Apoyar a los creadores no es una limosna, ni una dádiva, máxime en un país en el que la economía cultural difícilmente puede ofrecer una vida digna a sus artistas —mientras que los creadores forjan ese patrimonio intangible e invaluable de la cultura propia y universal—.
Columna: A la sombra de los deseos en flor
Revista Domingo de El Universal, 28 de julio de 2013
http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Los%20artistas%20y%20los%20apoyos-1715
Los artistas y los apoyos
Ana Clavel
El bovariano Gustave Flaubert sentenció alguna vez: «El arte es un lujo; requiere manos blancas y tranquilas». Lo decía por experiencia propia: el gran autor de Madame Bovary y La educación sentimental pudo consagrar su existencia al arte gracias a un patrimonio familiar solvente. Hacia la última etapa de su vida, cuando sus rentas se vieron afectadas por la guerra franco-prusiana, padeció enfermedades nerviosas y envejeció prematuramente. Por fortuna para nosotros, ya había escrito entonces varias obras maestras.
Un caso muy diferente fue el que le tocó vivir al autor del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, por quien el castellano tiene apellido en la afamada expresión: la lengua de Cervantes. Fue la suya una vida accidentada que lo llevó de soldado herido en la batalla de Lepanto a prisionero en Argel pues su familia no podía pagar el rescate que exigían sus secuestradores. Liberado al fin después de cinco años de cautiverio, lleno de deudas, fue espía en Orán, recaudador de impuestos en Sevilla, acusado de malversación de cuentas, y siempre solícito de mecenazgos como el del Conde de Lemos, a quien dedicó la segunda parte del Quijote. De vidas ejemplares como la suya se nutren altos ideales y también la percepción de desdicha y sacrificio que deben padecer los artistas si aspiran a crear obras fuera de serie. Se insinúa así que en la relación de «a mayor esfuerzo mayor perfección», estriba el boleto a la posteridad. Una imagen que una visión romantizada contribuyó a reforzar con la figura de artistas excepcionales, que sucumbían a la enfermedad, la pobreza, la indiferencia como en los casos de Mozart, Chopin, Van Gogh y un largo etcétera. Pero en realidad esa óptica trasluce una conmiseración burguesa e hipócrita en la que se oculta un desprecio por la creación artística porque no es «productiva» en un sentido sonante e inmediato.
Sin embargo, todo creador comprometido con su oficio sabe que «la verdadera vida literaria sucede en el silencio de las páginas», como señala Gabriel Zaid. Un silencio que el mismísimo Kafka buscaba entre sus horarios absorbentes como representante de la Aseguradora General, una voraz compañía italiana de seguros para la que trabajaba y que no le dejaba tiempo para escribir. Un silencio que también buscó Rulfo como agente viajero de la llantera Goodrich-Euzkadi para la que trabajó durante los años de 1946 a 1952. No en balde, el autor de la novela universal Pedro Páramo (publicada en 1955), solicitó dos becas consecutivas, otorgadas en 1952 y 1953, por el entonces recién creado y hoy extinto Centro Mexicano de Escritores.
Apoyar a los creadores no es una limosna, ni una dádiva, máxime en un país en el que la economía cultural difícilmente puede ofrecer una vida digna a sus artistas –mientras que los creadores forjan ese patrimonio intangible e invaluable de la cultura propia y universal. Bien es cierto que desde 1988 existe en México un Sistema Nacional de Creadores que ha sobrevivido a los cambios de administración, pero debería fortalecerse con una verdadera voluntad de compromiso y respeto, mejorar y transparentar sus funciones, sus alcances, sus reglas de operación, la designación de sus comités, la selección de sus miembros.
Cervantes, Kafka y tantos grandes creadores, ¿habrían desdeñado la posibilidad de un apoyo para dedicarse con «manos blancas y tranquilas» a su arte? Se me dirá que cometo un sacrilegio al comparar a los creadores actuales con esos colosos. No comparo, los menciono como ejemplos señeros, como el del patriarca de nuestras letras, Juan Rulfo, quien demostró con los hechos que la ética del artista no está peleada con poder ejercer con dignidad el trabajo propio.

