El cuerpo de las mujeres

«Me dicen que cómo me siento orgullosa de ser puta», ironiza Luna Bella para luego reconocer que gracias a la prostitución tiene miles de seguidores, un sueldo envidiable, un lugar de respeto en su propia casa por ser la proveedora familiar, la posibilidad de costearse la carrera de Comunicación en la UANL pues sabe que un día «acabará su belleza y será un producto de desecho en el negocio del sexo».

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El cuerpo de las mujeres

Ana Clavel

En un video que circula en la red desde hace meses, Il corpe delle done, la periodista Lorella Zanardo examina el uso actual del cuerpo femenino en la televisión italiana. Ver a las mujeres cortadas con la misma tijera -o bisturí-, fungir de muñequitas decorativas y bobas, estilizados trozos de suculenta carne, obliga a pensar que, a despecho de todo humanismo, hemos regresado a una edad bárbara en la que se banaliza y se violenta la individualidad, el rostro, lo auténtico de cada persona.

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Dice Lipovetsky en su libro la Era del vacío que con el universo de los objetos, de la publicidad, de los mass media, el individuo ya no tiene un peso propio, ha sido incorporado al proceso del consumo y la obsolescencia más acelerada, formas de control de los poderes actuales que se dedican a producir y organizar lo que debe ser la vida de las personas hasta en sus deseos más íntimos.

Un caso para reflexionar es el que nos plantea la joven Luna Bella, entrevistada recientemente por la revista Proceso. Striper, sexoservidora y universitaria, Luna Bella, como se firma en su concurrido blog, o «Mackye», su nombre de batalla en un conocido table de Monterrey, desconcierta no sólo por su belleza, sino por sus desinhibidos 21 años y la claridad de sus miras. «Me dicen que cómo me siento orgullosa de ser puta», ironiza Luna Bella para luego reconocer que gracias a la prostitución tiene miles de seguidores, un sueldo envidiable, un lugar de respeto en su propia casa por ser la proveedora familiar, la posibilidad de costearse la carrera de Comunicación en la UANL pues sabe que un día «acabará su belleza y será un producto de desecho en el negocio del sexo». Mientras tal acontece, Luna Bella disfruta de excitar: le gustan los piropos que le dicen sus compañeros de facultad que saben a qué se dedica y juega con sus seguidores como en el video que grabaron de una sesión espontánea de table en un vagón del metro Utopía de la ciudad de Monterrey, y en el que se desnudó para embeleso de la mayoría de los usuarios. No deja de ser por lo menos sorprendente que Luna Bella sea capaz, con desparpajo y sentido del humor, de asumir su circunstancia y sus decisiones, en un medio en el que muchas de las mujeres que ejercen el oficio son victimizadas y explotadas a niveles de esclavitud, como en los lamentables casos de prostitución forzada reportados recientemente en el DF.

Críticas a favor y en contra, recuerdan el caso de la escritora, prostituta, activista social suiza Grisélidis Réal, cuyos controvertidos restos reposan a espaldas de la tumba del escritor Jorge Luis Borges en Ginebra, quien hizo de la prostitución un medio inicial de supervivencia para transformarlo después en un acto contestatario de la doble moral imperante. Qué lejos y cuán cerca el año de 1865 en que París se escandalizó por el desnudo de la prostituta Victorine Meurent, en el afamado cuadro de Manet, bautizado por Baudelaire como Olympia.

olympia

Un cuadro donde la modelo en vez de agachar la mirada y convertirse en la musa atribulada, la Magdalena redimida, enfrenta al espectador y lo observa con la fuerza de su desnudez. Muchos han cantado y endulzado las hieles de las putas. Ahí está el poema de Tablada («Ángeles de la Guarda de las tímidas vírgenes»), el de Jaime Sabines que urge a canonizarlas, o la canción de Joaquín Sabina de tintes sacrílegos.

En el territorio minado de la realidad inmediata, se necesita dignidad e inteligencia para asumir la parte que nos corresponde por los actos propios. Muchos califican a Luna Bella de desfachatez y cinismo. Yo no puedo dejar de pensar en lo que sucede cuando «la más puta de todas las señoras», la mujer-objeto por antonomasia, te devuelve la mirada con lucidez.

Columna «A la sombra de los deseos en flor»

Revista Domingo de El Universal, 8 septiembre 2013

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/El%20cuerpo%20de%20las%20mujeres-1781


Palabras al recibir el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2013

En este país donde cada vez caben menos las metáforas y nos avasalla la realidad de la incertidumbre y la violencia, con diferencias sociales y económicas tan marcadas, la cultura puede ser un punto de encuentro y una convocatoria al diálogo verdadero. 

Tanto el gobierno federal como los gobiernos estatales no debieran sacrificar sus programas de difusión y apoyo a la cultura. Reducir su presupuesto sería sacrificar aún más a un país herido que precisa encontrar en sus dirigentes una señal clara de voluntad para la reconstrucción social, más allá de intereses políticos y económicos.

poniatowska

 

Señoras y señores:

«Yo no soy mujer…», solía decirles a los públicos a los que presentaba Las Violetas son flores del deseo (2007), una novela corta cuyo narrador y protagonista es un hombre que cuenta los abismos de una pasión tabú: el deseo por su hija adolescente, Violeta. «Ustedes me ven con cabellos largos y una apariencia femenina, pero yo no soy una mujer… yo soy escritora

Por supuesto, además de aludir a las razones propias de la narración, jugaba al anteponer mi oficio a mi condición de género, pero también es cierto que hablaba de mi compromiso con la escritura, un llamado de las sombras que me despertó una madrugada a los 14 años para dictarme un texto entre rémoras de sueño y los primeros aletazos de la vigilia.

 

Cuando trabajé la novela Cuerpo náufrago (2005) me propuse retomar el Orlando de Virginia Woolf e invertir su premisa: una «ella» que transita hacia un «él» por la fuerza del deseo y la fantasía. También era un homenaje a la Metamorfosis de Kafka y Ovidio, en pleno diálogo con la tradición literaria.

Pero sucedía que en mi caso, quizá por el ritmo de los tiempos que habían cambiado, la presencia del cuerpo era sencillamente irreductible. Antonia/Antón no era homosexual, ni había nacido en un cuerpo equivocado, pero se preguntaba cómo podían ser esos seres que parecían más libres y completos que ella. No la envidia del pene, como dijera Freud, pero sí su fascinación. Y la vuelta de tuerca a través de un objeto transicional: el mingitorio, que en la novela se vuelve un auténtico fetiche que le cuestiona a la protagonista su identidad.

 

Desde entonces se me ha tildado de escritora erótica por unos, y escritora poco feminista por otras… Luego con Las Violetas y su escudriñamiento en el deseo del incesto, se me ha acusado de ser políticamente incorrecta pero varios lectores me han agradecido por hablar del deseo masculino, aunque no sea «fácil que la gente se atreva a plantarse sin trepidación ante un espejo literario para examinar sus propios sentimientos enjaulados».

 

Tanto me hablaban del erotismo en mi escritura que con Las ninfas a veces sonríen decidí entrarle al toro por los cuernos, pero como siempre desde una perspectiva transgresora: el deseo como una posibilidad de goce, sin culpas ni remordimientos, la encarnación del cuerpo como nuestro Paraíso más próximo y auténtico.

 

Decía Henry James que una buena novela es una impresión personal e intensa de la vida. Toda la literatura que vale la pena parte de la singularidad de la visión de quien escribe.

No me imagino a Kafka ni a la Woolf sino siendo cada uno desde la singularidad que les es propia: su pasado, su familia, sus experiencias vitales, su mirada, sus deseos, su corazón, su sexo y, por supuesto, su género. Pero tampoco vamos a supeditar su singularidad a uno solo de sus rasgos.

 

La singularidad es la persona toda. Y la literatura, visión individual, personal, aunque se esfuerce por ser otra cosa y traicionarse. La única manera de ser profundamente universal, decía Alfonso Reyes, es ser profundamente particular. Y tenía razón.

 

 

Gracias a esa mirada singular, por ejemplo, hemos podido reinventar a México y a sus personajes a través de la obra de una escritora entrañable: Elena Poniatowska. Por sus libros hemos entrado en esas habitaciones propias, esas invisibles ciudades interiores que constituyen la vida de los otros, lo mismo de figuras conocidas que de hombres y mujeres de la calle, y volverlos próximos, cercanos, íntimos, humanos.

 

 

Más allá de los disfraces, encarnaciones, etiquetas ser escritora en México ha sido para mí un ejercicio de imaginación y libertad transgresoras. Lo he dicho a manera de juego, pero también como seña de identidad: «Yo no soy mujer… soy escritora».

Uno de los pocos espacios de libertad íntima y auténtica son la escritura y el arte. Y al menos a mí, en mi trabajo, me interesa hacerles lugar, a trasmano de militancias y posiciones de corrección ortopédica y política. Una forma de no ser solamente mujer en México, sin morir en el intento, precisamente ahora que la realidad encarna con brutal literalidad la sutileza y el placer de las metáforas.

 

 

En este país donde cada vez caben menos las metáforas y nos avasalla la realidad de la incertidumbre y la violencia, con diferencias sociales y económicas tan marcadas, la cultura puede ser un punto de encuentro y una convocatoria al diálogo verdadero.

Tanto el gobierno federal como los gobiernos estatales no debieran sacrificar sus programas de difusión y apoyo a la cultura. Reducir su presupuesto sería sacrificar aún más a un país herido que precisa encontrar en sus dirigentes una señal clara de voluntad para la reconstrucción social, más allá de intereses políticos y económicos.

 

En lugar de menos, más presupuesto para la cultura. Que vivan los libros

 México DF a 16 de octubre de 2013

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http://www.cultura.df.gob.mx/index.php/sala-de-prensa/sala-de-prensa-2/4978-490-13


Autorretrato con narcisos

“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”: Borges

 

 

Columna quincenal: A la sombra de los deseos en flor

Revista Domingo de El Universal, 3 de febrero de 2013.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Autorretrato+con+narcisos-1229

 

Autorretrato con narcisos

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Ana Clavel

Cómplice lector: Si tuviera oportunidad de hacerse un autorretrato, ¿qué gesto,  ropas, paisajes escogería para realizarlo? Mire, usted, por ejemplo, al maestro Durero en su pintura de 1493, donde se presenta a sí mismo con apenas 22 años, el semblante indómito y a la vez sereno, el gorro juvenil, una flor de cardo en las manos, la leyenda «Mi vida caminará conforme está ordenado desde arriba» en abierta alusión a su destino de artista. Según John Berger es el primer pintor obsesionado con su imagen. Nadie antes de él se había pintado tantos retratos, ni ahondó en la interioridad del artista.

Sin embargo, es sabido que siempre estamos delineando nuestro propio rostro por más que nos disfracemos de otros. Lo intuyó Leonardo al pintar la Mona Lisa pues al intentar mostrar los «movimientos del alma» de Elisabeta del Giocondo, no hizo sino desvelar la suya propia; lo reconoció Flaubert al confesar «Madame Bovary soy yo»; lo apuntó Borges al referirnos: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

Pero a partir de las vanguardias dada y surrealista, el autorretrato conllevará una carga de ironía, juego y deconstrucción. ¿Cómo no recordar el autorretrato de Dalí como Mona Lisa bigotuda de 1952? En tiempos más recientes, la fotógrafa norteamericana Cindy Sherman ha capturado a lo largo de tres décadas su propia imagen en diferentes contextos para parodiar los roles de género y la representación de la mujer en la historia pública y privada. Con un arsenal de disfraces, maquillajes, prótesis, escenografías Sherman juega con esas otras encarnaciones posibles como si se tratara de un gran carnaval, donde lo grotesco y lo paródico suelen confundirse.

Una muestra lúdica y atrevida es Bonita hasta la muerte de la artista visual mexicana María Eugenia Chellet, en exhibición en el Ex Teresa Arte Actual hasta el 25 de febrero, retrospectiva antológica que reúne video, arte objeto, instalación, electrografía y collage. En sus diferentes propuestas, la artista también se toma a sí misma como modelo para conformar un gran autorretrato que espejea los límites de la identidad. Los mitos, el arte universal, los mass-media, cómics, pin-ups se vuelven material de reensamblaje para cuestionar estereotipos y prototipos femeninos con que tan ferozmente se tiranizan los cuerpos, los deseos y la singularidad de hombres y mujeres.

En obras como La Maja soy yo, La Mona Lisa emplumada, La Barbi, Kalimán y su novia, Chellet reinventa el autorretrato como una forma de la parodia hipermoderna pero también una resignificación del secreto propio: la fidelidad a uno mismo más allá de los ropajes o las puestas en escena. Así, los extremos se tocan: si el autorretrato comenzó como una exploración de la interioridad, Eugenia Chellet, bonita y fiel a ella misma hasta la muerte, a través de toda esta puesta en evidencia que es la mascarada de disfraces y avatares socialmente construidos, nos muestra la posibilidad de reencontrar una identidad unívoca propia. Esa que sólo es posible conocer cuando, como Narcisos contemporáneos, nos asomamos al espejo de las apariciones y nos atrevemos a ver el misterio de lo que realmente somos.

Y respecto a la pregunta inicial: No sé usted, paciente lector, pero a mí me encantaría hacerme un autorretrato con un copioso ramo de pleonásticos claveles o unos reveladores narcisos.


El dibujante de sombras en francés

Le 3 janvier 2013 : parution de «Le dessinateur d’ombres» de Ana Clavel aux éditions Anne Carrière / apporteur d’ouvrage Christophe Lucquin – LC Christophe Lucquin Éditeur.
Suisse, XVIIIe siècle. Johann Kaspar Lavater, pasteur de renom, ami de Goethe et auteur d’un célèbre traité de physiognomonie, prend sous sa protection un jeune garçon qui possède un don pour dessiner les ombres des gens. Lavater renomme son apprenti Giotto, en hommage au génie italien. Le jeune homme fait preuve d’un talent incomparable pour révéler, à l’aide de quelques traits, la personnalité du visage dont il réalise le portrait. Sa dextérité devient l’obsession du pasteur, qui se sent investi de la mission divine de détourner l’artiste des tentations maléfiques. Car, pour le théologien, l’art doit rester un chemin vers Dieu, et il sait que la beauté peut facilement conduire à la perdition.
Conte esthétique et moral, Le Dessinateur d’ombres relate l’histoire de Giotto de Winterthur, génie du clair-obscur, trop artiste pour tout céder à Dieu, trop humain pour ne rien céder à l’amour.

   

 

 


El mundo en azul

 

Volví a buscar mi figura en aquel mundo tan azul, tan intenso. Me costó trabajo dar conmigo. No puedo contarles lo que estaba haciendo.

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 4 noviembre 2012.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/El+mundo+en+azul-1043

El mundo en azul

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Ana Clavel

 

La fila de atención a clientes era numerosa. La verdad no entiendo a estas empresas que se gastan millones en publicidad con globos aerostáticos y tomas panorámicas espectaculares, videos hechizantes que harían al más pelmazo ambicionar sus productos y el modelo de vida ensoñada que proponen, pero que en la práctica son incapaces de brindar un buen servicio, un trato amable y respetuoso a sus consumidores.

 

Pasaban los minutos, la cola de ese animal de reclamos e inconformidades que conformábamos no avanzaba, y la gente comenzaba a dar señales de hartazgo. Un hombre a quien le habían regresado por segunda vez un equipo deficiente vociferó con demandar en la Procuraduría del Consumidor. Mientras la chica que lo atendía se alejaba a consultar el caso a un privado, observé aquella especie de ratonera donde nos encontrábamos como conejillos de laboratorio: la luz artificial blanquecina, la escasez de mobiliario, el aire enrarecido contribuían a la sensación de atrapamiento.

 

Entonces reparé en la pared lateral más próxima, cubierta en buena medida por un acrílico azul brillante. Era como un ventanal donde se reflejaba en una dimensión cerúlea el espacio de la sucursal toda, con sus varios mostradores y numerosas filas. Ahí estábamos unos y otros, duplicados en ese mundo en azul. Cuando encontré mi propia figura en la superficie plástica, tuve ganas de levantar la mano y saludarme pero aquello hubiera sido muy desconcertante para quien lo hubiera advertido —no pocos por cierto, pues cansados de la espera, a los de mi cola animal no les quedaba más remedio que alzar los cuernos, atisbar por sus celulares o espiarnos a los otros con desconfianza y malestar.

 

Comencé a escudriñar aquel mundo paralelo de sombras y fantasmas azulados. Ahí estaba el hombre al que le habían regresado por segunda vez un equipo que a las primeras de cambio, volvía a fallar. De un tono azul subido, aguardaba con enfado que regresara la muchacha del mostrador, tamborileaba los dedos, cambiaba el peso de una pierna a otra, se llevaba la mano al cuello. También una mujer de traje sastre de muy buenas carnes azules a la que el policía de vigilancia no le quitaba el ojo. Un joven oficinista que había aprovechado la hora de comida para ir a hacer cola y mandaba mensajes por su celular a una velocidad frenética. Una pareja gay que no paraba de contarse las últimas andanzas del fin de semana —vehementes en sus gestos, parecían arlequines de un circo entre azul y buenas tardes.

 

Por fin regresó la chica de nuestro mostrador. Con absoluto desdén le comunicó al cliente que la empresa no se hacía responsable del aparato porque la póliza había vencido un día antes. En respuesta, el hombre del plano azul la tomó del cuello sin miramiento alguno y comenzó a zarandearla. Pero en vez de gritar pidiendo ayuda, la muchacha parecía disfrutarlo y hasta gorjeaba en azul celeste. Estupefacta, busqué al policía que no le quitaba el ojo a la mujer de buenas carnes, pero ya no sólo la miraba sino que había pasado a la acción y tras acariciarle los senos, le ponía su propia gorra en la cabeza y ella se dejaba tomar fotos con una camarita que el vigilante acababa de extraer del bolsillo del oficinista. Por su parte, la pareja gay se había puesto a hacer lagartijas azules en plena sala de espera y varios les hacían corro y les llevaban la cuenta.

 

Esto sucedía en la parte más próxima a mi fila, pero más allá había piruetas y extravagancias insólitas, besos entre desconocidos, manoseos, cuchicheos, bofetadas, golpes… Un pandemónium se desataba en aquel ventanal de acrílico azul mientras de este lado del espejo la gente continuábamos en nuestros lugares de tedio y hartazgo con toda nuestra gama de colores reales.

Volví a buscar mi figura en aquel mundo tan azul, tan intenso. Me costó trabajo dar conmigo. No puedo contarles lo que estaba haciendo.