Una muerte ensoñada de Ana Clavel en Rd ediciones digitales

¿Y si se pudiera elegir, antes de morir, el lugar donde quisiéramos pasar la eternidad? ¿Y si existiera una corporación que ofreciera el servicio de diseñar ese lugar como un software que se instala en nuestro cerebro? «Yo era un joven estudiante cuando los paquetes de muerte ensoñada comenzaron a surgir, todavía muy rudimentarios o elementales como escenografías sedentarias de una obra teatral abandonada», dice el narrador de «Una muerte ensoñada», y a partir de ahí este «imaginante» nos sumergerá en una tierna fábula de laberintos emocionales, y nos propondrá un juego de proyecciones quizá ya anunciado en nuestros simulacros contemporáneos, en una historia de amores y muertes que desafía con una prosa deliciosamente melancólica las convenciones de la ciencia ficción.

Ya en las tiendas de ebooks del mundo.

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Publicado bajo el sello Rd editores http://www.rdeditores.es/#!una-muerte-ensoada/c1glg

 


La desnudez

Uno de los primeros recuerdos que guardo de mis encuentros con la desnudez es la portada de un disco: Electric Ladyland de Jimmy Hendrix, en la que una veintena de muchachas de todos los colores de piel posaban el esplendor de sus cuerpos rotundos, sin ropas y sin pudor. 

Columna: A la sombra de los deseos en flor. revista Domingo de El Universal, 18 de noviembre de 2012.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/La%20desnudez-1080

La desnudez

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Ana Clavel

Vestir y desvestir un cuerpo podrían parecer acciones sencillas, pero como todo en la vida, tienen su chiste. No en balde hay connotados seductores capaces de franquear con palabras las vestimentas más irreductibles, o diseñadores de modas que dictan cánones como si fueran reyes absolutos.

Uno de los primeros recuerdos que guardo de mis encuentros con la desnudez es la portada de un disco: Electric Ladyland de Jimmy Hendrix, en la que una veintena de muchachas de todos los colores de piel posaban el esplendor de sus cuerpos rotundos, sin ropas y sin pudor. El disco era parte de la colección de un primo en cuya habitación a mí me encantaba hurgar porque siempre encontraba sorpresas. Yo tenía 11 años y en aquella época no era común ver publicitariamente los pechos y otras zonas corporales, así que la imagen me arrolló. Después vino un lento e inesperado aprendizaje a través de libros, pinturas, películas que me revelaron que el desnudo podía ser una obra de arte, a veces sublime, otras terrible, pero siempre inquietante.

Desde Lucas Cranach (1472-1553) que pintó varias versiones de Adán y Eva, en una de las cuales un ingenuo Adán, en vez de mirar la manzana que le ofrece su mujer, contempla embobado el cuerpo de la susodicha, hasta un Lucien Clerge en cuyas fotografías la luz y la sombra sobre los cuerpos desnudos juegan erotismos que quitan el aliento. Desde Las mil y una noches en su edición completa, que es un catálogo gozoso donde los cuerpos liberados de prejuicios y ropajes se entregan a la ceremonia de la carne deleitable, hasta Brama (Tusquets 2012) de David Miklos, en la que la desnudez permanente de sus protagonistas no es sino el reflejo de la disponibilidad al instinto y a la posesión en una obra que, sin tapujos y con crudeza, nos muestra la vitalidad de la novela erótica en nuestros días de orgasmos virtuales. Desde Y Dios creó a la mujer (1956), película en la que una Brigitte Bardot irradia la fuerza de su desnudez y trastoca el sosiego de un pueblo de la Riviera, hasta El rey de las rosas (1986) de Werner Schroeter, donde el desnudo masculino se vuelve metáfora inefable de una agonía mística y erótica.

O los performances de la italiana Vanessa Beecroft que involucran hasta 100 mujeres desnudas en espacios museísticos, y que nos hacen interrogarnos hasta dónde la desnudez puesta como sujeto puede invertir la mirada y observarnos como un confrontador espejo íntimo.

Es que todo aquel que se las ve con la desnudez sabe que está ante el misterio de un conocimiento profundo, inenarrable, de un auténtico más allá por más que se pretenda banalizarlo. En la antología Celebración poesía erótica de lengua inglesa, recopilada por Mauricio Schoijet, refulge como una joya “Elegía: Antes de acostarse” del poeta inglés John Donne (1572-1631), cuya estrofa final dice:

Quiero saber quién eres tú: descúbrete,

sé natural como en el parto,

más allá de la pena y la inocencia

deja caer esa camisa blanca,

mírame, ven, ¿qué mejor manta

para tu desnudez, que yo, desnudo?

 

Yves Saint Laurent, quien revolucionó la moda femenina con modelos de inspiración varonil como la adaptación del esmoquin para mujeres, dijo una frase no exenta de sabiduría y humor: “La prenda más bella que puede vestir  una mujer son los brazos del hombre que ama. Para las que no tienen esa felicidad, estoy yo…” ¿Leyó alguna vez Saint Laurent al poeta John Donne o son los ecos de una tradición erótica en torno a la desnudez que resuenan misteriosamente incluso en aquellos que creen no conocerla?


«Secretos de la realeza» en revista Nexos

Nunca había hecho el amor con un príncipe. No era especialmente guapo pero tenía un aire indolente de haber pasado por todo, esa suerte de condescendencia con que uno pensaría que mira la realeza desde su trono…

http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2102971

 

Secretos de la realeza
Ana Clavel
Nunca había hecho el amor con un príncipe. No era especialmente guapo pero tenía un aire indolente de haber pasado por todo, esa suerte de condescendencia con que uno pensaría que mira la realeza desde su trono.
Le ayudaba que todos sabían de su pasado ilustre, heredero de una de las casas de Europa central que por azares de un destino socialista en vez de hacerse mecenas como sus antepasados, tuvo que trabajar para sostenerse a sí mismo convirtiéndose en un escritor sarcástico de los regímenes y de las ideologías.Cuando me lo presentaron en un congreso de escritores y me retuvo la mano entre las suyas, giré su antebrazo pues en esa piel interior se reconoce mejor el color de las venas. En efecto, las suyas eran azules. Yo había leído que en otros tiempos la gente del pueblo, acostumbrada a la falta de baño, veía a los acicalados nobles y les atribuía una realeza de sangre por el simple hecho de que sus venas se transparentaban en la piel limpia, sin rastros de mugre ni sudor. Él entendió mi gesto y giró entonces mi brazo señalando el cauce cerúleo que se ensanchaba en la muñeca. “Tú también eres de sangre azul…”, sonrió en un inglés fragmentado. Así que nos reconocimos.A pesar de las deficiencias del lenguaje —él sólo hablaba húngaro y alemán y masticaba un poco de inglés— conseguimos comunicarnos. También ayudaba el hecho de que todos se plegaban a sus deseos: era el invitado de honor en el congreso, y además su currículum con abolengo le sacaba a la gente ese espíritu servil y de clase que obra hasta en los más revolucionarios. Así que bastó que hiciera ademán de: “Quiero a la princesa Ada a mi lado” para que el organizador del encuentro fuera por mí a mi mesa y me dispusiera un lugar al lado del aristócrata escritor durante la cena de clausura.Antes, sólo había habido escarceos. Miradas cálidas y sonrientes que casi recordaban las buenas maneras con que la realeza otorga la gracia de su aquiescencia. Bueno, también un encuentro intempestivo después de la mesa de presentación de otros colegas, en que se me acercó por atrás y acarició mi nuca. De seguro, pero no se me ocurrió entonces, buscaba el lugar exacto donde podría caer la guillotina. De todos modos no dejó de extrañarme la manera con que se concedía el derecho de estirar la mano y tomar lo que se le antojara. Me di la vuelta con un pudor que rayaba en el rechazo: “Por menos de eso, en mi reino ya te habrían cortado la mano. ¿Acaso en el tuyo no saben que para llegar al cuello de una mujer hay que esperar a que ella misma lo doblegue?”.Sonrió porque no había entendido más que a medias mis palabras, pero sí por completo mi actitud. Sus ojos brillaron sed de cacería. Supuse que así se les iban los ojos a los nobles de su raza tras una gacela esquiva en los bosques donde antaño se ejercitaban en el arte de la cetrería.También hubo ocasión para que se diera el lujo de ponerse romántico: luego de mi lectura, cuando llegué a mi habitación, me encontré con una flor aposentada en la almohada. Junto a la flor, una hoja de papel con unas líneas a mano plagadas de diéresis. Lo había escrito en otro idioma que ambos sabíamos yo no conocía, pero era obvio que se trataba de un poema. “Vaya, vaya, me dije, así que los nobles también pueden ser galantemente cursis”, y sonreí halagada.Sin embargo, fue hasta la cena de clausura que ya no me dejó escapatoria: tomó mi mano y no la soltó más que para besarme y tocarme primero al pie de las escalinatas que conducían a las habitaciones, después en la suite que como personaje de honor le habían destinado en el hotel. Sus besos eran golosos y no pude evitar pensar en esos “bocados reales” que ineludiblemente uno no puede dejar de llevarse a la boca por más que no se tenga antojo. Lo mismo me pasaba con él. No me atraía particularmente pero me intrigaba un prejuicio de clase: ¿había algo diferente en la manera de hacer el amor de un caballero noble?

Confieso que sus maneras amatorias eran delicadas en extremo. Tal vez nadie me había hecho el amor con tanta suavidad y esmero. Como si quisiera dejar en las actas de mi cuerpo el sello de su real proceder y poderío. Por supuesto, para evitar problemas —como sería eso de ir dejando bastardos por todos los pueblos del orbe—, en el último momento se vertió fuera de mí.

Durante los minutos que tardamos en salir del paraíso, comenzó a acariciar mi nuca doblegada.

—¿Sabes que la decapitación era un privilegio de los nobles? —farfulló mi príncipe entre un inglés primitivo y la suerte de mímica que habíamos adoptado para comunicarnos.
Asentí. En un libro sobre el doctor monsieur Joseph Guillotin me había enterado que, aunque no había sido el verdadero inventor del instrumento que lo hiciera famoso, había propuesto su uso para aminorar el dolor de los condenados a muerte. Así, sus esfuerzos sirvieron más bien para “democratizar” la decapitación por cuchilla que antes sólo se concedía a la realeza: poco antes de la Revolución francesa también los plebeyos pudieron morir de un modo menos innoble como antes por la horca o el garrote.

—¿Sabes también que a las amantes se las mandaba matar si hablaban demasiado? —me dio a entender con un gesto con el que selló mis labios con sus dedos para después hacer la seña de un corte en el cuello.

Sonreí porque ambos sabíamos que no había amenaza real de por medio. Al contrario, era un Casanova y le agradaba que su fama se extendiera más allá del Danubio. Volvimos a acariciarnos. Otra vez la batalla de los cuerpos: frenética, a muerte. Vencíamos los dos, cada uno en su reino, cuando de pronto se detuvo en seco. Se colocó en cuclillas, invitándome a que lo tocara por detrás. Deslicé la lengua por su columna vertebral, desde sus nalgas hasta el cuello. Entonces deposité debajo de la segunda cervical un beso profundo y cortante que le arrancó de un tajo un resoplido con mi nombre. Se ofrecía al sacrificio. Así entendí que los nobles pueden perder la cabeza por voluntad propia, no sólo en la guillotina.

Publicado en revista Nexos, octubre 2012.

Juegos de alcoba

Aunque el ritual de la carne es el más antiguo del mundo —que no me vengan a decir que Eva le ofreció una manzana a Adán, cuando en realidad Eva misma era la manzana…

Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 7 octubre 2012.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Juegos+de+alcoba-963

Juegos de alcoba

Ana Clavel

Cuando Allan Stewart Konigsberg era un adolescente desconocido de Brooklyn solía preguntarse muchas cosas sobre el sexo. En principio, era el tipo de preguntas que todos nos formulamos desde que somos unos «perversos polimorfos», como definió Freud a los niños, pero concedamos que Konigsberg se atormentaba bastante cuestionándose sobre estos asuntos fundamentales de la existencia.

Tal vez había leído el Kamasutra o La musa pederástica de Estratón, obras de la antigüedad en las que se indaga en las inquietudes del cuerpo y los sentidos. Como era un ratón de la Biblioteca Pública de Nueva York, tal vez había consultado De Humani Corporis Fabrica del anatomista Vesalio y otros tratados de medicina, pero no fue sino hasta 1969 que encontró respuesta a muchas de sus interrogantes con el libro del Dr. David Reuben, Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo —pero temía preguntar.

El manual del Dr. Reuben causó gran impacto en materia de educación sexual y contribuyó a la liberalización de nuestra actitud hacia el sexo (a la fecha se ha traducido a 51 lenguas y alcanzado la cifra de más de 30 millones de ejemplares vendidos). Pero en particular, el año de su publicación, fue un parteaguas para Allan Konigsberg, quien, a pesar de haber cumplido 34, seguía formulándose un sinfín de preguntas prácticas sobre el sexo, y por entonces había adoptado el nombre artístico de Woody Allen.

Tres años después, Allen estrenaría una película homónima del libro, un filme clásico de 1972 que aún sigue arrancando carcajadas con sus ya míticas preguntas: ¿Son eficaces los afrodisíacos? ¿Qué es la perversión sexual? ¿Qué sucede durante la eyaculación?, entre otras. Imposible olvidar la escena del bufón y la reina con su cinturón de castidad de forma acorazonada, o el seno gigante que persigue a un joven a campo traviesa, o la pasión insana del Dr. Ross por una oveja, o al propio Allen en disfraz de espermatozoide, temeroso de que todo sea una falsa alarma masturbatoria.

Aunque el ritual de la carne es el más antiguo del mundo —que no me vengan a decir que Eva le ofreció una manzana a Adán, cuando en realidad Eva misma era la manzana—, lo cierto es que la mayoría de las obras sobre el tema suelen centrarse en la satisfacción masculina.

Por el contrario, en Juegos de alcoba (Ediciones B, 2012), Rocío Barrionuevo busca trazar un suculento mapa sobre el goce femenino. Con un estilo ligero y divertido que recuerda el tono de la mejor literatura licenciosa, la autora rastrea obras, autores y referencias sobre los placeres de Venus desde épocas arcaicas hasta nuestros días de orgasmos virtuales.

Mitos como el frenesí venéreo comentado en Lukios o el asno de Luciano (s. II), las instrucciones para abrir una bragueta según Rabelais y la escritora paraguaya Martha del Corral, o las fantasías eróticas de mujeres que serían capaces de secuestrar al mismísimo James Bond. Los concursos de coños de las alcobas europeas del XVIII y el extraño vicio del narcisismo genital. Los placeres de la fellatio que van más allá de cerrar los ojos y abrir obedientemente la boca, según Ausonio (s. IV a.C.) y Pauline Réage, autora de la afamada Historia de O, con todo y variantes de blow job como el «francés profundo» y el «francés bebido». Los secretos de la «Espuma de Venus», cuyo creador, Guillaume Levasseur, se hubiera ruborizado con los espectáculos tipo fuente del squirting, subgénero del cine porno que ha conquistado miles de admiradores en el mundo hipermoderno. Es decir, todo un catálogo razonado de usos y costumbres de esa sabrosa materia que es la erótica universal, con un sesgo de otredad.

Juegos de alcoba: una versión literaria y deleitable que bien podría llamarse Todo lo que siempre quiso saber sobre el placer de las mujeres —pero que ni ellas mismas se atreverían a confesar, una obra con la que, sin duda, el propio Woody Allen habría resuelto muchas otras de sus preguntas existenciales.

 

 

 


A la sombra de los deseos en flor*

Faltas de lenguaje

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Un corazón adicto a las palabras como el mío puede adorar a veces la mala ortografía. Como cuando alguien escribe en Facebook la frase “me encanto” para decir que algo le gustó sobremanera y yo me descubro encantada por esa suerte de narcisismo involuntario provocado por la sola falta de un acento. ¿Cómo no va a encantarme que alguien se encante a sí mismo sin proponérselo, si todos en algún momento somos seres en faltas de lenguaje o de la vida?

 

En las redes sociales se escribe mucho y muchas veces con mala ortografía, carencia de puntuación, redacción ineficiente. Con todo, los usuarios se entienden y dialogan, se felicitan o se denostan, traban amistades o se pelean a golpes de palabra. Más allá de la pulcritud académica o de la norma vigente, hay casos de incorrección que se prestan a la ambigüedad, al juego de palabras, a la ocurrencia ingeniosa. Como en la fotografía de un anuncio que a la letra decía: “Se soban torceduras, dobladuras, se acomoda el nervio asiático”, y la respuesta inmediata de alguien que ironizaba con sentido del humor: “Pues yo agradecería que me acomodaran el nervio africano…”

Pero las faltas de lenguaje no siempre han sido objeto de burla o escarnio —aunque cuando se trata de corregir en Twitter a una estrellita marinera de la política o del espectáculo, a todos nos sale el “limpia, fija y da esplendor” de la Real Academia y le hincamos el diente con delectación—; las incorrecciones verbales también han sido celebradas por escritores importantes. Antonio Alatorre, en su estupendo libro Los 1001 años de la lengua española, señala que desde principios del siglo XVI se prestaba atención a la gente que no sabía “hablar bien”, sin desdeñarla ni condenarla, sino con actitud divertida y afectuosa. Muchos autores de los siglos de oro comprendían las posibilidades expresivas de quienes no dominaban la norma. De este modo, Cervantes, Góngora, Lope de Vega, sor Juana, incorporaron voces y usos coloquiales, no siempre correctos, en sus obras.

En décadas más recientes, la figura de la incorrección le sirvió a Octavio Paz para crear una imagen poética poderosa respecto a su propia madre. En su poema Pasado en claro de 1974, se refiere a ella como “carta de amor con faltas de lenguaje”. La tradición poética es vital y móvil como la lengua misma. Muchos conocen el verso citado de Paz pero quizá desconozcan una coincidencia con el poeta francés André Breton, considerado el papa de los surrealistas. Esa epístola de amor con alusiones ortográficas está presente en el preámbulo a la segunda edición de su novela Nadja, publicada originalmente en 1928 y reeditada en 1963, donde el padre del surrealismo confiesa que el mayor bien de su libro “reside en la carta de amor sembrada de faltas y en los libros eróticos sin ortografía”. Por supuesto, no se trata de la misma solución metafórica  alcanzada, pero ambas figuras retóricas abrevan en un mismo río del lenguaje.

Y a su vez, la referencia de Breton respecto a los libros eróticos que adolecen por fallas ortográficas le viene de otro poeta: Arthur Rimbaud, el célebre autor de Una temporada en el infierno (1873), quien dejó de escribir poesía a los 19 años. Rimbaud, iconoclasta, siempre transgresor y poeta a contracorriente, confiesa en Desvaríos II. Alquimia del verbo: “Desde hace tiempo presumía de conocer todos los paisajes posibles y encontraba ridículas las celebridades de la pintura y de la poesía moderna. Me gustaban las pinturas idiotas, los decorados, las telas de saltimbanquis, las estampas populares, la literatura pasada de moda, el latín de las iglesias, los libros eróticos sin ortografía…” Y es que lo deleitable, lo dice el rumor de los deseos que florecen en la sombra, no siempre va de la mano con la corrección.

http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Faltas+de+lenguaje-827

*Columna quincenal en la revista Domingo de El Universal. (Primera entrega publicada el 12 de agosto del 2012.)