paseantes y niños que nos congregábamos en la colonia San Rafael para contemplar, entre el asombro y la risa, las payasadas del húngaro y su estrafalaria mascota. Mucho después supe que desde que era un osezno, al animal lo habían amaestrado para que hiciera su ritual sobre una plancha de metal ardiente, condicionándolo como perro de Pavlov con el sonido de la pandereta. El “baile” y los brincos se habían originado por los esfuerzos del animal para evitar que se le rostizaran las patas.

Al parecer algunos juglares medievales ya incorporaban el espectáculo en sus funciones, lo mismo que en la Rusia del siglo XVIII se perpetraba la costumbre para obtener unos rublos en los mercados y plazas. La acepción está consignada en el Diccionario de la Real Academia al menos desde fines del XIX y algunos dicen que Cervantes la emplea en El Quijote, pero yo no me la he topado aún. A la distancia, es un recuerdo lastimoso: al final de su vida de artistas en los años ochenta, el oso y su gitano deambulaban cada vez más astrosos: envejecido el primero, era un saco de huesos; enfermo de cirrosis el segundo, no podía quitarse una permanente nariz roja de clown.

            En el uso común, la expresión “hacer el oso” tiene un aire de espectacularidad: la reservamos para ridículos pantagruélicos, de esos que recordamos con insidiosa pena ajena si se trata de los otros, con auténtico bochorno si fuimos los protagonistas. Hace años le vi hacer tremendo oso a la actriz Angélica María en un programa de concurso en el que participaban estrellas del espectáculo y público general. A la pregunta de qué había dicho Cuauhtémoc cuando los españoles le quemaban los pies, respondió no con la frase legendaria de nuestra historia patria, sino con un abrumador sentido de realidad: “Ay, no sé qué dijo. Tal vez… ¿me duelen los pies?” Otros osos son memorables y forman parte de una educación sentimental: ¿cómo no recordar el del joven Carlitos, protagonista de Batallas en el desierto, que le declara su amor a la madre de uno de sus compañeros de clase y debe purgar la burla y los castigos de su atrevimiento?

            También nuestra historia nacional ha estado plagada de osos fuera de serie y para muestra dos: el de Santa Anna cuando le dedicó una misa de requiem a la pierna que había perdido en la defensa de Veracruz y la enterró con honores en el panteón de San Fernando, o el soberano oso de López Portillo al nacionalizar la banca y erigirse en fallido redentor de la patria en su sexto informe presidencial. Desconozco las vidas que se perdieron en todas las malas jugadas de Santa Anna frente a los ejércitos que combatió por vanidad y locura. Ignoro a cuántos mexicanos condenó López Portillo a la miseria más extrema con sus medidas populistas y mesiánicas al declararse defensor del peso mexicano «como un perro». Hoy, tras los fastos del bicentenario que muchos cuestionamos si valía la pena celebrar, padecemos un ignomini-oso cinismo: la ineficiencia gubernamental que ha cobrado más de veinte mil muertos y todavía nos amenaza: habrá más. (Y lo ha cumplido: en este 2012 suman sesenta mil los desaparecidos. Lo que es esforzarse en el mal…)

 (Buena parte de este texto se publicó en el 2010 en el suplemento Día Siete de El Universal, pero no he podido ubicar el número ni la fecha exactos. Ustedes disculparán.)


Deja un comentario